- Sin la complicidad del Consejo de Ministros no se habría aprobado el rescate de Plus Ultra. Y los mismos que integraron aquella decisión unánime y colectiva siguen asumiendo desde Moncloa el riesgo de defender la inocencia de Zapatero.
Hay una escena grabada a fuego en el imaginario colectivo que todo el mundo reconoce, aunque nunca haya abierto un Evangelio en su vida: un patio, una hoguera y una criada que pregunta tres veces a un hombre llamado Pedro si conoce al preso que se está juzgando dentro, que es Jesús, su Maestro.
Tres veces lo niega el interrogado. Entonces canta el gallo, y el hombre se echa a llorar amargamente.
El expresidente del Gobierno de España José Luis Rodríguez Zapatero también ha negado tres veces.
Y a la tercera no ha cantado un gallo, sino dos. Dos Julios, en julio.
La primera negación fue la llamada.
El 17 de junio, Zapatero negó con vehemencia haber hablado con el presidente de Plus Ultra sobre el rescate.
Este martes, su testaferro y en un tiempo amigo Julio Martínez Martínez ha ratificado ante el juez Calama que fue el propio Zapatero quien le avisó, en mayo de 2020, de que recibiría una llamada de los directivos de la aerolínea.
La segunda negación fue el dinero.
Zapatero negó categóricamente haber cobrado comisión alguna.
Sin embargo, Martínez ha confirmado este martes el pacto del 1 % (530.000 euros, parte de los cuales fueron directamente a su bolsillo).
Y ha reconocido, implícitamente, que Plus Ultra pagaba por las gestiones de Zapatero y no por los informes de las facturas, la falsedad documental que ya habían admitido los capos de Plus Ultra, Julio Martínez Sola y Roberto Roselli. La facturación, además, saltó de sociedad en sociedad cada vez que una investigación se acercaba demasiado.
Y Martínez ha admitido algo más elocuente que cualquier factura: borró de su móvil el chat con el expresidente.
La tercera negación es la más grave, porque ha dejado de ser una sospecha para convertirse en declaración jurada.
Martínez ha ratificado que Zapatero le tenía «puntualmente informado» de cada paso del rescate. Y que el 26 de febrero de 2021 le comunicó que la SEPI iba a conceder el crédito, once días antes de que el Consejo de ministros lo aprobara.
Ese conocimiento anticipado sólo se explica con una filtración directa desde dentro del Gobierno. Calama, sin embargo, ha topado ahí con el verdadero nudo gordiano del caso.
Preguntado con insistencia sobre a quién influyó Zapatero «aguas arriba», Martínez ha respondido que no lo sabe.
No acompañaba al expresidente a esas gestiones, y Zapatero nunca le dijo con quién trataba en Madrid.
Hay otra escena bíblica, aún más teatral, que conviene traer aquí.
Herodes le prometió a Salomé cualquier cosa a cambio de su danza, y ella pidió la cabeza de Juan el Bautista servida en una bandeja.
Los dos Julios y Roselli llevan desde junio negociando esa misma danza ante el juez, y han pedido exactamente lo mismo: la cabeza de Zapatero.
Aquí entra en liza el «aguas arriba» que Martínez sí ha sabido nombrar, y que no está en España.
El otrora amigo y testaferro y hoy testigo de cargo ha confesado al juez de la Audiencia Nacional que fue el propio Zapatero quien le presentó a Delcy Rodríguez, la dictadora interina de Venezuela. Y que era ella quien le indicaba con qué miembro del Gobierno venezolano u otras autoridades debía hablar para hacer negocios en el país.
Resulta así que Zapatero no sólo abría la puerta de la SEPI, sino también la de un régimen con el que España mantiene, cuando menos, relaciones incómodas.
Cada vez parece más evidente que Delcy es la Salomé definitiva. La que, sin danza ni bandeja de por medio, ha terminado entregando la cabeza de un evangelista comisionista que ya no solo no le sirve, sino que le supone una tremenda molestia.
Pero la cuestión fundamental en este preciso momento ya no es el destino procesal o penal de Zapatero.
Lo mollar es la constatación de una evidencia abrumadora: si el desenlace del rescate de Plus Ultra estaba más que instado y decidido antes de la votación, aquel Consejo de Ministros del 9 de marzo de 2021 no deliberó nada, sino que se limitó a certificar un apaño.
Luego es sobre el Gobierno entero sobre quien recae la responsabilidad última, colectiva e individual, de semejante latrocinio. De un inefable atropello a nuestro país, recordémoslo una vez más, en plena pandemia y con miles de muertos.
Sin la complicidad del Consejo de ministros no se habría aprobado el rescate de Plus Ultra.
Y todo Sanedrín tiene sus sumos sacerdotes, de modo que conviene nombrarlos explícitamente: Pedro Sánchez, que llevaba entonces casi tres años como presidente del Gobierno, y María Jesús Montero, vicepresidenta y ministra de Hacienda, y responsable política de la SEPI, el organismo gubernamental que autorizó soltar los 53 millones.
Con todo, los mismos que integraron aquella decisión unánime y colectiva siguen asumiendo desde Moncloa el riesgo de defender la inocencia de Zapatero, sea lo que sea que signifique ese sintagma.
Ya escribí que el Supremo le había recordado a España, con la sentencia del caso mascarillas, que cantar tiene premio.
No sé si Zapatero, acorralado y sin coartada, llorará amargamente o no. Pero lo que sí sé es que, desde luego, puede acabar cantando también.
Porque el gallo que canta la traición suele anunciar la siguiente confesión.