Antonio R. Naranjo-El Debate
  • A cada paliza a Sánchez en las urnas no puede seguirle un debate feroz entre quienes teóricamente comparten el mismo objetivo

Con la excepción de dos victorias en las Elecciones Generales de 2019, repetidas en pocos meses, y en ambos casos con resultados similares a los que le llevaron a Rubalcaba a dimitir en el PSOE, Pedro Sánchez es un perdedor nato en las urnas.

Con él los socialistas han cosechado de manera reiterada sus peores resultados históricos, han perdido la práctica totalidad de los Gobiernos autonómicos y son contadas las grandes ciudades que conservan: de no ser por Cataluña, donde el PSC es otro partido aunque se presente con los mismos colores corporativos, la hecatombe sanchista hubiera sido ya absoluta.

Quien mejor lo sabe es él mismo y, por eso, lleva diez años buscando la manera de compensar el desprecio de las urnas con un juego indigno de alianzas que, para parecer un poco menos lo único que son (un obsceno cambalache dañino para España que en una reforma del Código Penal podría hasta redefinir el delito de traición), se disfrazan con conceptos y palabras que solo engañan al que se quiere dejar engañar: no existe una «mayoría de progreso», sino un negocio espurio entre clanes; y no se construye una «España plurinacional», sino su desguace legal, moral e histórico a cambio de unos votos.

Al actual presidente le hizo una pregunta la vida, como Mefistófeles a Fausto, y él la respondió con la inmoralidad proverbial en el personaje: sabía que la única manera de llegar al poder era esa y lo aceptó, consciente de que en el viaje se convertiría en el mayordomo de sus secuestradores políticos y en el martillo pilón de la convivencia, el derecho, la ética y la gestión.

Por eso los españoles le han castigado con crueldad en las urnas y, por eso, ante la frustración de la inutilidad de su voto por las componendas infames perpetradas para desoír su voz, Sánchez no puede salir a la calle sin poner un perímetro de seguridad auditiva equivalente a las dos Castillas y sin estar mentalizado para emular a «El galgo de Paiporta» en cualquier momento.

Pero siendo tan sencilla de describir la actitud del inmoral en cuestión, no muy distinta a la del típico caco que aprovecha un desmayo en la acera para quitarle la cartera al afectado; a la derecha, en todas sus variantes, le ha costado encontrar un antídoto para un perdedor contumaz que cambia las reglas del juego para evitar su infortunio, hasta el punto de que ha llegado a extenderse la falacia de que es un gran estratega y un triunfador.

La realidad es que España vota abrumadoramente contra Sánchez, que se inventó una moción de censura nefanda para no ser desahuciado por sus propios compañeros y que, desde entonces, la incapacidad de PP, VOX y Ciudadanos antes de extinguirse para encontrar la fórmula en la que sus legítimas aspiraciones parciales no atenten contra el objetivo común, ha facilitado la supervivencia del calamitoso Sánchez.

No debe ser sencillo encontrar la manera de anteponer la imperiosa necesidad de acabar con esta maldición política sin sacrificar un poco los intereses gremiales, pero averiguarla es lo que distingue a estadistas de comerciales. Y no puede seguir siendo que, a cada paliza en las urnas a Sánchez, de manera directa o con interpuestos como Pilar Alegría, el debate sea cómo pelean y qué se exigen Feijóo y Abascal: a España ya la ha arruinado Sánchez, por lustros; la puntilla no puede dársela la táctica de nadie a corto plazo que entierre, además, la evidencia de que entre sus votantes hay infinita más sintonía que entre sus mandos. Nada ayuda más a Sánchez que ese desajuste absurdo.