IGNACIO MARCO-GARDOQUI-EL CORREO

 

No hay duda de que el sector turístico en general y la hostelería y el comercio en particular atraviesan una grave situación que afecta a su actividad y a su empleo. Se da la circunstancia de que el desastre no es culpa de su mala gestión o de una imperdonable falta de previsión, sino que se deriva de los cierres obligatorios decretados por la autoridad para proteger un bien común superior de la importancia de la salud colectiva. Pero, si el bien protegido ha sido un bien común, ¿no debería recaer el coste de las ayudas sobre la ciudadanía en su conjunto, que es quien ha sido protegida? Pues el Gobierno ha decidido que solo lo sea en parte y que, otra buena porción de las ayudas, procedan de los bolsillos de los «grandes propietarios». Siempre suspiramos por atraer inversiones de las grandes empresas pero, en cuanto se presenta la ocasión de perjudicarles, no dejamos pasar la oportunidad. Esta vez, tendrán que rebajar a la mitad los alquileres que cobran a sus inquilinos.

La medida es popular y seguro que muy progresista. Se trata de la función social de la propiedad consagrada en el artículo 33 de la Constitución, ese lugar que Pablo Iglesias lee siempre de manera intermitente, al olvidar su punto 3º que establece que «Nadie puede ser privado de sus bienes y derechos sino por causa justificada… mediante la correspondiente indemnización…». Seguro que esta vez hay causa justificada, pero ¿dónde está la indemnización? Además, está muy justificada, pero no era inevitable. Como los perjudicados son los grandes propietarios, es decir la banca y las inmobiliarias de cierto tamaño, nadie derramará una lágrima por ellas. Lo malo es que, aparte de discriminatoria sin justificación, será de efectos escasos. El propio sector asegura que afectará solo al 3% del mismo. El resto tendrá que apañárselas con sus arrendadores para reducir sus alquileres. Los propietarios que accedan, sí tendrán ayudas fiscales en compensación a su esfuerzo.

Digo que no era inevitable porque se podría haber imitado a Alemania, en donde las ayudas han sido directas -se completan ingresos, en lugar de reducir costes- y el esfuerzo ha recaído sobre los presupuestos. Claro que allí pueden hacerlo porque han trabajado en el pasado como hormigas, mientras aquí cantábamos como cigarras, pensando que esas milongas de los déficits eran meros apuntes contables indoloros. Ya veremos cómo evoluciona todo, pero a la vista de los datos y de los miedos a una nueva ola de los sanitarios, da la impresión de que esto va a durar más de lo que pensamos…