Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli
- El nuevo imperialismo ha venido para quedarse, con el giro ideológico a posiciones más conservadoras que responden al miedo creciente a la fuerza ilegítima
Cuando el presidente Barack Obama dio orden de asesinar al terrorista Bin Laden y arrojar sus restos al mar para que no quedaran ni las cenizas, apenas hubo protestas políticas dignas de mención, e incluso el entonces presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero, procuró que su aplauso fuera audible y caluroso. En abierto antagonismo, la operación de Trump para capturar a Maduro y llevarlo a juicio en Estados Unidos ha recibido indignadas denuncias por conculcación del orden y el derecho internacional, destacando las de dictaduras que los conculcan todos los días, a saber, Rusia, Cuba, Irán y China (tal vez por su experto conocimiento del fenómeno). Tampoco culpa nadie al derecho internacional de su rotundo fracaso para liberar a Venezuela del chavismo, a Ucrania de los rusos o a Irán de su teocracia islamista.
La fuerza nunca se ha ido
No han faltado comentarios piadosos que lamentan la vuelta del mundo al lenguaje de la fuerza en vez de respetar el imperio de la ley, olvidando que ese lenguaje jamás ha desaparecido del mundo real, y que no hay ley que valga sin fuerza que quiera defenderla. Algunos también descubren ahora el regreso del imperialismo, aunque ya hablamos de esto aquí a propósito de la intervención de Trump en Gaza. Pero el nuevo imperialismo ha venido para quedarse, con el giro ideológico a posiciones más conservadoras que también responden al miedo creciente a la fuerza ilegítima.
La paz que disfruta Europa occidental desde 1945, con la excepción grave de Yugoslavia -otro terrible fracaso del “orden internacional”, ese animal mitológico- y de las agresiones rusas, no es el modelo dominante en la totalidad del globo. Incluso Europa se liberó del nazismo al coste de millones de vidas humanas y sobre todo gracias a la intervención de Estados Unidos (sí, también por la sangrienta victoria de los soviéticos), no por la legalidad internacional, ni por la lucha pacífica de los pueblos bajo la bota hitleriana; se olvida también que el alabado modelo pacifista de Gandhi requería un enemigo tan adecuado como el imperio británico.
También la fuerza impuso a Alemania e Italia democracias liberales, y el comunismo soviético al otro lado del telón de acero. No hay sitio en una columna para alargarse al respecto, así que por resumir: la paz y el derecho, nacional e internacional, tienen un precio, el de preparar la fuerza armada necesaria para defenderlas y la voluntad de usarla cuando sea imprescindible. Veamos la diferencia entre tener fuerza y voluntad de usarla, o no. Estados Unidos ha detenido dos buques rusos por incumplir el embargo de petróleo a Venezuela, mientras Europa soporta las agresiones de Putin con sanciones que puede burlar y declaraciones altisonantes. Aunque las ideas de Europa en materia de orden internacional fueran excelentes, sólo serán ideas sin un ejército europeo al nivel de Estados Unidos y China.
Necesitamos volver a principios clásicos elementales debilitados por la costumbre, la impotencia o la moralina, como la mutua dependencia de legalidad y fuerza legítima. En el fondo, el Estado legítimo y el derecho no son otra cosa que monopolio de la violencia legítima necesaria para defender la justicia: lo llamativo es haber olvidado un conocimiento tan básico.
Estupidez jurídica y pacifismo egoísta
¿Por qué este olvido? Se me ocurren algunas explicaciones. En primer lugar, nuestra Transición pactada dio un prestigio exagerado al diálogo y la transacción y puso bajo sospecha la violencia legítima necesaria para defender la Constitución, concebida como una especie de mágico exorcismo de toda injusticia y violencia. En mi época de portavoz de Basta Ya traté de nuestras penalidades con mucha más gente de la que soy capaz de recordar, pero cierto juez inolvidable reaccionó así a mis detalladas explicaciones de la vida constitucionalista bajo la bota etarra: “Pero eso que usted me cuenta no puede ser, ¡es ilegal, no puede estar ocurriendo!” Se limitaba a dar voz a lo que pensaban muchas almas bellas, simples cobardes y los futuros traidores: si pasa y es ilegal, ¿qué tal si lo legalizamos y lo llamamos “paz”?
El estúpido “rechazo de la violencia venga de donde venga” fue explotado a fondo; no olvidemos que el pacto con ETA con el que Zapatero inició su carrera dorada de corruptor transatlántico fue facilitado por el descrédito sistemático de la fuerza legítima y la teoría indecente del “conflicto” a resolver por el “diálogo” y la “mediación”, que es exactamente lo mismo que Sánchez y Albares ofrecieron: mediar en Venezuela entre Trump y Maduro, la legalidad y el narco.
La cultura democrática-liberal tiende a confiar demasiado en las normas legales, en el paternalismo y el buenismo moralistas, en la administración burocrática del derecho. En simetría, tiende a olvidar la dureza y constancia de la lucha por la justicia y la libertad, que muchas veces no coinciden con el derecho de los tratados y los códigos o entran en contradicción con ellos. El pacifismo egoísta añade además el falso altruismo de que la vida está por encima de cualquier otro valor, pero una vida sin más atributos que vegetar está vacía, y el máximo altruismo es arriesgar la vida por valores superiores, como ha hecho pacíficamente la oposición venezolana sin que el derecho internacional les haya servido para nada, terminando por demostrar la necesidad de la fuerza para liberar Venezuela de la narcodictadura y el chavismo, es decir, no sólo de Maduro sino de todos ellos.
Gaza frente a Venezuela
Claro que el máximo grado de cinismo sobre la relación entre legalidad y fuerza se ha logrado en la cultura progre de la paleoizquierda; la guerra de Gaza desencadenada por Hamás es un genocidio de Israel, expulsar de Venezuela al 25% de la gente no merece siquiera una explicación, como tampoco el millón y medio de bajas, o más, producto de la invasión de Ucrania. Aquí la relación de fuerza y legalidad es oportunista: la fuerza está justificada para su causa y prohibida para los demás; la legalidad debe defenderse si permite la toma del poder, si es posible para siempre. Y ciertamente lo conseguirían de no mediar poderes que no se dejan amilanar ni hipnotizar por la combinación letal de necedad política, pensamiento jurídico mágico y pacifismo egoísta. Véase el caso, asombrosamente arrinconado en Europa, de la rebelión de Irán por la libertad; quizás a cierto periodismo progre no le gusta la idea del fin de los Estados islamistas.