Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- Trump celebra Halloween a tres días de unas elecciones marcadas por la inflación
Con los índices de aprobación hundiéndose por debajo del 40% y a tres días de unas elecciones marcadas por la inflación y el coste de la vida, Donald Trump celebró el sábado en Mar-a-Lago una exclusiva fiesta de Halloween con la jungla como temática y con los invitados disfrazados de animales coloristas: tigres, cebras, guacamayos. «Yo he venido de Donald Trump», anunció el presidente en la pista de baile, abriendo la chaqueta de su habitual traje azul para mostrar la camisa blanca y la corbata roja y extralarga. Podría haberlo explicado en términos de iconografía aterradora -en Halloween se vieron sin duda disfraces de Trump por todo el planeta-, pero prefirió hacerlo en términos virtuosos: en medio de una fiesta con trapecistas, explicó que, a diferencia de sus invitados -«¡los tipos más grandes de Wall Street!»-, él no había podido pasar «nueve horas» preparándose y gastando en ello «mucho tiempo y dinero».
Melania se ausentó del sarao. No se sabe si por aburrimiento o por instinto político. O quizá porque temía que terminase apareciendo en Mar-a-Lago, junto a la barra de caviar, una inscripción misteriosa. Como en aquella otra fiesta exclusiva en Babilonia, solo que cambiando a los persas por los demócratas. Las elecciones de medio mandato desplazan los programas y las promesas y se transforman en un examen de gestión. Y parece que el 73% de los votantes desaprueba el precio de la gasolina, el 65% desaprueba la guerra en Irán y el 69% desaprueba la gestión presidencial del coste de la vida. «Creo que lo estamos haciendo bien», dijo el sábado el presidente. Lo hizo rodeado de una mezcla extrañísima de guardaespaldas y gente que hacía pensar en un avión del Circo del Sol estrellado en Kenia. «El país nunca lo ha hecho mejor».
Como la inflación encuentra una piedra de toque en cada fecha especial, la prensa estadounidense llevaba días informando de que los dulces de Halloween eran este año un 15% más caros que el anterior y de que el 40% de los padres con hijos menores iba a tirar de crédito para afrontar los gastos de la fiesta aterradora. Este martes Donald Trump se enfrenta a las que deben ser sus últimas elecciones y él mismo está pidiendo sin descanso que se vote como si su nombre apareciese en las papeletas. Las encuestas indican que los demócratas tienen a tiro la Cámara de Representantes y que el Senado puede deparar la clase de resultado que traslade al trumpismo de la fiesta de Halloween a la selva peligrosa y conocida de la furia, las demandas y las impugnaciones electorales.
España
Blocus pocus
Al final, Blocus fue un bluf. La noche del sábado ni siquiera pasó gran cosa en Barcelona, que es donde por ahora sabemos que los asaltos a las tiendas sí llegan a darse. Lo que hemos aprendido este fin de semana es que las capitales de provincia del país pueden blindarse contra una amenaza difusa que se propaga por las redes con más espectacularidad que verosimilitud. Si se entiende la prudencia de los comerciantes, asombra la retirada colectiva, la cesión de espacio ante el temor. Las autoridades han perdido una ocasión de enfrentarse a las redes y demostrar cómo se opera en la realidad, que es el lugar al que los adultos no deberían escapar. En el grupo de Telegram en el que se organizaba el Blocus de Bilbao, a los jovencísimos participantes les escamó que el organizador que les daba instrucciones para la guerrilla urbana no pareciese saber dónde queda el Primark de la ciudad. Y el Primark es, en términos de orientación, el equivalente a la estrella polar para cualquier adolescente usualmente constituido. «¿No eres de aquí?», le preguntaron al líder misterioso. «Sí, pero ahora no caigo», contestó este, situando su genialidad maligna en unos términos en principio asumibles. Escuchamos estos días teorías paralizantes sobre violencias nunca vistas que incluyen grandes riesgos para nuestra civilización. Vale, pero añádase que lo de Blocus, con su dinámica de peli de terror y su efusión de instituto, era un bulo. Así llamábamos a estas cosas antes de que el término se readaptase para nombrar a las noticias que no convienen al Gobierno.