- A los cristobros, los cristianos verdaderos les parecen «cristianismo cobarde». En sentido estricto, no son cristianos integristas, sino integristas con estética cristiana.
Los cristobros son la versión integrista y conspiranoica de los criptobros.
De hecho, cristobros y criptobros se solapan a veces porque el cemento psicológico de ambos es muy parecido, si no el mismo.
Tú conoces a los cristobros. Los has visto en X. Los has escuchado en las tertulias. Has leído sus columnas.
Son pocos, pero dicen ser legión y se atribuyen el liderazgo de cualquier español menor de treinta años.
Muchos de ellos llevan crucifijo. Lo lucen como lucirían un logo de Thunderdome en la bomber.
Defienden a Putin. Simpatizan con Irán. Y cada vez que Hamás y Hezbolá o el ISIS asesinan a un judío o a un americano, te explican por qué la culpa es… del anglosionismo.
Un cristobro es un tipo que dice ser cristiano, pero que ha construido su identidad religiosa sobre el mismo material con el que se construye una trinchera en las redes sociales: resentimiento, enemigos imaginarios y una fe que funciona más como insignia de tribu que como camino espiritual verdadero.
A los cristobros, los cristianos verdaderos les parecen «cristianismo cobarde». En sentido estricto, no son cristianos integristas (esos son una tribu diferente), sino integristas con estética cristiana.
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El cristobro tiene antecedentes internacionales bien documentados. Empezando por Putin, que es el cristobro alfa.
En Estados Unidos, el equivalente se llama orthobro. El término lo popularizó la revista First Things, una publicación conservadora cristiana ecuménica, en un artículo titulado Beware the Orthobro.
Es decir, «cuidado con el ortodoxobro».
El orthobro anglosajón es un joven sin mucha vida fuera de internet, fascinado con la estética de la liturgia cristiana y con una masculinidad idealizada que, dicho sea de paso, encarna mucho mejor el ex capitán de la Sayeret Matkal Benjamin Netanyahu que cualquier streamer de extrema derecha al uso.
Los orthobros anglosajones han llegado a la fe a través de lo que ellos llaman red pill (la píldora roja de la película The Matrix) y confundiendo el Evangelio con una declaración de guerra cultural.
El cristobro español es ese mismo personaje, pero con algunas características propias que lo convierten en un espécimen levemente diferenciado de su homólogo anglosajón.
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La lógica interna del cristobro es, a su manera retorcida, coherente.
El cristobro ha identificado a su enemigo principal: el Occidente liberal anglosionista.
Su enemigo no es ya el feminismo institucional más demente, sino las mujeres en general.
También el movimiento LGBT, el globalismo y el laicismo (aunque él, filosóficamente, sea más un pagano germanófilo que un cristiano verdadero).
Todo eso es lo que él llama, con una vaguedad que da para muchos artículos, «la modernidad».
Al cristobro le suenan campanas, tiene algunas intuiciones, pero se pierde por el camino por falta de experiencia vital: vive el mundo a través de su ordenador, encerrado en una microburbuja de memes, vídeos de IA y teorías conspiranoicas mentecatas.
El cristobro no sabe nada de la vida real y tapa los huecos con chatarra digital, como quien rellena su almohada con basura y se echa a dormir sobre ella.
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El cristobro imagina un gobierno anglosionista en la sombra, cuando sólo tiene delante la vieja y tradicional alianza del socialismo con el islam. Eso es todo.
El problema empieza cuando el cristobro busca aliados contra ese enemigo y descubre que Rusia, China, Irán y el islam político también lo combaten.
Y ahí es cuando le encajan todas las piezas.
A partir de ahí, la lógica es sencilla: el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Y si mi amigo quiere producir ojivas nucleares y financia a Hamás, Hezbolá y el terrorismo, pues ni tan mal.
Al fondo a la izquierda de su argumentación, Pedro Sánchez aplaude: los cristobros son su caballo de Troya en la derecha. ¡Ojalá crezcan y se multipliquen!
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El cristobro no es una invención española.
Pero España añade sus propios condimentos.
En España tenemos un pasado. El nacionalcatolicismo, las cruzadas, la expulsión de los judíos y el socialismo antisemita.
Esa tradición es el caldo de cultivo.
La manosfera digital, los gurús de masculinidad y la testosterona en cápsulas del mundo anglosajón son el condimento nuevo.
El resultado es un tipo que cita a santo Tomás de Aquino y a un analista del Kremlin en el mismo párrafo sin que se le escape la risa.
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En Estados Unidos, el cristobro original tiene nombre y apellidos.
Nick Fuentes tiene veintisiete años, dice ser cristiano, niega el Holocausto, admira a Hitler y venera al islam por hacer lo que, según él, el cristianismo no se atreve a hacer: someter a las mujeres y exterminar a judíos y ateos.
Fuentes no es islamófobo porque el islam, en su esquema, forma parte del mismo frente antiestablishment contra el poder judeo-liberal-globalista. Su lema es «Cristo es rey», pero lo que quiere decir en realidad es «o estás con Hitler o estás con los judíos».
Como si esa fuera una elección difícil para alguien mentalmente sano.
Fuentes es el extremo. El más transparente. El que dice en voz alta lo que otros escriben entre líneas con mayor elegancia retórica.
Hay más chalados, claro: Candace Owens, de cuya salud mental ya dudan incluso los suyos.
O el nuevo héroe de los orthobros americanos: Joe Kent, otro zumbado antisemita que acaba de ser «dimitido» por Trump y Rubio y que está siendo investigado por el FBI por posibles «filtraciones».
¿A quién? A Rusia e Irán, claro.
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Tucker Carlson es la versión para adultos de Nick Fuentes.
Carlson es un expresentador de la cadena Fox News, ahora independiente, con más audiencia que muchos canales de televisión.
Entrevistó a Putin en Moscú sin hacerle una sola pregunta incómoda.
Llamó al sionismo cristiano «una herejía».
Describió a Benjamin Netanyahu como «el principal enemigo de la civilización occidental».
Y argumentó, con toda la seriedad del mundo, que Rusia es odiada en Occidente «porque es cristiana».
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En España, los escritores más admirados por los cristobros dicen ser católicos, pero juegan con reglas propias y un cristianismo a la carta al que costaría encontrarle asidero en la Biblia.
Algunos de sus referentes, eso hay que decirlo, se cuentan entre los escritores católicos más talentosos de su generación. Juan Manuel de Prada, por ejemplo.
Pero la conspiranoia de muchos de ellos es grotesca e infantil.
Su talento, en cualquier caso, es lo que los hace más interesantes que el de cualquier panfletario con gorrito de papel Albal en la cabeza y patrocinio del Kremlin.
Esos escritores construyen sus posiciones sobre una tradición intelectual genuina: el integrismo hispánico que desprecia el liberalismo anglosajón, el capitalismo, la modernidad e Israel.
Los más serios de ellos no generan el mismo rechazo que Tucker Carlson o Nick Fuentes, pero viven en una realidad propia y retroalimentada.
Excepción hecha de esos dos o tres escritores (no más), la mayoría de los referentes de los cristobros son, lisa y llanamente, un cromo. Streamers, youtubers y podcasters que creen, sin ironía, en la verdad histórica de Los protocolos de los sabios de Sion.
Que piensan que Irán ha destruido Tel Aviv porque han visto un vídeo hecho con IA que hasta un niño identificaría como falso.
Que creen que Trump es un agente encubierto del Mossad y que Irán está ganando la guerra.
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El coronel Pedro Baños es otro de los pilares de los cristobros. Su pilar geopolítico, más concretamente.
El caso de Baños es más sencillo porque el patrón es reconocible: el militar retirado que se presenta como analista técnico e imparcial, siempre por encima de las pasiones políticas, pero cuyos análisis caminan siempre en la misma dirección. La del Kremlin.
Antes de la invasión de Ucrania, Baños ridiculizó sistemáticamente las advertencias sobre el ataque ruso. Cuando se produjo el ataque, culpó a la OTAN.
En vídeos recientes, con toda la calma del mundo, Baños explica que Israel desaparecerá. ¿Cómo? No lo sabe. Pero está escrito. Por él, concretamente.
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La pregunta es sencilla. ¿Dónde está el cristianismo de los cristobros?
Porque el cristianismo no incluye entre su doctrina la defensa de regímenes que encarcelan, torturan y ejecutan a miles a sus propios ciudadanos.
No incluye la simpatía por terroristas que masacran familias en sus casas.
No incluye la admiración por un Estado que bombardea hospitales en Siria, envenena disidentes en Londres y financia el terrorismo en todo el planeta.
O por otro que invade a sus vecinos, amenaza con apocalipsis nucleares y secuestra a los niños y adolescentes ucranianos para lavarles el cerebro.
A no ser que el cristianismo del que hablan los cristobros no sea exactamente ese cristianismo.
A no ser que sea otro. Otro cristianismo con «otro» Jesucristo, diferente al de la Biblia.
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El 6 de septiembre de 1938, Pio XI dijo esto:
«No es posible para los cristianos ser antisemitas. El antisemitismo es inadmisible. Espiritualmente somos semitas».
Juan Pablo II dijo que «la fe y la vida religiosa» de los judíos, tal y como «la profesan todavía hoy», puede ayudar a comprender mejor muchos aspectos de la Iglesia.
El cristianismo, de hecho, no es una religión ex novo ni una quiebra del judaísmo, sino una continuación de este. El cristianismo es judaísmo universalizado e inclusivo.
El cristianismo es una «extensión» del judaísmo, que es una religión circunscrita a un pueblo. Una «extensión» que permite hacerlo llegar a la humanidad en pleno.
El antisemitismo cristiano, en fin, es una contradicción lógica: Jesús era judío y sin duda se sorprendería al ver que su figura es hoy utilizada para justificar el exterminio de los judíos.
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Lo que une al cristobro español con Fuentes, con Carlson y con Owens no es la fe. Es la estructura mental.
Esa estructura funciona así: hay un enemigo total (el Occidente liberal, el globalismo, el anglosionismo, la modernidad) y ese enemigo lo explica todo.
Cualquier aliado contra ese enemigo es bienvenido independientemente de sus crímenes, y la fe es el barniz moral que convierte el resentimiento en cruzada.
El barniz es importante. Sin él, el discurso es simplemente fascismo de barra de bar.
Con él, se convierte en columna de opinión publicable, en libro de geopolítica con prólogo respetable, en invitación a tertulias.
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Hay en todo esto algo que merece atención especial.
La manosfera y la derecha alternativa estadounidense son, entre otras cosas, un fenómeno de soledad masculina. De hombres de masculinidad frágil que no encuentran su lugar en el siglo XXI.
También necesitan sentirse el guardián de una verdad que otros no ven.
Todos están ciegos, menos ellos, que saben, ¡y hasta tienen pruebas!, de que los anglosionistas nos han metido a todos un chip en el cerebro para controlarnos.
El orthobro estadounidense es un adolescente que consume clips de Andrew Tate en su cuarto a las 3:00 de la madrugada, tratando de imaginar cómo podría el proxenetismo encajar en la Biblia.
A ese orthobro, lo que más le interesa del islam son los harenes y las 72 vírgenes. Porque, ¿y si fuera verdad? ¡Un OnlyFans celestial para él solo!
¡Y bendecido por Dios!
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Hay algo profundamente solitario y anticristiano en un hombre que ha encontrado a Dios, o que dice haberlo encontrado, y que lo primero que hace con Él es convertirlo en un misil nuclear contra el «poder judío en la sombra» y el «Satán americano».
Que en vez de examinar su propia conciencia, examina la de los demás.
Que en vez de rezar, tuitea.
Dudo que esta gente crea de verdad en lo que dice creer.
Lo suyo no es una ideología y ni siquiera una idea. Es un meme con crucifijo.