- Vienen curvas, sobreviva otro poco este vulgar antisistema o acabe en la oposición
He dicho y escrito unas cuantas veces, con el recochineo posterior reiterado de ese berzas que responde por Óscar Puente y ejerce de guardaespaldas engorilado de su jefe, que Pedro Sánchez no iba a pasar del verano pasado, que es lo que imponía la lógica y la decencia: en ningún país civilizado se llega a presidente sin ganar las elecciones y armando, para compensar el rechazo de las urnas, una alianza sostenida en exclusiva en la aceptación de una agenda antisistema que todo político presentable, desde cualquier posición ideológica, debe contribuir a contener.
Todavía es más evidente esa norma no escrita cuando esa mayoría artificial, sustentada en el chantaje y negociada en el extranjero con un prófugo de la Justicia, salta por los aires y deja a su beneficiario con el trasero parlamentario al aire, con la irrefutable prueba de que no va a poder aprobar, en toda la legislatura, la principal ley exigible a un Gobierno, la de los Presupuestos Generales del Estado: no presentarlos en el Congreso es un acto de insurgencia constitucional; no poder aprobarlos obliga a disolver las Cortes, con Alemania como ejemplo más cercano.
Si a ese problema de ilegitimidad de origen y de parálisis en ejercicio se le añade el espectáculo ilimitado de la corrupción, trufado de una vendetta mafiosa impropia de un político serio contra los jueces, los investigadores y la prensa digna; a nadie con dos dedos de frente democrática se le hubiera ocurrido pensar, y mucho menos querer, que el inductor y protagonista de todas las calamidades descritas estrenara año de vacaciones en Andorra, tan pancho, con el Falcon a su disposición para volver de nuevo a La Moncloa una vez terminadas sus vacaciones absentistas.
Y es en esa resistencia indecente, trufada de un relato victimista y partisano a partes iguales aireado por esa caja de resonancia pagada por todos que es la Radio Televisión Sanchista antes conocida como Española, donde se da la pista definitiva de sus planes: seguir fabricando un enemigo imaginario, la extrema derecha, que en sintonía perfecta con los jueces ultras, la prensa facha y los señores del puro de las finanzas; al que hay que frenar al precio que sea, incluso si eso comporta desvencijar el Estado de derecho en nombre de una causa mayor que sólo él representa, la verdadera democracia, ahora amenazada.
Y si ese pavoroso discurso, idéntico al de cualquier sátrapa en apuros de la historia, le permitirá desde la Presidencia «justificar» todo tipo de tropelías (desde la cesión al separatismo de cosas parecidas a un referéndum hasta la anulación de sentencias «políticas» con el auxilio del Tribunal Constitucional), una vez la pierda le avalará para sucederse a sí mismo como jefe de la oposición, manteniendo el férreo control del PSOE, que para eso ha empotrado en sus distintas federaciones a sus más leales soldados.
En ambos casos, desde La Moncloa o ya fuera de ella, el plan es el mismo aunque las herramientas varíen: utilizar espuriamente el poder para forzar su continuidad como sea y librarse a la vez de las consecuencias políticas y judiciales de sus actos, en cuyo caso España dejará de ser definitivamente la democracia que conocemos; y si ni aun así le llega para perpetuarse, incendiar la próxima legislatura en alianza con sus actuales aliados, haciendo irrespirable la convivencia con un nuevo Gobierno, el de Feijóo, sin mayoría absoluta e intervenido desde la distancia por Vox.
Sánchez no quiere irse ni siquiera cuando se vaya o le echen de una Presidencia espuria, encanallada y populista; y la excusa nacional y ya global de que es el último bastión contra las «fuerzas involucionistas» le autoconcede el infantil argumento para justificar todas las tropelías que trama, sea cual sea la posición que le toque: porque él hará lo posible para no perder y, si pierde, para convertir su derrota en el primer paso de una cruzada épica para frenar al fascismo, esa ola que solo puede combatir este Último Mohicano que, en realidad, es un vulgar mafioso amoral.