Pedro Schwartz-ABC

  • La primera enseñanza que Trump olvida es una de las fundamentales de la teoría del comercio: la de que los aranceles acaban recayendo sobre el país que los impone

La política comercial del presidente Trump es una muestra de los efectos contraproducentes de medidas tomadas con precipitación por gobernantes mal informados, especialmente medidas como son el encarecimiento de las importaciones con altos aranceles. Los productos nacionales, así recargados con impuestos a la importación o regulaciones enfadosas, permiten evitar la competencia de productos extranjeros más baratos, más eficaces o mejor adaptados a las cambiantes exigencias de la demanda –peor para quien tome ese camino–.

El centro de la cuestión es qué ventajas para la prosperidad de un país tienen el libre comercio y la competencia del libre mercado o qué obstáculos para el crecimiento económico supone el proteccionismo. El mundo de la IA que nos llega sin remedio indica las ventajas de los nuevos productos y la necesidad de adaptarse a las nuevas formas de operar. Baste con preguntar a un traductor o interprete las ventajas que suponen las traducciones automáticas de Google para quienes se enfrentan con textos en lenguas desconocidas –y lo digo por experiencia–.

Los aranceles cargados por Trump son cuantiosos, además de variables en su aplicación. En efecto, el cálculo de los aranceles aplicables a los productos de cada país varía según diversas circunstancias. Hay todo un grupo de países a los que se aplican lo que él llama «aranceles compensatorios» y que merecen atención por su defectuosa base teórica. Se trata de los países con los que los EE.UU. mantienen un déficit comercial. La idea tras estos aranceles especiales es aplicarlos para obligar a sus acreedores a corregir sus superávits, que Trump atribuye, especialmente en el caso chino a prácticas de los acreedores, como un tipo de cambio artificialmente devaluado.

Su comprensión de cómo funciona la contabilidad de una balanza de pagos es incorrecta. Da por sentado que el déficit comercial es «culpa» de quienes comercian con EE.UU. y habría que «castigarlos», como si los terceros países obtuvieran ventaja por el solo hecho de conseguir y mantener ese superávit. Un superávit en la balanza de pagos no tiene por qué ser bueno ni malo. Puede ser la contrapartida de una inversión extranjera, precisamente como las que se anotarán por las inversiones que Trump exige de quienes exportan a los EE.UU. El que debamos dinero a terceros países puede ser algo positivo, dependiendo del destino que demos a esos fondos. El presidente estadounidense se ciega con una idea tomada de la teoría de la inflación de que el exceso de deuda refleja un exceso de emisión de dinero. Si nos preguntamos por qué considera negativo que los EE.UU. mantengan déficits comerciales, creo que la contestación es que cree que tales déficits podría cubrirlos una industria americana autosuficiente, con la ventaja de que así se aumentarían el empleo y los votos locales.

En todo caso, hay que lamentar los cambios que Trump introduce en su tarifa del arancel según su capricho de negociador: en un momento puede el arancel ser con la UE el 10 por ciento, en otro momento el 15. O bien el cargado al Brasil y la India, del 5 por ciento; el de Filipinas, del 19; o el 15 por ciento al Japón. Tal incertidumbre enturbia el cálculo económico de los importadores.

La primera enseñanza que Trump olvida es una de las fundamentales de la teoría del comercio: la de que los aranceles acaban recayendo sobre el mismo país que los impone. En efecto, al hacer que los insumos de la parte productiva de la economía nacional tengan que utilizar recursos importados encarecidos por los nuevos aranceles, la productividad del país que los aplica se reduce en vez de protegerla. Tendremos que calcular cuidadosamente los efectos de estos aranceles sobre el crecimiento antes de aceptar a ciegas los impulsos al crecimiento económico que en su nuevo orden mundial promete el inquilino del Despacho Oval. El trabajo estadístico habrá de ser muy fino para atribuir resultados positivos a cada una de las medidas trumpistas.

La cuestión es por qué toman los políticos locales esas medidas supuestamente protectoras de actividades económicas locales, que resultan ser contraproducentes para la producción nacional. La respuesta hay que buscarla en la política local. Enfrentados con la competencia extranjera, los productores locales, guiados por su interés político aprovechan su fuerza como votantes para conseguir se les proteja de la competencia foránea, aunque eso sea a costa de la competencia y prosperidad nacionales. El estudio de la influencia de los votos sobre la política comercial se conoce con el nombre de «elección pública», ya estudiado en detalle por Adam Smith y posteriormente ampliado por Buchanan. En el caso de Trump, el presidente fue claramente en busca de votos en la elección presidencial, aunque ello implicase la reindustrialización del país lo que no es tan favorable al bienestar general como el libre comercio. El eslogan trumpista era «¡Jobs, jobs, jobs!», aunque la fuente de puestos de trabajo en esa sociedad moderna sean las nuevas tecnologías y no la industria a la antigua. Lo más cómodo en la sociedad técnica es evitar el coste de adaptación y seguir colocado en la industria es a corto plazo menos costoso.

La cuestión central es entender por qué el libre comercio conlleva una mejora del bienestar nacional. El entender la mejora del bienestar social nacida de la liberación del comercio es un paso elemental en la formación del economista, paso que Trump nunca ha dado, obsesionado como está con levantar obstáculos al libre comercio. Para entenderlo es esencial haber tenido buenos maestros que sepan ver lo que explicó David Ricardo en 1817. Parece mentira el tiempo que tarda la profesión en comprender las ideas más elementales, especialmente si se trata de profesionales algo soberbios de la política. En este caso se trata de comprender la teoría de los costes relativos: supongamos, dice Ricardo, que Portugal es más eficaz en la producción de vino que Inglaterra en los de tejidos. En ese caso, a Portugal (y a la economía mundial) le conviene el especializarse en la producción de vino menos costoso y utilizar parte del vino así conseguido para comprar tela en el mercado mundial en vez de producirla. Otro ejemplo para explicar la ventaja para la economía de especializarse en el coste relativo más bajo es el de suponer que la ayudante de Samuelson fuera la que llevara la correspondencia del Nobel casi tan bien como el famoso economista: incluso así sería aconsejable para la economía que éste no perdiera el tiempo en escribir cartas, se dedicase a lo suyo (y no a fabricar telas).

Los errores de economistas menudean en las cuestiones de comercio internacional. Ello se ve con claridad en las medidas de respuesta a la imposición de aranceles proteccionistas como los de Trump. Lo más conveniente sería desmantelar y anular los propios aranceles, de tal forma que los discriminados por el presidente estadounidese pudieran a su vez reducir sus costes de producción. En la guerra comercial como la de la UE frente a Trump la mejor respuesta es reducir a cero los propios aranceles, pues así la ventaja de bajos costes es para los liberalizadores frente a los proteccionistas. No he visto reflexiones sobre las ventajas que obtendríamos de una reducción de nuestros aranceles cero, excepto en una amenaza de Trump de castigar a quienes se atrevan a hacerlo.