Gabriel Albiac-El Debate
  • Lo sagrado está igual en aquellos que, con distintas creencias o con ninguna, han tenido que asomarse al golpe del cual jamás podrán dar razón: la muerte. Y de cuya desolación jamás hallarán cura

En la Atenas del siglo I, se abre ante la mirada de Saulo de Tarso un universo abigarrado que lo desasosiega. ¿Son ajenos a la fascinación por lo sagrado estos herederos directos de Platón y Aristóteles, a cuya conversación es, de inmediato, conducido por sus anfitriones?

Y él «discutía, por una parte, en las sinagogas de los judíos y con los adoradores de Dios, y en el Ágora cada día con los que allí se encontraban» y que son –en Hechos, 17, 18– descritos como «algunos de los filósofos epicúreos y estoicos que trababan conversación con él». Al cabo, epicúreos, como estoicos, como aristotélicos o como platónicos compartían una básica sensatez, cuyo origen Erwin Rohde remonta a los cultos de Eleusis: lo sagrado, que intemporalmente desasosiega la consciencia humana, no es identificable con una sola apuesta religiosa. Y lo es con todas, si acaso. Y no sólo con ellas.

Lo sagrado es el misterio de saberse siempre en el umbral de lo indecible, que es la muerte. Saber que sólo ese umbral es absoluto. Y que, enigmáticamente, nada a partir de ese umbral nos es decible. La fórmula de Epicuro, que axiomatiza tal paradoja –cuando yo no ella, cuando ella no yo–, da el epítome de una sabiduría que parecemos haber perdido: lo sagrado no malhiere lo racional. Sólo abre el interrogante ante el cual la sobria razón debe detenerse en una desazón serena.

Lo sagrado, en su definición más despojada, es el saberse mortal de aquel que sabe que nada puede saber acerca de la muerte.

Me produce un malestar más allá de lo que yo sabría expresar del todo, la disfunción que lleva a un Estado –si es que este autoritario desorden impuesto en el que vive hoy España puede seguir llamándose un Estado– a contraponer liturgias religiosas y civiles ante el bofetón glacial de una muerte que, por incompetencia manifiesta, ha arrancado a los suyos cuarenta y cinco seres queridos. Y a excluir la presencia del Presidente del gobierno de un acto fúnebre por el solo hecho de tener este carácter religioso.

Lo sagrado aquí, el estupor ante la muerte más absurda, no es sólo deber de creyentes que precisan aplicar las liturgias que su fe exige ante las últimas despedidas. Lo sagrado está igual en aquellos que, con distintas creencias o con ninguna, han tenido que asomarse al golpe del cual jamás podrán dar razón: la muerte. Y de cuya desolación jamás hallarán cura. Porque nada cura la desaparición de aquel al cual amamos. No, no hay consuelo que no sea traición hacia los muertos.

A San Pablo, que viene a predicarles un Dios nuevo, los atenienses no le contraponen ni sus dioses propios ni sus tan medidas convicciones intelectuales. Lo conducen ante un altar aún no ocupado. A su pie figura una inscripción: «Al Dios Desconocido». Y el apóstol tiene una fulguración sabia, porque no en vano, antes de ser cristiano, ha sido conceptualmente griego y filósofo: ese Dios desconocido, eso sagrado a «lo que, sin conocer, veneráis, eso os anuncio yo». Y por supuesto que algunos lo siguen. Y por supuesto que otros le hacen irrisión y otros quedan indiferentes. Pero a ninguno se le ocurre retirarle el altar que han ofrecido al extranjero. Todo Dios es sagrado. Y aquellos que disienten del incomprendido predicador se despiden de él con la misma cortesía: «seguiremos discutiendo otro día de esto que nos has contado».

Eran ciertamente otros tiempos. Sopla ahora sobre nosotros un viento glacial de barbarie.