Francisco Rosell-El Debate
  • Pasma que, con esa bala de plata en su cartuchera para su vendetta contra el Rajoy de «sé fuerte, Luis», al que atribuye haber puesto en riesgo a su esposa y a su hijo, la descuidara de esa forma abonando la hipótesis de que su principal enemigo son sus reiterados cambios de versión

Con la mujer de Pedro Sánchez rumbo al banquillo -donde aguarda su cuñado músico- con la misma solicitud de pena de 24 años por parte de las acusaciones particulares que la fiscalía demanda para su mano derecha Ábalos por el primero de los sumarios que juzga el Tribunal Supremo donde se viene corroborando todo lo anticipado por el comisionista Aldama, a la par que el «supervisor de nubes» Zapatero trinca que es un gusto como comisionista de dictaduras debiendo andar casi al ras de su exministro Bono, el PSOE procura por todos los medios a su alcance desviar la atención al «caso Kitchen» que se elucida en la Audiencia Nacional. Allí se depuran las culpas por la deflagración de hace trece años originada en la cocina del Partido Popular y que amenaza con quemar como un ninot al expresidente Rajoy en su segunda comparecencia como testigo, prevista para este jueves, después de que la primera le costara La Moncloa.

Tras ser el primer mandatario español en declarar como testigo estando en el desempeño del cargo, a diferencia de González (caso GAL, en 1998) y Suárez (caso Banesto, en 1995) que lo hicieron ya fuera del Gobierno, aquella sentencia del «caso Gürtel» –a la que el juez José Ricardo de Prada embutió una morcilla luego revocada– lo crucificó sin estar acusado y operó como fulcro de la moción de censura Frankenstein de Sánchez en la primavera de 2018. Ya advierte Shakespeare que «el tiempo, en su rapidez, modifica el curso de las cosas».

No estando antaño entre los imputados por la financiación ilegal como tampoco hogaño en el montaje parapolicial para adueñarse de evidencias sobre la caja b del PP, todo marcha por parejos derroteros pudiendo quedar nuevamente condenado de facto como González tras su deposición como testigo ante el Tribunal Supremo por el «caso Segundo Marey», el ciudadano francés al que los Gal –en realidad, agentes de la Seguridad del Estado– secuestraron al confundirlo con un terrorista etarra. Desde aquella comparecencia sin cámaras, pero cuya prohibición para no estigmatizarle se saltó el fotógrafo de El Mundo, Fernando Quintela, con una microcámara en una caja de cerillas, González no ha podido borrar aquella «X» de los Gal que le estampó el otrora juez Garzón a modo de letra escarlata del terrorismo de Estado.

Curiosamente, un año antes (1997) hizo su primera aparición televisiva el joven de 25 años Pedro Sánchez en el programa Moros y cristianos, de Telecinco, para señalar a la Justicia y a la Prensa –como luego haría como tertuliano televisivo con los ERE andaluces– al incriminar al «señor Garzón» de dar «mayor relevancia a testimonios de personas que se han ‘desdecido’ (sic) miles y miles de veces». Todo ello en connivencia con «un periódico [El Mundo] que ha sacado unos determinados procesos hasta por fascículos y lo único que le ha faltado han sido las tablas» [tapas]. Aludía a las entrevistas a los expolicías Amedo y Domínguez sobre el GAL para tener estatus de arrepentido.

Acechado por la corrupción familiar y de partido, Sánchez exige hoy cuentas a Feijóo por el gatuperio de la cúpula del Ministerio del Interior de Rajoy cuando preside el PP desde 2022 al reemplazar a Casado. Algo tan extemporáneo como recargar la ya de por sí atiborrada mochila de agios de Sánchez con las trapacerías del felipismo que él disculpaba o con los ERE, si bien aquí cabe recriminarle su indulto de tapadillo a sus malhechores con Conde-Pumpido como camarlengo suyo en el Tribunal Constitucional.

Dicho lo cual, los incendios en los fogones de los partidos suelen ser infiernos arduos de sofocar al terminar propagándolo las brigadas –en realidad, cloacas– destinadas a apagarlo. No suelen ser dirigidas precisamente por ningún ‘señor Lobo’, aquel dechado de efectividad de Pulp Fiction, la película de Tarantino, al que recurre el jefe de la banda y que se mueve bajo la premisa: «yo pienso deprisa, hablo deprisa y necesito que actúen deprisa si quieren salir de ésta». No ha sido la circunstancia de esos delictuosos policías –ni las de Sánchez tras la tetraimputación de su consorte con Leire Díez a las órdenes de Santos Cerdán– a los que se les habría encomendado allanar el domicilio del excontable del PP, Luis Bárcenas.

Todo ello para robar un pen drive con archivos y grabaciones comprometedoras para Rajoy que, según explicitó el martes el vengador justiciero Bárcenas en la Audiencia Nacional, guareció en el establecimiento de su cónyuge y en la nube. Tras contratar a un preso de Soto del Real para «destruir todos los audios de M.R. [Mariano Rajoy] cuando yo te dé la orden», se topó con que, al obtener la libertad provisional tras ocho años recluido, la nube no albergaba nada. Pasma que, con esa bala de plata en su cartuchera para su vendetta contra el Rajoy de «sé fuerte, Luis», al que atribuye haber puesto en riesgo a su esposa y a su hijo, la descuidara de esa forma abonando la hipótesis de que su principal enemigo son sus reiterados cambios de versión.

No obstante, pese a la desaparición de esas pruebas, los testimonios aportados por Bárcenas pueden hacer que el testigo Rajoy sufra las consecuencias de las que quizá calculó librarse cuando permitió que el bolso de su vicepresidenta Saénz de Santamaria disimulara su escaño vacío en el debate de la moción de censura con él refugiado en un restaurante cercano y ordenando vaciar su despacho. A Rajoy le va a resultar difícil –como a González en su momento– revocar esa imagen de Bárcenas depositándole la hoja con el saldo de la «contabilidad extracontable» y de cómo el presidente, luego de extrañarse de cómo era posible que eso figurara así, se girara en el sillón introduciendo esa fotocopia en la maquina desintegradora de documentos.

Conforme a su profesión de registrador de la propiedad, Rajoy siempre fue más registrador que presidente limitándose, como le reconvino González, a registrar lo que pasaba sin actuar sobre lo que pasaba. Así malogró su mayoría absoluta hasta ser sepultado por la maleza que dejó crecer alrededor. No en vano, frente a quienes le achacaron que sus tiempos se median mejor con las hojas del almanaque que con las agujas del reloj, tiraba de ironía aseverando que «hay muchas maneras de moverse y nadie dijo que estar quieto no fuera una de ellas».

Ello le ha arrastrado a no aplazar a mañana lo que puede demorar hasta pasado. Por eso, habrá que ver si, en su citación ante la Audiencia Nacional, el testigo Rajoy se hace el gallego del estereotipo y rememora el epitafio satírico que Mingote recitó al ingresar en la Real Academia: «Aquí yace un diputado/ que de emoción se murió/porque al ser interpelado/se vio el pobre precisado/a contestar sí o no».