Para justificar los desorbitados aranceles que va a aplicarle a las importaciones comunitarias, Donald Trump ha sorprendido con un nuevo dislate: «La Unión Europea se creó para joder a Estados Unidos».
Si hay un mentiroso compulsivo en la Casa Blanca es en gran medida porque al presidente le salen gratis los embustes. Algo que sólo se explica por el cambio que ha precipitado en la cultura política de EEUU, donde se ha disipado el sentido institucional.
Muchos americanos se han encomendado al decisionismo de un poder ejecutivo resolutivo. Lo cual lleva aparejada la aclamación de un liderazgo cesarista que relativiza los riesgos de la discrecionalidad presidencial y sus abusos.
En el plano internacional, este retorno de los hombres fuertes emparenta a Trump con otros gerifaltes como Vladímir Putin y Xi Jinping. Y con ellos comparte también la comprensión del orden internacional no como una red de relaciones multilaterales, sino como un equilibrio entre grandes potencias donde se impone la ley del más fuerte.
Es la concepción que late bajo el recurso caprichoso de Trump a los aranceles. La diplomacia de la extorsión que viene practicando sugiere que el déspota se sirve de estas aduanas no tanto como una herramienta para forzar la relocalización de la industria en suelo americano, sino como arma para intimidar a sus rivales y forzarles a acatar sus designios imperiales.
Lo desconcertante es que el nuevo presidente estadounidense haya pasado a incluir a Europa entre la nómina de sus rivales.
Porque más allá del perjuicio económico mutuo que acarrearán estos aranceles, la dimensión más relevante de la declaración oficial de la guerra comercial a la UE es política.
Parece claro que la idea de Occidente como bloque ya no existe para Trump. EEUU ha dejado de sentirse obligado por su salvaguarda, y de ahí el repliegue nacionalista de una política exterior tradicionalmente mundialista. Una deserción del orden basado en reglas que resulta aún más preocupante por legitimarse sobre mentiras flagrantes.
Ahora Trump inventa un agravio primigenio como casus belli contra los europeos. Pero lo cierto es que la UE no se crea para fastidiar a EEUU, sino para impulsar un bloque económico y político cohesionado que hiciera de dique de contención a la expansión del comunismo del Pacto de Varsovia.
Es decir, que su creación precisamente benefició a EEUU.
Al igual que ha hecho para legitimar el abandono de Ucrania, replicando la narrativa falaz del Kremlin, el republicano no muestra escrúpulos en reescribir la historia para que se acomode a sus delirios expansionistas.
Trump se ha vuelto aún más impredecible en su segundo mandato. Sentados estos precedentes de política exterior ciclotímica, ¿qué impide que el día menos pensado Washington pretexte, por ejemplo, una confabulación en Europa contra EEUU para justificar una intervención militar en nuestro territorio?
Sería interesante en cualquier caso conocer la opinión sobre el ataque trumpista a la economía española de los sedicentes patriotas, como los cuadros de Vox que acuden a Washington a rendir vasallaje a Trump. Desafíos como el de este miércoles (y no proclamaciones inflamadas de furor chovinista) constituyen la auténtica prueba de fuego de quienes se presentan como los garantes de los intereses nacionales.