- Y la pregunta más desasosegante es qué pueda ser lo que esté buscando el Gobierno de España al enfangar al Ejército en enjuagues políticos que apestan. No, decididamente, la comedia, esta vez, podían habérsela ahorrado
Creo que es en una película de Stanley Donen: magistral y melancólica. Como su banda sonora: puro Mancini. Pero mi memoria puede engañarme. Y creo recordar que la que habla, con distante benevolencia, a su decaído amante ante el café que humea era Audrey Hepburn. «Dos están desayunando y no se dicen nada. ¿Qué son?» La respuesta: «matrimonio».
Comedia burlesca, ahora. Madrid. Pésimo sainete que da grima.
Acto Primero. Madrid, martes, 16 de junio de 2026. Ante la comisión investigadora del Senado, la Directora General de la Guardia Civil replica, ofendida por la más mínima sospecha acerca de algo que heriría su pulquérrimo honor: «Nunca he tenido una reunión con la señora Leire Díez». ¿Por qué la cercanía de alguien con el aval de la cúpula del gobierno y del partido socialista es vista por la máxima responsable de la Guardia Civil como portadora de un virus cuyo contagio exige alejarse aun de su aliento? No lo dice. Por supuesto. ¿Usó ese día Mercedes González mascarilla FFP2? ¿O prefirió, para afrontar tal café de alto riesgo, calzarse la más cómoda mascarilla azul quirúrgica de andar por casa? ¿Qué distancia corporal recomendó su asesor médico como adecuada para ingerir el silencioso café frente a un agente contaminante? Para mí, lo confieso, todo eso es un misterio. Pero seguro que debe haber quien lo sepa. «Dos toman un café y no se dicen nada», monologaba la crepuscular Hepburn. Mucho mejor: dos toman un café –o un té, si la señora lo prefiere– y no están reunidas.
Acto Segundo. 2025. Flashback. Reunidos, no lo estaban los dos altos mandos militares. Todo sucede a través de la aséptica línea de un teléfono. Que uno graba. Vísperas conmemorativas de la insurrección del 2 de mayo y de los fusilamientos del 3. El gobierno ha dado orden de que el ejército rompa la tradición de participar en las celebraciones madrileñas. Piensa, así, castigar la insolencia de Isabel Díaz Ayuso, su presidente. El teniente general de la Guardia Civil Luis del Castillo transmite al general de división al mando de la zona madrileña, Fernando Mora, la orden superior –su superior en jerarquía es casualmente la silenciosa ingestora de cafés en compañía de la contaminada Leire– de no asistir a las ceremonias que homenajean a los héroes de 1808. Las grabaciones producen escalofrío al escucharlas. El general de rango superior atribuye al otro algo que a él le suena a «casi deslealtad». Como réplica, el otro se remite al lema de la Benemérita: poner «el honor» por encima de todo. Desconozco a qué anécdota histórica habría que remontarse para asistir a un choque así entre militares de alto rango y críticas funciones. La habrá habido, sin duda. Pero la gravedad de esa tensión militar, creada por el estúpido rencor caprichoso del señor Sánchez, está más allá –por peligrosa y por innecesaria– de lo que es racionalmente tolerable en un país europeo.
Acto Tercero. Hoy. 17 de julio de 2026. Doña Mercedes González, Directora General de la Guardia Civil, comparece –tras haber arrastrado con ella a su DAO– ante un juez de la Audiencia Nacional, para dar cuenta de sus cafés silenciosos con Leire Díez. Y de las instrucciones que en esas no-reuniones fueron cruzadas. ¿En el nombre de quién? ¿Del misterioso PS, tal vez, que anotan los cuadernos de esa noble investigadora a la que una malévola prensa motejó de fontanera? Porque también las siglas dan órdenes. Parece. Y vaya usted a saber si hasta son –mediante complejos trámites procesales– también imputables. Condenadas, podría incluso ser, un día. Por naderías como éstas contra la UCO, que el informe de la fiscalía anticorrupción apunta: «La apertura sucesiva de informaciones reservadas frente a los integrantes de una unidad policial encargada de investigaciones penales de especial trascendencia posee una evidente capacidad para generar un efecto de desaliento sobre el ejercicio independiente de las funciones de policía judicial».
No es una mala zarzuela. No es un pésimo sainete. No tiene ni la pajolera gracia de los peores chistes coprófilos. Es la sordidez cotidiana en la que estamos viviendo. Y el riesgo. Y la pregunta más desasosegante es qué puede ser lo que esté buscando el Gobierno de España al enfangar al ejército en enjuagues políticos que apestan. No, decididamente, la comedia, esta vez, podían habérsela ahorrado.
Nuestra España es esto. Una capataz política obediente toma cafés con una presunta mafiosa. No están reunidas. Eso no. Nunca. Ni siquiera se hablan. Pero dan furtivas órdenes extraoficiales a generales en activo. Donen hubiera hecho con eso una película. Memorable. Estoy seguro.