Pedro Chacón-El Correo

La cartelería en favor de los presos de ETA que ha lucido en las fiestas de verano por todo el País Vasco y que alcanzó en las txosnas de Bilbao, de nuevo, su máxima expresión, resulta tan sangrante y tan descorazonadora que ya no quedan palabras para explicar o para entender qué clase de país tenemos. Y encima cuando resulta que, de ordinario, hay que aguantar a los ‘pasapantallas’ de turno que nos dicen que llevamos no sé cuántos años ya, un montón, sin ETA, y que, por tanto, eso es cosa del pasado. Que no actuemos ni pensemos como si ETA existiera, se nos reprocha, mientras hay cosas en ese mundo que siguen como siempre. Se nos hace incluso sentir como si viviéramos en Marte cuando las denunciamos. ¿Pero qué es lo que pasa en fiestas? ¿por qué en fiestas parece como si no hubiera pasado el tiempo?

En la apertura del curso político nos dice el lehendakari Pradales –después de exigir con toda contundencia que la Ertzaintza y demás cuerpos policiales reciban el respeto que se merecen de todos los partidos y de la sociedad– que en el tema de los carteles de presos, para que la Ertzaintza proceda, es necesario que haya denuncia previa y que, cuando la hay, el criterio del Tribunal Supremo es, desde hace una década además, que los carteles de presos «no producen dolo, ni enaltecimiento ni exaltación» y que, por tanto, hay que buscar otros medios para que quienes ponen tales carteles dejen de hacerlo. ¿Y eso es todo?

Justo ahora, desde la Viceconsejería de Derechos Humanos del Gobierno vasco, en manos del PSE, han pedido un estudio sobre el tema. Veremos en qué queda. Pero en diez años, ¿no se pudo hacer nada más? ¿El lehendakari no ha podido intentar nada? ¿Es que en esto el criterio del Tribunal Supremo sí es sagrado?

Pues qué actitud más contrapuesta ante una decisión del Supremo si la comparamos con otros casos, ¿no? Y no hay que remontarse al lehendakari Urkullu y a su indignación ante los criterios del Alto Tribunal en relación con el euskera en la administración, que le llevaban a recurrir las sentencias. Hace poco más de un mes, sin ir más lejos, vimos a 75 alcaldes puestos en formación en las escalinatas del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, con sus makilas, empezando por Aburto, el de Bilbao, todos juntos, los del PNV y EH Bildu. Y pocos eran, porque entre los dos podrían haber reunido a los doscientos que tienen en todo el País Vasco. En ese caso los convocó una plataforma por el euskera y allí estuvieron todos a protestar por la decisión del Supremo sobre el euskera en los ayuntamientos.

Pero, oye, en el caso de los carteles de presos, el criterio del Supremo –¡adoptado hace diez años!– es como si fuera palabra de Dios, no hay indignación contra él, ni recursos, ni apelaciones a Estrasburgo, ni manifestaciones makila en mano. Con ese criterio toca sumisión, al parecer.