Jesús Cuadrado-Vozpópuli

  • Un régimen de corrupción, con muchos cantautores a su servicio

Todos conocemos gente cercana que sigue defendiendo a Zapatero, a pesar de las evidencias. Aunque los hechos cambien, ellos no cambiarán de opinión. Pedían a quienes les interpelaban esperar a que hablara ante el juez. Nada aclaró, pero da igual, ellos, erre que erre. Les humilló con un “no os defraudaré” y como si oyen llover. Ni la no declaración judicial ni el cuaderno de bitácora de la fontanera del Psoe Leire Díez, con el rastro de toda una red golpista, harán perder la fe a los acérrimos seguidores sanchistas. No tienen remedio. Atrincherados, seguirán a Sánchez y ZP hasta el último aliento. Vox, Franco, Trump, que vienen las derechas, todo eso, cuentos. Son un simple electorado de fans, ahormado en estos ocho años por un sanchismo corrupto y sedicioso.

Reproducen la pautas de comportamiento de la “banalidad del mal”, investigadas por Hannah Arendt en la Alemania nazi. En síntesis, consiste en hacerse los tontos. Te fijas en las explicaciones absurdas con las que se esfuerzan en teles y redes sociales y compruebas que están infectados de un “sesgo estructural” prosanchista sincronizado. Pasaron de las joyas son bisutería a eran algo habitual, de no es delito a es un regalo de un rey ya fallecido, sin solución de continuidad, y sin sentir vergüenza. Como antes, con los pactos con los de ETA o con la amnistía. Han formado una red de lealtades en la que la verdad no tiene importancia. Lo decisivo es la mitología que les cohesiona y que necesitan, como el drogadicto, su dosis. Dejan así, para el día después del sanchismo, la foto de un conglomerado político residual.

Como sostén de esta iglesia, el club de “la ceja” juega un rol estelar. A la hora de neutralizar tanto escándalo diario, que los Miguel Ríos, Ana Belén, Javier Bardem y compañía acudan al rescate es vital para cohesionar una tribu agobiada por tener que asimilar tantas malas noticias. Disparan desde un parque temático montado con decorados de la Guerra Civil y convertido en almacén de recursos sentimentales. Fabrican y avalan emociones, siempre mejor que argumentos, mucho más difíciles de articular. En ese comercio emocional destinado a blanquear la corrupción, nadie tan intenso como Almodóvar cuando lloró como un niño porque “Pedro Sánchez no puede más, nosotros tampoco” y bramó contra la “connivencia del poder judicial”, a propósito de la imputación de Begoña por el malvado juez Peinado. En cuanto a lo de Zapatero, Víctor Manuel lo ha resuelto con un “cosillas, de indicios y tal, y al final se quedará en nada”. De los crímenes de la dictadura de Venezuela, lugar de grandes negocios de sangre durante años, ni mu. 

Los actos del Gobierno contra la democracia, reflejados en miles de páginas de instrucciones judiciales, son justificados desde la cofradía de “la ceja” con un discurso de antifascismo de hojalata, sea para descalificar a los jueces “de Franco” o para convertir en “falangistas” a todos los jóvenes que voten “derechas”. La fórmula es antigua y el historiador italiano experto en fascismos Antonio Gentile le puso nombre: Fascismo Antifascista. Aunque los artistas movilizados se han hecho mayores, como su camarada Silvio Rodríguez, que pidió un fusil para defender la criminal dictadura cubana, dicen estar dispuestos a sacrificarse por Sánchez y Zapatero que -¡pobres!- no pueden más. No han leído al comunista Gramsci, pero le siguen al píe de la letra: ganar la batalla cultural para ganar la batalla política. Que sus mensajes parezcan puro sentido común. En esa labor, “la ceja” no descansa.

Sin la implicación entusiasta de los creadores de opinión consagrados a blanquear el régimen sanchista no habrían sido posibles los desmanes que ahora estallan en cadena, como una traca final. Por mucho que enreden, no podrán ya ocultar el océano de corrupción en el que se ahoga el sanchismo y reflejan todos los indicadores internacionales, como el de Transparency International, en el que, en estos ocho años, España ha perdido 20 puestos, pasando del 30 al 50. Un régimen de corrupción, con muchos cantautores a su servicio. En frente, jueces, fiscales, policías, guardias civiles y periodistas honestos les van ganando la partida, afortunadamente.