Iñaki Ezkerra-El Correo
- ¿Quién iba a decirnos que en pleno siglo XXI volverían los profetas y las pitonisas?
El pasado lunes, 9 de marzo, Ursula von der Leyen anunció la muerte del orden internacional levantado sobre el respeto a la integridad territorial de las naciones y su sustitución por un ‘nuevo orden’ basado en la fuerza. Pero dos días después, el miércoles, 11 de marzo, dijo más o menos que era broma lo que había dicho el lunes: el orden internacional seguía vigente y ella era su gran valedora. Solo le faltó decir que estaba dispuesta a morir por defenderlo. Su caso guarda un inquietante paralelismo con el de Teresa Ribera, que, de proclamarse una declarada enemiga de la energía nuclear, pasa estos días, sin transición ni periodo de esplendor, a abanderar heroicamente un glorioso renacimiento nuclear de Europa aunque parece seguir empeñada en negárselo a España. Ante el vértigo que me han producido tan veloces cambios de chaqueta energética y planetaria, me han dado ganas de llamar por teléfono a Susan Sarandon, que es la que sabe de verdad cuál es ‘el lado correcto de la Historia’, para que me ilumine; me saque de mis tinieblas y me aclare qué dichoso lado es ese.
El lado correcto, sí. Para saber cuál es con exactitud, hay que poseer dotes adivinatorias, como las de Sarandon o las de algún historiador al que he leído estos días y que, más que Historia, hacia una ejercicio de futurismo ideológico. Y es que apelar al lado correcto de la Historia es apelar al mañana para justificar un conducta que no parece tener justificación hoy. Es recurrir a una estrafalaria cuenta de crédito del futuro y al argumento hipotecario de ‘la Historia me juzgará’, al que echó mano Hitler en 1923, cuando fue juzgado por el intento de golpe de Estado conocido como Putsch de Múnich. A dicho argumento con distintas variantes han recurrido sucesivamente Mussolini, Stalin, Castro, Fujimori, AMLO, Cristina Fernández de Kirchner… El que más gracia tuvo en su uso fue Churchill cuando afirmó: «La historia será benigna conmigo, porque tengo la intención de escribirla yo mismo».
Sí. Admito que me chocó el caso del historiador venido del futuro. ¿Tan pocas razones tiene para el hoy que supedita el criterio a la lógica críptica de la ciencia visionaria que nos está vedada a los demás mortales? ¿Quién iba a decirnos que en pleno siglo XXI volverían los profetas y las pitonisas? Lo más ridículo de la Von der Leyen ha sido su énfasis, su tono solemne para avalar el nuevo desorden mundial que proponen Trump y Putin: «El mundo que conocíamos ha desaparecido y ya no volverá; no hay tiempo para la nostalgia…» Pero en vez de renunciar a su cargo por obsoleto, ha cambiado dos días después de ‘euroacera’ como la Ribera. ¿Que cual es el lado correcto? Como han estado en los dos, no hay modo de equivocarse. En alguno de ellos habrán acertado.