Víctor Núñez-El Español
  • Si bien el exhibicionismo arrogante permite desmoralizar al rival, también engendra un cinismo que resta efectividad al relato para consumo interno, por lo que acaba redundando igualmente en la desmoralización de los propios.

En su última ronda de aclamación semanal en la cámara de resonancia partitocrática, el presidente del Gobierno sacó rédito del gazapo mariano en el que tropezó el líder de la muy leal oposición para su divertimento favorito: burlarse de Feijóo, a quien, desde el gatillazo de las últimas generales, profesa un tratamiento desdeñoso y altivo.

Eso de pedir perdón por lo que uno piensa sólo le pasa al PP, se ufanó Sánchez. Porque «la izquierda no pide ni permiso ni perdón para gobernar».

Inusuales como resultan en el presidente, son de agradecer estos raptos de sinceridad.

En efecto, tal es la asimetría sobre la que ha pivotado el campo de juego ideológico desde la hemipléjica Transacción, a la que la derecha nació coja. El centrismo, lastrado por el complejo de culpa de haber militado en las filas antidemocráticas, quiso hacerse perdonar su pecado original franquista.

Pero esto supuso, ay, entregar a la izquierda la prerrogativa de expedir las credenciales de democratismo, lo cual le concedió la posición de preponderancia en la distribución moral española que aún hoy detenta.

Y por ese lecho ha venido discurriendo nuestra desequilibrada competición electoral, en la que una derecha observante del credo de la moderación ha ido sucesivamente perdiendo posiciones frente a una izquierda que nunca se ha sentido obligada a dimitir de su maximalismo.

Ni permiso ni perdón. La divisa encapsula la actitud de superioridad e irreverencia característica del progresismo, quintaesenciada por este galán sin galanterías cuyas carcajadas de la sesión de investidura aún reverberan entre los pasillos del Congreso.

Tan descorazonadora resultó para la oposición la carambola del 23-J que los escribas de la corte encontraron una mina discursiva inagotable: hacer escarnio de la derecha flácida que se quedó en el umbral del Palacio de la Moncloa.

Esa misma frustración es la que ha seguido explotando Sánchez siempre que la enésima supuración de la podredumbre de los cadáveres guardados en su armario alentaba las esperanzas de, esta vez sí, tumbar al Gobierno. Pero el resistente mitológico parecía decir: esto haría caer a cualquier gobernante, pero yo soy inevitable.

La estrategia de Moncloa ha consistido, pues, en la desmoralización.

Y nada más efectivo para exasperar al rival que la exhibición cruda del poder. La ostentación impune de la prostitución de las instituciones ante una oposición impotente a la que, carente de medios para deponer al Gobierno, sólo le queda salir a patalear a la calle en protestas como la que ha convocado Feijóo este jueves.

De ahí que la forma política del sanchismo sea la pornocracia, testimonio de la insubordinación ante las más elementales normas informales del decoro.

La desvergüenza (o sinvergonzonería, según se mire) de la praxis sanchista, la insensibilidad ante el reproche ético y la inobservancia de los frenos morales, únicamente está al alcance de quien no sólo no recibe penalización por no guardar las apariencias, sino que se beneficia del ardor de unos correligionarios que suspiran por una revolución legal para reducir a la fachosfera.

El problema es que, si bien la impudicia permite desmoralizar al rival, también resta efectividad al relato para consumo interno, por lo que acaba redundando igualmente en la desmoralización de los propios.

Esas son las contraindicaciones de la desfachatez: cuando se quiere escenificar un teatrillo movilizador, ya se ha visto demasiado la tramoya.

Y cuando uno clama por la inocente integridad de un fiscal que reconoció dependiente de su arbitrio, cuando ha hecho tan explícito que la única motivación de la amnistía a los golpistas fue la conveniencia personal, cuando sólo se ha preocupado de perseguir el proxenetismo una vez conocidos los escarceos de su exapoderado, cuando ha sacado a procesionar el cadáver de Franco simultáneamente a la divulgación de sus corruptelas, o cuando únicamente se ha cuidado de reformar la Justicia en el contexto de la investigación a sus familiares, muy difícilmente podrá encontrar adhesión popular a la cantinela frentepopulista del lawfare.

El arte del engaño (en expresión del gabinetero mayor del Reino) sólo engendra a la larga cinismo y agnosticismo político. Y, por tanto, apatía.

Esta es la cara y cruz de la arrogancia izquierdista: permite humillar al rival, pero también propicia un aislamiento en la propia suficiencia.

Y, en ese sentido, tampoco Sánchez escapará al destino de sus pares progresistas, que han acabado cayendo víctimas de las fantasías manufacturadas por sus propias cámaras de eco, hasta verse desbordados por la misma marejada conservadora cuya fuerza infravaloraron por tomársela a chacota.