Rebeca Argudo-ABC
- Apelan, intelectualizando y embelleciendo la barbarie, a la historia y al éxito pasado de expeditivos métodos de resolución de conflictos, como la guillotina
Ocurre que hay quien celebra la actual violencia callejera porque, dicen, se defienden los derechos del pueblo y combate la ultraderecha. Para lograr tan loables objetivos es imprescindible, parece, destrozar el patrimonio de todos, saquear negocios e impedir, mediante la coacción, la amenaza y la fuerza que quien opine diferente pueda expresar en voz alta sus ideas. A una señora, la francesa turba enfurecida (correctamente enfurecida) amenazaba con violaciones. «Daños colaterales», le explicaba una feminista activista del bien, porque a la señora no le convencía del todo la idea. Daños colaterales también son, parece, un autónomo viendo arder su negocio, una inmigrante china con el rostro desfigurado, el dueño de una tienda de tebeos pateado tras desvalijarlo. Una rubia muy ‘chic’ contemplaba, como vaca viendo pasar trenes, a ‘estudiantes’ decepcionados con la educación pública reclamando más medios para su formación mediante el saqueo de ‘boutiques’. Y si son los violentos quienes defienden al pueblo deduzco que todos ellos no son pueblo, pues nadie los defendía a ellos ni a sus derechos. Serán otra cosa. Y supongo que yo tampoco lo soy, porque ni a mis ideas ni a mí, aún cuando pudiéramos compartirlas con ellos, no nos representan vándalos ni salvajes (ni ociosos ocupando espacio público por mucho cartoncito consignero que exhiban).
Apelan, intelectualizando y embelleciendo la barbarie, a la historia y al éxito pasado de expeditivos métodos de resolución de conflictos, como la guillotina. Pero obvian que frente a los absolutismos no existía el método democrático y que hoy, existiendo este, imponer por la fuerza lo que no se impuso mediante el voto está más cerca del totalitarismo que de la voluntad del pueblo, en puridad. Así, me disculparán los revolucionarios de salón y aficionados a la ‘chanson contestataire’, optar hoy por la violencia (o justificarla) es renunciar al argumento, a la razón y al compromiso democrático. Es incivilización. ¿Qué ocurriría si los que sostienen la idea contraria optaran, también, por defenderla con los puños, una cerilla y un bidón de gasolina? Hagan el ejercicio, es gratis, sencillo y un infalible test de tolerancia. Imaginen que, con un micrófono, alguien defiende los valores en los que usted cree. Y que, frente a él, los que enarbolan palos y piedras defienden las ideas que más desprecia. Y ahora, imagine la escena al revés. Si en ambos casos es usted capaz de diferenciar entre el legítimo derecho a manifestarse y la inaceptable acción de la agresión, enhorabuena, es usted un demócrata. Si la violencia le parece correcta y admirable cuando la ejercen los suyos y, la palabra, peligrosa cuando le contradice, es usted un totalitario y solo está defendiendo derechos y libertades para los que piensan como usted. Ya lo siento.