- Aún seguimos preguntándonos, por ejemplo, qué carga tan importante contenían las faraónicas maletas de Delcy Rodríguez, como para exigir que fuera el número dos de Pedro Sánchez el que personalmente las protegiera en Barajas. Y las hiciera desvanecerse, sin dejar pistas, en la gomosa noche madrileña
Pecunia non olet, «no huele el dinero». Lo menos malo que le puede suceder al que fue presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, es que las maletas que su correveidile ‘Julito’ sacaba repletas en vuelos internacionales para hacerlas retornar vacías con el avión de vuelta, contuvieran sólo dinero. Pecunia non olet. No apesta, en sí, el dinero: esa curiosa entidad metafísica que permite intercambios universales de valor en la abstracción incorpórea más perfecta.
Si lo que había en la maletas eran los rectángulos de papel a los que una convención bancaria dota de valor en curso, todo está limitado a un proceder muy sencillo: fijar la cifra total de tales pedacitos de viajero papel-moneda, justificar su origen, su destino y pagar las tasas que a las previsiones impositivas correspondan. Si el peso de las maletas es tan alto cuanto las investigaciones policiales sugieren, la cifra a pagar parece considerable. Eso es todo. Pero no debe alarmar demasiado eso al enjoyado expresidente: ¡será por algo tan prosaico como la pasta!
El papel moneda dejó hace mucho de ser el único intercambiador universal. Al que fuera presidente francés Giscard d’Estaing le arruinó la vida un intercambio más a la altura de sus manías de grandeza: los aceptados diamantes del asesino Bokassa trocaron al suntuoso político en una piltrafa moral, cuya sola proximidad contaminaba. Tampoco olían, aquellos diamantes. Pero puede que destellaran demasiado.
Como los diamantes africanos entonces, el oro y la cocaína han sido moneda habitual ahora de esa Venezuela a la que Chávez, Maduro y Delcy –«¡Mi príncipe!»–, condenaron a ruina e impago en moneda inodora. El oro y el narco han sido, para la dictadura venezolana, los últimos recursos estables de pago en el comercio internacional. Su perfume, ese sí, da miedo.
Aún seguimos preguntándonos, por ejemplo, qué carga tan importante contenían las faraónicas maletas de Delcy Rodríguez, como para exigir que fuera el número dos de Pedro Sánchez el que personalmente las protegiera en Barajas. Y las hiciera desvanecerse, sin dejar pistas, en la gomosa noche madrileña de los coches oficiales.
Aquel número dos está ahora en la cárcel. Y la tal Rodríguez se ha trocado en escabel del que fuera su antiguo enemigo estadounidense. Mientras tanto, el jefe, cuya espalda ella primorosamente apuñaló, se pudre en una cárcel de la que no saldrá verosímilmente nunca. Y ella pasó a entronizarse como «Califa en lugar del Califa», que diría aquel «Infame Iznogoud» del gran Goscinny. Es este un mundo de pestilencias oscuras, frente a las cuales palidece la más desalmada novela negra. O el cómic más extremo.
No, puede que estas maletas del correveidile de Zapatero tal vez no olieran. Mejor para él, si cargaban tan sólo moneda de curso legal a kilos. Puede ser que otras de las cosas que haya de revelarnos el turista transitorio ‘Julito’ lleguen a ser algo menos pulcras. Menos pulcros han sido, al cabo, los tráficos de crudo venezolano en estos años: huelen, más bien, demasiado.
Tanto como para perfumar al conjunto de una familia a la que el hombre que perseguía el infinito amor hacia los humildes no pareció tener mayor escrúpulo en encomendar la encomiable tarea lavadora: la que devolviera al dinero acarreado su textura inmaculada. No, no huele el dinero. Huelen fatal los orígenes oscuros de toda la riqueza que se ha puesto en movimiento en esas galerías de sombra por las cuales se movieron Chávez, Maduro, Delcy… Esos grandes filántropos a los que amaba Zapatero.