Ignacio Camacho-ABC
- El vídeo de Sánchez ante el Guernica no es una denuncia de la guerra. Es la representación subliminal de la posible victoria de la derecha
Hay un antiguo debate académico sobre el significado real del ‘Guernica’ y sobre la posibilidad de que Picasso reutilizase materiales anteriores al bombardeo creados en el marco de una genérica reflexión artística sobre la violencia. Pero fuese cual fuese la intención inspiradora del pintor, el cuadro ha quedado en la Historia como una alegoría universal de los horrores de la guerra. Y ése fue el motivo de que los dirigentes de la Transición –con un Gobierno de UCD, por cierto, no de la izquierda– convirtieran el regreso de la obra en un símbolo de la reconciliación de los españoles tras nuestra propia tragedia. Justo al contrario de lo que acaba de hacer Sánchez al escoger el óleo como fondo de un llamamiento a la confrontación de media España –quizás en noviembre sea algo menos– contra la otra media. Cinco décadas después de la restauración de la convivencia, el jefe de un Gobierno destacado por su deconstrucción de los valores constitucionales se empeña en resucitar un ambiente de confrontación bélica.
Hay toda una malversación de carácter moral y patrimonial en ese gesto, y no sólo por el usufructo exclusivo, ventajista y reservado de un museo. Incluso una apropiación indebida –al presidente no le resultarán ajenos estos términos– de un acervo cultural que pertenece al conjunto de los ciudadanos, al mismo pueblo que se reconoce en las retorcidas figuras picassianas como heredero de su simbólico sufrimiento y que las ha hecho suyas a modo de exorcismo colectivo contra los demonios de aquel tiempo siniestro. El uso de la memoria arrojadiza como instrumento de deslegitimación de la derecha contemporánea viene de lejos, pero hay un salto cualitativo esencial cuando es el (supuesto) líder de la nación quien formula de manera explícita el argumento en el contexto de una contienda electoral que va perdiendo. Y eso es bastante más grave que el clásico recurso al voto del miedo: supone la negación del concepto mismo de comunidad política, el señalamiento del adversario como enemigo directo.
Pocas veces ha sido tan categórica, tan radical, la negación sanchista de la alternancia. Hasta ahora ese discurso presentaba el relevo de poder como una contingencia indeseada en la lógica propagandística de un Ejecutivo en horas bajas. Este fin de semana, sin embargo, una simple circunstancia de plena normalidad democrática ha pasado a ser presentada como una amenaza. Bajo el disfraz del pacifismo y la denuncia impostada de la masacre de Gaza, Pedro identifica subliminalmente su previsible derrota con la resurrección del conflicto de las dos Españas, rodeado de un aparatoso patetismo figurativo que alude a la destrucción de la población civil mediante una iconografía mitológica dramática. Si al menos hubiera recurrido al goyesco duelo a garrotazos sería un símil pictórico más ajustado a este final de mandato: dos gigantes atizándose a palos con los pies hundidos en una superficie que parece barro. Porque ése es su legado exacto: una nación enlodada en un estéril combate de bandos.