Ignacio Camacho-ABC
- Pedro ha hundido al PSOE en un pantano de ruindad donde serviles pretorianos chapotean para lamerle los zapatos
Muchos de los ‘boomers’ que hoy apoyan al PP e incluso a Vox fueron en 1982, y quizá hasta en 1986, votantes de Felipe González. Esos fueron los años de la gran modernización del país, un programa regeneracionista cuya segunda fase deberían contemplar los futuros gobernantes habida cuenta del actual colapso institucional y el estancamiento en infraestructuras y servicios esenciales. Luego el poder lo llevó a la autocomplacencia, el aislamiento, la corrupción de su entorno y otros vicios clásicos –la ‘hybris’– del desempeño de altas responsabilidades, pero salvo quizá Cánovas no ha habido en la España de los últimos dos siglos un político tan relevante. Tres mayorías absolutas y una relativa demuestran un grado de sintonía con la sociedad que después de él no ha logrado nadie. Y menos que nadie este Sánchez que sólo ha ganado unas elecciones por escaso margen, y cuyos esbirros se permiten ahora matar al padre desdeñando un legado inalcanzable.
Es probable que el felipismo fuese sólo un paréntesis en la historia rupturista del PSOE, agente destacado de la deriva sectaria que propició el fracaso republicano. Lo que resulta incuestionable es el papel crucial de esa generación socialista en la restauración del régimen democrático tras la muerte de Franco, basada en la reconciliación de vencedores y vencidos en torno al pacto constitucional y los consensos de Estado. Un éxito que el zapaterismo primero y el sanchismo después han desbaratado para regresar al escenario del cisma civil y el choque de bandos. Esa estrategia de la discordia le ha servido al presidente para estirar unos años su infausto mandato, pero al alto coste de degradar la convivencia, sufrir él mismo una oleada de rechazo y hundir al partido en un pantano de miseria moral donde chapotean serviles pretorianos capaces de renunciar a cualquier atisbo de dignidad para mantener el dudoso privilegio de lamerle a Pedro los zapatos.
Insultar o despreciar a González sólo evidencia la resentida pequeñez de unos mediocres que no le llegan a la suela; esa exhibición de ingratitud debería darles vergüenza si la tuvieran. Pero el viejo gurú está vivo, piensa por su cuenta y no necesita que lo defiendan. En cambio, denigrar a Javier Lambán y achacarle a título póstumo la bochornosa derrota aragonesa constituye una vileza propia de quien jamás se aproximará a una milésima parte de su altura ética. Hasta la ruindad tiene unos límites, unas fronteras que un dirigente público debería abstenerse de explorar por respeto no ya al difunto sino a su propia conciencia. Pocas lacras se notan tanto como las lealtades sobreactuadas típicas de recientes aproximaciones chaqueteras. No es que a estas alturas sea posible reclamar a los escuderos sanchistas un resto de nobleza; basta con que no se empeñen en certificar que las únicas personas decentes de su cuerda están fuera de la secta. O muertas.