Gaizka Fernández Soldevilla-El Correo
Historiador, Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo
- Con casi el 90% de los asesinatos yihadistas en el mundo, África vuelve a ser el continente más castigado por el terrorismo
El Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo (OIET) acaba de publicar su Anuario, en el que se dan a conocer las cifras globales de actividad yihadista en el último año. De acuerdo con el informe, a lo largo de 2025 el terrorismo de esta índole sumó 2.018 atentados en el planeta, un 1,9% más que en 2024. Al igual que el año anterior, el país que sufrió más ataques fue Burkina Faso: 443.
Por primera vez desde que existen registros, África concentró las diez masacres con mayor número de fallecidos. La mitad consistieron en emboscadas contra soldados y policías y la otra mitad en incursiones contra poblados. Las localidades donde tuvieron lugar llevan nombres como Djibo (200 víctimas mortales), Boulkessi (100), Koubel-Alpha (90), Manda (71), North Kivu (70 y 65), Ituri (66), Diapaga (64), Dar el Jamal (63) y Solle (60). Si es que alguno de esos topónimos apareció en los medios de comunicación occidentales, lo hizo de manera fugaz y fue rápidamente olvidado.
En 2025 los yihadistas acabaron con la vida de 9.901 personas en el mundo, un 5,2% menos que en el año anterior. El 88% de los asesinatos se localizaron en África. Los países peor parados fueron Burkina Faso (2.853 fallecidos), Malí (1.397), Nigeria (1.373), Níger (1.142), Pakistán (741), Somalia (735), República Democrática del Congo (731), Camerún (235), Siria (138) y Benín (119).
Como ocurre desde hace más de un lustro, África subsahariana continúa siendo el principal foco del yihadismo y, por ende, el principal objetivo de sus acciones violentas. La novedad es que, a consecuencia del agotamiento de las estructuras centrales de Al-Qaida y de Dáesh (Estado Islámico), cada vez más organizaciones priorizan una agenda local o regional para controlar un territorio concreto, sustituyendo a los Estados. Por ejemplo, Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes) en el Sahel.
En otras zonas determinados gobiernos han instrumentalizado el terrorismo para debilitar a sus vecinos. No se trata de que cometan atentados de falsa bandera, sino que alientan y patrocinan a grupos yihadistas con los que comparten ciertos intereses. Su acción ha creado graves problemas en Afganistán, Pakistán e India.
No obstante, no todo son malas noticias. Por un lado, Irak ha alcanzado un grado apreciable de estabilidad política y seguridad, lo que ha permitido prácticamente erradicar al Dáesh. Por otro, la lucha antiterrorista ha sido capaz de contener la creciente amenaza para la seguridad global que suponía el Estado Islámico del Jorasán (IS-K). Con todo, la organización sigue siendo la que tiene mayor potencial, por lo que intentará aprovechar la ventana de oportunidad que se ha abierto en Siria. Aunque Hayat Tahrir al-Sham ostenta el poder, todavía no ha logrado imponerse en el conjunto del país.
Otro dato positivo es la relativa calma de Europa occidental. En 2025 únicamente fue escenario de nueve atentados de escasa sofisticación por parte de actores solitarios que se habían autorradicalizado. La cifra de asesinatos se redujo ligeramente: 10 en 2021, dos en 2022, seis en 2023, cinco en 2024 y cuatro en 2025.
El factor clave de la actual baja letalidad del terrorismo en nuestro continente reside en la eficacia de los servicios de inteligencia y de las fuerzas policiales. España es el mejor ejemplo. De acuerdo con los datos del Ministerio del Interior, en 2025 se llevaron a cabo 64 operaciones contra el yihadismo en las que se arrestó a un total de 100 sospechosos. Desde el 11-M hasta el 31 de diciembre de 2025 se realizaron 1.216 detenciones.
En Europa parecemos incapaces de evitar el auge de la polarización, el fanatismo y los discursos del odio
El yihadismo es la principal amenaza violenta no estatal a la que se enfrentan las democracias occidentales, pero no se trata de la única. Le siguen en importancia el crimen organizado y la actividad de ciertos grupos de corte nacionalista radical, ultraderechista y de extrema izquierda. En 2025 los discursos del odio tuvieron consecuencias como el asesinato del activista Charlie Kirk en Estados Unidos o los ataques racistas registrados en Países Bajos y Reino Unido. También hubo altercados de diverso signo en España.
2026 ha comenzado mal. En enero se produjeron disturbios en Turín, con una treintena de heridos, y en febrero el estudiante católico y derechista Quentin Deranque falleció tras recibir una paliza a manos de izquierdistas en Lyon. Tales episodios son incomparables con las matanzas que están desangrando África. Sin embargo, parecemos incapaces de evitar el auge de la polarización, el fanatismo y los discursos del odio en Europa. Quizá ha llegado el momento de repensar las políticas de prevención de la radicalización violenta que hemos estado aplicando aquí y allí.