Juan Carlos Viloria-El Correo

  • Han desembarcado en el terreno de los movimientos marginales para intentar liderar el rechazo

Durante años se conocía como un antisistema a la persona que había elegido vivir al margen de las convenciones sociales y políticas de la mayoría. Tampoco eran forzosamente marginales, ni lumpen o punkis. Tengo amigos que trabajan y viven en sociedad, pero que se han negado toda la vida a tener una cuenta corriente en un banco y profesan fobia al matrimonio, a la propiedad, a comprarse un coche o una vivienda. Y, por supuesto, a votar.

El antisistema no era solamente un pasota, que también, porque hacía de su rechazo a las estructuras sociales, políticas y económicas un modo de vivir. Pero si a algo le tenía fobia era a los partidos, a la burocracia, a la organización, a lo colectivo. Tampoco era un anarquista al viejo estilo de ni dios, ni patria, ni rey, porque su manera de vivir era una expresión más estética que ideológica, más humanista que política. Y hacían su vida sin molestar a nadie.

Pero ha irrumpido en el paisaje una nueva clase de antisistemas que les diputan la credencial, sin tener la mínima estatura moral ni coherencia en su vida real. Son los antisistema de chalé y piscina, hipoteca, coche oficial, servicio y, por descontado, cuenta(s) corriente (s). Han desembarcado en el terreno de los movimientos contraculturales para intentar controlar y liderar el rechazo a la sociedad convencional. Pero su estilo de vida está muy lejos del antisistema original porque, en realidad, a lo que más se aproximan es al populismo de izquierda o derecha.

Se han subido a la grupa antisistema, como Abascal se sube al caballo para galopar por la dehesa o Irene Montero al escaño europeo de 13.000 euros mensuales. Me recuerdan la impagable novela de Ignacio Vidal Folch ‘Los turistas del ideal’ describiendo con sarcasmo a los mandarines intelectuales, cuyos ensueños revolucionarios entran en contradicción con su realidad acomodada y burguesa mientras van a apoyar al comandante Marcos en Chiapas.

El caballo de Abascal es el símbolo de la España del pasado, rural, patriarcal, familiar, religiosa, antieuropea. Mientras el populismo de Yolandas, Irenes, Belarras, despliega sus añoranzas chavistas y habaneras, envueltas en banderas de Chanel.

El nuevo antisistema no renuncia al voto, al contrario. Ni a su vivienda en propiedad, ni al coche, ni a la familia, pero le echa la culpa al sistema de que no les llegue a todos. Al sistema, que son ellos mismos, los políticos, como se burlaba el cómico Mota en La 1. Aunque Mota montó un guion para extender el rechazo social a la hipocresía y el cinismo a todos los partidos por igual, para que nadie se diera por aludido ni señalado. Al final, todo el mundo es bueno, pero la capa no aparece, como dijo el clásico. Y como todos los políticos son iguales, pues a resignarse.