- Muchos nuevos cuerdos creían antes en estos mensajes, pero un día se dieron cuenta de que, a la que les quitabas el irritante tonillo de superioridad moral de los emisores, no se sostenían
En el retrato robot, el nuevo cuerdo, segmento sociológico creciente, es un joven. Aunque puede ser maduro. Viejos apenas hay. Todo lo oficial les inspira desconfianza, mitad instintiva mitad fruto de la experiencia. Las grandes campañas con las que se movilizaba en el recientemente extinto paradigma no les afectan lo más mínimo. Dudan de que los protagonistas de las piezas propagandísticas al uso se crean lo que afirman respecto a una emergencia climática, respecto a unas niñas y niños no acompañados que ellos ven sin filtros como tropas invasoras de hombres corpulentos con móvil y sin documentación. Muchos nuevos cuerdos creían antes en estos mensajes, pero un día se dieron cuenta de que, a la que les quitabas el irritante tonillo de superioridad moral de los emisores, no se sostenían. También ha contribuido a su caída del caballo ver sus pueblos costeros llenos de manteros, la ocupación de esta o aquella casa del barrio, que sus hermanas ya no puedan salir a la calle solas de noche, y las palizas a varios del insti por mirar a las musculadas niñas y niños no acompañados. Es decir, hombretones que se acompañan entre sí. Son compañías que forman parte, claro, de batallones híbridos.
Experiencias desagradables, más las inagotables nuevas fuentes de las que beben tras su renuncia a la televisión y a la radio, han forjado espíritus críticos a los que les encaja como anillo al dedo el lema prefelipista de la OTAN: «De entrada, no». A lo que diga el Gobierno, cualquier Gobierno, o una gran ONG, o la pesada de la profe que les intenta adoctrinar: no. De entrada, no. Lo que está en los titulares de la prensa de papel, que la mayoría de los nuevos cuerdos no han leído nunca y nunca leerán: no. De entrada, no. De modo que se da el espectacular fenómeno de afirmarse ellos con más convicción en su negativa cuanta más financiación, medios y fuerza aplica el emisor (el poder, el sistema, los que mandan, los ingenieros sociales, según expresión que han aprendido y comprendido perfectamente siguiendo canales de YouTube).
Hay una jauría de politólogos mataos, pegajosos del paper y novias de presentadores que advierten a los nuevos españoles contra sus fuentes, contra los formadores de opinión que orinan varias horas al día sobre el poder. Incluso se ha creado un nuevo tipo de programa desde donde señalan mentirosos, los mentirosos. Como se indicó arriba, este despliegue de esfuerzos para que los nuevos cuerdos recobren la alienación de los viejos españoles (los de hace cinco años) provoca el efecto contrario al deseado, y los pelagatos televisivos se convierten en objeto de burla masiva. Y hasta les dicen cosas que casi no me atrevo a reproducir, como «que te den por el bulo». Pícaras mofas soeces pero efectivas que encuentran su antecedente de nuevo cuerdo en el primero que, al requerírsele su certificado de vacunación cuando el experimento totalitario de los estados de Alarma, respondió: «¿Certificado? El que tengo aquí colgado».