MANUEL ARROYO-EL CORREO

  • Desconcierta el empecinamiento del presidente en prescindir de armas básicas para combatir la pandemia y no cubrir ese vacío legal
Con Pedro Sánchez nunca se sabe. Ya ha demostrado hasta la saciedad que la firmeza de sus principios es estrictamente marxista, sector Groucho: si no le gustan estos tengo otros. Todo sea en aras de su prioridad absoluta, que no es otra que mantener el poder. Por lo tanto, nada tendría de extraño que su reiterada proclamación de que el 9 de mayo será levantado el estado de alarma, aunque ello obligue a combatir la cuarta ola de la pandemia con una mano atada a la espalda, pueda transformarse a última hora en una prórroga salvadora. Basta que algún influyente ‘gurú’ le susurre al oído que es lo que más le conviene. Eso sí, siempre después de las elecciones madrileñas del 4-M, que bastantes faenas le ha hecho ya al pobre Ángel Gabilondo; entre ellas, el anuncio de una subida de impuestos en plena campaña.

¿A qué viene la renuncia a la herramienta más eficaz para contener un virus que ha vuelto a desbocarse en medio país? Hasta los barones socialistas cruzan los dedos para que Sánchez dé ‘in extremis’ un volantazo -otro más- ante la extendida convicción de que, en contra de lo que sostiene un sector del Gobierno, la legislación ordinaria no permite restringir derechos fundamentales, como la libertad de circulación -lo que afecta a los confinamientos perimetrales y toques de queda- y de reunión, sin el aval de los jueces. Es decir, las comunidades se quedarían sin instrumentos vitales en la lucha contra el covid. Tampoco cuentan con una alternativa que cubra ese vacío al no haber sido aprobadas las reformas legales comprometidas primero y aparcadas después.

El PNV no oculta su desconcierto y habla de «Gobierno a la fuga» ante el empecinamiento de un presidente que presume de cogobernanza, pero no ha tenido a bien consultar su decisión con las autonomías y mucho menos acordarla con ellas. Los demás socios que le auparon al poder también están de los nervios. En estado de alarma -valga el juego de palabras- al no entender tal actitud. Ni siquiera la justifica el supuesto interés electoralista en Madrid por vender a los votantes que gracias a él podrán recuperar la libertad de movimientos. O sea, que Sánchez es la auténtica libertad; esa que Isabel Díaz Ayuso, en un exceso demagógico y populista, contrapone a la ‘bicha’ del comunismo entendido en su versión más estalinista como si fuese una opción real en la España de hoy. Tampoco el riesgo de un revés parlamentario previo al 4-M si fuese rechazada la prórroga por el Congreso ni sus recelos a salir ahora en la foto con ERC y EH Bildu explican tal comportamiento cuando está en juego la salud de la ciudadanía.

Sánchez se ha quedado solo. Hasta el extremo de que el PNV, el independentismo catalán, la izquierda abertzale y demás acompañantes más o menos habituales ven con buenos ojos el ‘plan B’ presentado por el PP. No deja de resultar llamativo que el nacionalismo vasco y las formaciones que hace un año calificaron el estado de alarma de «155 encubierto» imploren ahora su continuidad ante el vacío legal que supondría su levantamiento y al haber quedado su ejecución en manos de las comunidades, e incluso amaguen con brindar a Pablo Casado su mayor éxito de la legislatura. Es muy poco probable, pero podría ocurrir.

Otra contradicción de libro de las que dejan al desnudo a la clase política: los populares se echan las manos a la cabeza por la actitud del Gobierno, pero no apoyarían una prórroga del decreto en el Parlamento según han dejado entrever. Con la que está cayendo, sería un absoluto despropósito con el que no pueden estar de acuerdo los barones del partido al mando de Galicia, Andalucía, Castilla y León o Murcia. Ayuso va por libre, así que cualquiera sabe…