Florentino Portero-El Debate
  • Aunque la democracia continúa extendiéndose y muchas de las características de la Globalización siguen en pie, hay aspectos críticos que han entrado en crisis, cuestionando nuestra seguridad

La revolución del neolítico permitió al homo sapiens asentarse y formar grandes comunidades. Fue el inicio del mundo que conocemos. Aquellas primeras ciudades-estado tuvieron que desarrollar los atributos de la soberanía, comenzando por el primero y más importante: la seguridad. Y es que sin ella de poco valía la justicia, la emisión de moneda, la recaudación de impuestos… A través de la razón cada comunidad a lo largo de la historia ha tratado de entender su entorno para adoptar las medidas más apropiadas con las que garantizar su existencia y desarrollo. Pero nuestra razón es limitada, está afectada por la maraña de prejuicios a la que llamamos cultura y perturbada por las circunstancias a las que hacía referencia Ortega.

El tiempo que nos toca vivir es el resultado de decisiones, racionales pero erróneas, que tomamos en las últimas décadas. Consideramos que tras la descomposición de la Unión Soviética y el fin de la utopía comunista la democracia liberal no encontraría obstáculos mayores para extenderse y consolidarse en el conjunto del planeta. Con ella asistiríamos a la integración de los mercados, animada por los avances tecnológicos característicos de la Revolución Digital. Era el ensueño de la Globalización, supuesta consolidación del orden liberal y fundamento de un mercado internacional.

Aunque la democracia continúa extendiéndose y muchas de las características de la Globalización siguen en pie, hay aspectos críticos que han entrado en crisis, cuestionando nuestra seguridad. En los momentos de mayor optimismo concluimos que el proceso estaba consolidado, por lo que podíamos aceptar dependencias de otros estados o regiones sin temor. Se impuso una visión economicista, donde la clave estaba en la reducción de costes y el aumento de beneficios. Si durante siglos fue deber de los gobiernos garantizar las vías de aprovisionamiento necesarias para el desarrollo de sus estados, en las últimas décadas hubo por su parte una dejación de responsabilidad. Sencillamente la clase política consideró que ya no hacía falta.

La crisis de la COVID-19 supuso un serio aviso de los límites de la Globalización, que en nuestro caso dio paso a que la Comisión Europea tuviera que asumir competencias que no tenía para poder garantizar una reacción eficaz. En la actualidad las amenazas no se refieren a virus malintencionados sino a conflictos militares que están alterando los mercados, y no por efecto indirecto sino por voluntad explícita, puesto que nuestra confianza en la Globalización nos ha llevado a depender de otros hasta el punto de ser realmente vulnerables. Rusia atacó a Ucrania, entre otras razones, porque era muy consciente de la dependencia europea de sus suministros de gas y, por lo tanto, del coste añadido de tratar de superarla. Irán lleva años preparándose para el actual ataque conjunto de Estados Unidos e Israel, a sabiendas de que no podrá imponerse en el campo de batalla, pero sí provocar una alteración crítica en los suministros energéticos, de fertilizantes y de helio, que finalmente permitirá a su régimen sobrevivir.

La Alianza Atlántica y la OTAN, su máxima expresión institucional, han supuesto un hito histórico. Con los años la alianza había devenido en un sistema de defensa colectivo, en el que la mutua dependencia se consideraba normal. Era una de las claves de su éxito. Hoy la Alianza Atlántica está muerta y la OTAN vive bajo amenaza de ser definitivamente abandonada por Estados Unidos. Aquellas dependencias que estaban en el núcleo de su fortaleza hoy son vulnerabilidades. Si hasta ahora era un problema que nuestros polvorines estuvieran mal abastecidos, ahora lo es mucho más la ausencia de fábricas nacionales capaces de garantizar el suministro básico para que nuestras fuerzas armadas puedan actuar en un combate de alta intensidad. Hemos visto cómo la apertura de la guerra de Irán ha puesto de inmediato en cuestión el abastecimiento de armamento a Ucrania y no por razones económicas, sino por la limitada capacidad de la industria para dar respuesta a la demanda de armamento de alta tecnología.

Somos conscientes de que necesitamos invertir en defensa después de años de relajamiento. Desde una perspectiva económica será más fácil lograrlo recurriendo a industrias solventes repartidas por estados aliados y amigos…, pero el riesgo de cometer los errores característicos del auge de la Globalización está ahí ¿En qué medida podemos confiar en esas industrias y en sus propios estados? Confiemos o no, la realidad es que no somos capaces de producir algunos de los sistemas de armas que necesitamos. Además, una perspectiva autárquica nos llevaría a tener que asumir costes elevadísimos.

Lo ocurrido en torno a la empresa Indra es un ejemplo del riesgo que corremos cuando una actividad empresarial se ve afectada por la acción gubernamental, en realidad partidista, bajo cobertura de razón de estado. Resulta difícil creer el espectáculo al que hemos tenido que asistir. Un gobierno que delega en una empresa el reparto de fondos públicos convirtiéndola en juez y parte, cuando, además, está tratando de absorber a aquel a quien debe financiar. Fusiones envueltas en descarados conflictos de intereses. Cotizaciones que suben como la espuma ante la expectativa de contratos públicos, facilitando la acumulación especulativa de beneficios en bolsa. Dimisiones forzadas por el Gobierno y nombramientos de personas afectadas por sesgos partidistas y sin experiencia en el sector. Y el espectáculo no ha terminado.

No podemos confiar en nuestro Gobierno, afín a los enemigos de la democracia y gestor con demasiados y poco ejemplares intereses en el sector de la industria de la defensa. No podemos confiar en que nuestra industria nos provea de todo lo que necesitamos, porque no está preparada para ello. No podemos confiar en otros estados porque tienen sus propios intereses ¿Qué hacer?

Los estados europeos no tienen tamaño ni medios, quizás con la sola excepción de Alemania dentro de unos años, para poder dotarse de capacidades suficientes. De la misma manera que hemos hecho con la moneda y estamos desarrollando con el conjunto de la actividad económica, necesitamos establecer una Europa de la defensa, con capacidad industrial y militar propia. Eso sólo será posible a partir de la unidad política, resultado del convencimiento de que nuestros valores e intereses son los mismos. Tenemos que agradecer a Rusia y a Estados Unidos su esfuerzo para que nos convenzamos de ello. Pero el camino por delante es largo y arduo y dudo mucho que podamos avanzar todos al mismo tiempo.

Estamos viviendo «tiempos recios», en famosa expresión de santa Teresa. Si en religión eso exige fe y compromiso, en política reclama liderazgo y unidad. Pero sin lo primero que nadie espere lo segundo.