Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- Los móviles democráticos han tenido menos peso en la decisión de Trump que presentarse como infalible campeón de la lucha contra el crimen organizado en su país
Esperábamos cambios en 2026 y han empezado con fuerza. La prometedora rebelión de los iraníes -y sobre todo de ellas- contra la teocracia islamista y la ilegalización constitucional de los partidos comunistas en Polonia y Chequia -atención- han sido eclipsadas por el espectacular derribo y captura de Nicolás Maduro por los Estados Unidos. Cambios, todos ellos, que acabarán teniendo fuerte impacto en España, bajo el único gobierno europeo y de la OTAN con una vicepresidencia y varios ministros declaradamente partidarios de Maduro. Todo apunta a un cambio de era que barrerá muchas cosas que parecían eternas.
Todo comenzó, en realidad, cuando Nicolás Maduro rechazó reconocer los contundentes resultados de las elecciones presidenciales venezolanas de 2024, que dieron el 70% de los votos a Edmundo González, condenado al exilio con Corina Machado, y a la toma de parientes como rehenes del régimen. Si Maduro hubiera admitido la derrota podría haber pactado todavía una transición con Estados Unidos, como la que parece prefería hasta no hace mucho Donald Trump. Pero la negativa a cualquier cambio y la conversión de la dictadura en base descarada del narcotráfico mundial condenó a un dictador que se creía intocable por el apoyo y garantías del eje de autocracias formado por Rusia, Irán y China, que han resultado puramente imaginarias. Maduro dio al mundo a elegir entre la cara de su narcodictadura y la cruz de su derribo violento, y ha salido cruz.
Trump, por su parte, ha sabido derrocar al dictador venezolano con una maniobra astuta y llena de consecuencias futuras, pues el objetivo expreso no ha sido la restauración de la democracia en Venezuela en la persona del presidente electo Edmundo González, sino llevar a la corte penal de Nueva York a Maduro, detenido por la DEA para que responda de acusaciones muy concretas y detalladas de narcotráfico -equiparado al terrorismo- y crimen organizado en los Estados Unidos. Tratar el problema como un asunto interno, en vez de como una intervención internacional, le permite mantener su imagen aislacionista enemiga de aventuras bélicas extranjeras, y a la vez le deja las manos libres para intervenciones futuras semejantes sobre supuestos similares. El mensaje está claro: ser Jefe de Estado de un régimen enemigo de Estados Unidos no garantizará impunidad personal.
Los poderes de Trump
Aunque el gallinero español habitual, con alguna incorporación sorprendente, ha protestado alegando que Trump no puede atacar otro país sin control del Congreso, lo cierto es que está autorizado por la Segunda Sección del Artículo 2º de la Constitución en calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas. Facultad utilizada por muchos otros presidentes en el pasado para atacar enemigos sin necesitar una declaración formal de guerra, prerrogativa del Congreso; nunca la hubo contra Vietnam del Norte, aunque la guerra duró once largos años.
Lo que no está tan claro, como nada está con Trump, es si la democracia se restablecerá de inmediato en Venezuela o si habrá una transición tutelada por el ejército de Estados Unidos y atenta al control del petróleo venezolano, como anunció el sábado el presidente, cuya falta de admiración por Corina Machado es conocida de sobra.
Pero si bien resulta verosímil que los móviles democráticos han tenido menos peso en la decisión de Trump que los internos de presentarse como infalible campeón de la lucha contra el crimen organizado en su propio país, y por supuesto renovar la doctrina Monroe de control del continente americano -lo que llevará el foco a México, Cuba, Colombia y Nicaragua-, el caso es que el derrocamiento y arresto de Maduro representan una bofetada en toda regla a los autócratas fiadores de Maduro, de Putin a Xi Jinping pasando por los ayatolás. Ha quedado claro que la defensa de los intereses de Estados Unidos, los que Trump considere que son, no va a ser suspendida por las relaciones personales del pasado, como habrá anotado Putin no sin aprensión.
Los perdedores: Zapatero y la paleoizquierda
Por eso mismo paleoizquierda, islamismo y nacionalismo han protestado por lo que consideran desprecio al derecho internacional y a la soberanía intocable de los Estados, según ha dicho Marie Le Pen, alineada en esta protesta con el club autocrático. El problema del argumento es, sin embargo, doble: de origen, porque el derecho internacional no garantiza la intocabilidad a ninguna dictadura con crímenes de lesa humanidad, y de ejercicio, porque invocar el derecho internacional o nacional sin el poder de imponer por la fuerza sus normas y sentencias es vana palabrería o hipocresía rampante.
A todos nos gustaría que fuera suficiente con ganar las elecciones para expulsar a un dictador como Maduro, o el derecho internacional para obligar a Putin a salir de Ucrania, pero todos sabemos que creer semejante cosa no está lejos de la estulticia incurable, si no de la complicidad. Esperar de instancias internacionales que acaben con dictaduras y guerras es, desde el fracaso de la Sociedad de Naciones, apostar por la pasividad y un ejercicio del pacifismo egoísta de privilegiados que no sufren dictaduras o guerras.
Con la detención e inminente juicio de la familia Maduro -también están imputados su esposa e hijo- todo el narcorégimen venezolano queda amenazado o confinado, incluyendo a Cabello y nuestra famosa Delcy. También sus colaboradores y amigos en la paleoizquierda y el terrorismo islamista internacionales, generosamente subvencionados por Caracas desde el golpe de Chávez. Esta amenaza toca directamente a figuras capitales del sanchismo y sus aliados, desde Rodríguez Zapatero a los líderes de Podemos, que quizás se enfrenten a acusaciones más graves que las de manoseo sexual.
La negra herencia del chavismo
Maduro y su cártel dejan un país desolado que ha visto salir al exilio político y económico al 25% de la población, el mayor éxodo del siglo sin causas bélicas o naturales. Quizás hasta podría ser acusado de genocidio. El golpe al prestigio e intereses del eje autocrático es todavía difícil de evaluar, pero, al margen de los motivos favoritos de Trump, Estados Unidos ha dado un paso que parece irreversible contra ese eje; recordemos que en 2008 Rusia fue invitada por Chávez a instalar bases militares en el Caribe. Y para la paleoizquierda mundial que ha justificado la narcodictadura como una legítima revolución modelo progresista, aún será peor: como sabemos en España de sobra, la gran estafa progresista converge con la corrupción porque comparten objetivos: tener todo el poder y no soltarlo jamás. Todo esto traerá mucha cola pero, de momento, celebremos con la buena Venezuela la caída del tirano infame.