Olatz Barriuso-El Correo

  • La captura de Maduro y la continuidad del chavismo bajo tutela de Trump ponen en un brete a los partidos de ámbito vasco y nacional, forzados a suspender la coherencia

A mediados de septiembre de 2024 fue sonada una comida en Madrid del entonces presidente del PNV, Andoni Ortuzar, y su hoy sucesor al frente del EBB, Aitor Esteban, con el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños. La razón de las miradas escrutadoras sobre aquel restaurante capitalino fue la que se intuía principal motivación del almuerzo: el interés de los dirigentes jeltzales en aplacar los posibles recelos del Gobierno de Pedro Sánchez tras votar el PNV a favor de una proposición no de ley del PP para que el Congreso urgiera al Ejecutivo a reconocer como presidente electo de Venezuela al candidato opositor a Maduro, Edmundo González. La iniciativa salió adelante y el PNV salvó así la presión interna para que se posicionara decididamente contra el chavismo y, sobre todo, contra el pucherazo del régimen, que jamás publicó las actas que supuestamente habrían otorgado la victoria al expresidente hoy capturado por Trump.

Más de un año después de aquellos acontecimientos, el PNV, con estrechos lazos con la inmigración venezolana forjados por la guerra y el exilio, se encuentra sometido a las mismas contradicciones que entonces le llevaron a respaldar junto a sus socios del PSE en el Parlamento vasco una iniciativa posterior que evitaba pedir el reconocimiento de González como presidente legítimo. Los malabarismos se reproducen ahora, en paralelo a la histórica imagen de Maduro felicitando el año nuevo a los agentes de la DEA camino de la prisión de Brooklyn. El mismo sábado, el PNV recordaba, efectivamente, aquellas elecciones «falseadas» pero a la vez denunciaba la «ruptura unilateral de la normativa internacional» por parte de EEUU, lo que se ha interpretado, incluso internamente, como un intento de no predisponerse en contra a un electorado vasco de acendrada tradición antiimperialista, o como una manera de no contradecir a Sánchez, de quien, que se sepa, el PNV sigue siendo socio pese al incumplimiento del calendario de compromisos estatutarios con fecha de vencimiento en Nochevieja.

La extrema prudencia del comunicado oficial del EBB contrasta, sin duda, con la presencia, el domingo, de una nutrida delegación jeltzale, capitaneada por el siempre combativo antichavista Iñaki Anasagasti, en la concentración de la plataforma ‘Venezolanos Bilbao Bizkaia’, en la que se celebró la caída del «dictador, delincuente y usurpador» Maduro con cánticos y bailes caribeños frente al Ayuntamiento bilbaíno. Allí estuvieron la burukide del EBB Miren Martiarena, el parlamentario jeltzale Mikel Arruabarrena y una gran representación del Bizkai buru batzar junto a, entre otros, dirigentes populares como su ‘número dos’, Esther Martínez.

Equilibrismos de manual para evitar un paso en falso de los que no se libra, por supuesto, EH Bildu, que ese domingo por la mañana secundó la marcha contra la «agresión imperialista de Trump», a quien, recordaba Anasagasti, envió un telegrama para felicitarle por su primera victoria, en 2016. En realidad, la misiva se dirigió al entonces embajador norteamericano para congratularse por las «vibrantes» elecciones, una felicitación que pedía hacer extensiva al hoy autoproclamado nuevo sheriff del mundo. Una anécdota, sí, pero ilustrativa, en todo caso, de los desafíos a la coherencia interna que la política exterior, los lazos con la diáspora y la diplomacia exigen a los partidos. Ni una palabra de EH Bildu, ayer, sobre la continuidad del chavismo, en la persona de Delcy Rodríguez, tutelado desde Washington en la nota con la que consignó su reunión con la cónsul venezolana en Bilbao. «Siempre del lado de la soberanía del pueblo venezolano», abundaron. Más llamativo resulta, si cabe, que Sortu usara la palabra que en Euskadi tiene vetada para repudiar el terror contra su propio pueblo y «condenara firmemente» la operación estadounidense en Venezuela.

El desquiciado tablero geopolítico arrasa toda intención de mantener un argumentario mínimamente coherente. Ni Feijóo, forzado ahora a matizar su alegría por la deposición del sátrapa, ni Sánchez, acechado por la sombra de Zapatero, ni Vox, que ha funcionado como terminal trumpìsta en España, resisten un análisis exhaustivo de sus discursos. Pero nadie dijo que la hemeroteca fuera ya determinante a estas alturas para medir el apoyo popular.