- Julián Marías explicaba que el hombre es, esencialmente, un ser futurizo, que vive, más que en el presente, en sus planes y proyectos. Lo que esperamos y lo que se nos propone son, por tanto, asuntos capitales
Vox está bajando la voz en Andalucía. Tienta la simetría de pensar que, como la campaña de Macarena Olona fue tan estentórea, a Manolo Gavira le toca la sordina. No es eso. Olona es agua pasada.
Lo que en Vox sí tienen en la memoria en carne viva es el efecto Castilla y León. Subieron en escaños, uno; en votos, 19.000; en proporción, 1,3 %; y, sobre todo, siguieron siendo decisivos para la gobernabilidad; pero, como las expectativas se habían disparado, aquello resultó un tiro en el pie. Luego los medios ametrallaron la idea de crisis del partido a pesar de la objetividad de los datos. Es lógico que no quieran que se les repita la historia.
Si en democracia es importante el juego de las encuestas, como saben a la par Tezanos y Michavila, todavía más lo es el manejo de las expectativas. Julián Marías explicaba que el hombre es, esencialmente, un ser futurizo, que vive, más que en el presente, en sus planes y proyectos. Lo que esperamos y lo que se nos propone son, por tanto, asuntos capitales.
En Vox asumen a medias la mayoría absoluta de Juanma Moreno. Si el popular la consigue, no quieren que los suyos se desfonden ni que eso repercuta en la marcha nacional. Y si, después de todo, Vox da el campanazo y resulta necesario, la sorpresa será mayúscula, como aquella de hace dos elecciones andaluzas, cuando se pudo desalojar al socialismo de la Junta. Es un dos en uno: se minimiza el chasco y se maximiza el logro.
Con todo, estas estrategias son muy difíciles de adoptar. Si las ventajas psicológicas ya están expuestas, la desventaja cae por su propio peso. No se aprovecha el empuje del entusiasmo. Igual que soplar y sorber a la vez no puede ser, no se pueden enfriar las expectativas y caldear los ánimos.
Yo, como soy muy iluso, prefiero la ilusión, pero por suerte –para mí y sobre todo para los demás– no tengo que decidir en política más que los temas de mis artículos. Ni siquiera lo que opino depende de mi voluntad, sino de los principios y los hechos. Cualquier movimiento electoral tiene que hacerlo en un ajedrez de tres tableros superpuestos, de modo que todo resulta muy difícil.
A esa moderación milimétrica del tono le adivino además –no diré que le escucho– una intención estratégica. Dando por más que probable la mayoría del PP (que demoscópicamente es posible pero no segura) favorece la suma de las derechas. No ahuyenta a los votantes más socialdemócratas de Juanma Moreno, que él ha mimado tanto con políticas continuistas, reformas pospuestas y un corazón «asín de grande». Si estos viesen como inevitable el pacto con Vox, muchos de ellos, izquierdistas de corazón, volverían al PSOE, a pesar de lo poco que les entusiasma María Jesús Montero.
La segunda motivación es que, al dar por buenos los mejores pronósticos peperos, Vox desactiva la llamada al voto útil del PP. ¿Qué utilidad hay en conseguir una piel del oso ya vendida? Así Vox conserva incluso a los más amarrones y medrosos de sus votantes, que, seguros de la derrota socialista, ya pueden votar según sus principios.
¿Saldrá bien esta envolvente? No se sabe. Aunque si no sale bien, no habrá jarro de agua fría en la noche electoral; y eso también está bien.
Hay algo, sin embargo, que ya ha funcionado: la estrategia. Los de Moreno Bonilla tratan de sacudirse la sordina recordando que su mayoría absoluta no está hecha, pero no lo consiguen. Y María Jesús Montero intenta echarse al monte con la Sanidad y sus promesas a todo volumen, pero no calan. Un observador tan atento como Carlos Navarro Antolín ya habla de «una campaña con silenciador». Vox se lo puede permitir porque los acuerdos en Extremadura y Aragón ya suenan por sí solos.