- Si les pusiéramos en el gobierno a trabajar por objetivos, hay algunos que llevaban años sin cobrar. Los concejales de pueblos y pequeñas ciudades echan horas y horas por una propina, pero lo de ser ministro, para según quién, es un auténtico chollo
Siempre he creído que, pese a las regalías de las que disfrutan, como el transporte o la casa oficial con todos los gastos pagados, los miembros del gobierno percibían un salario ciertamente escaso. Entre otras cosas, porque un directivo de nivel medio en la empresa privada, con un grado de responsabilidad mucho más bajo, recibe una remuneración sustancialmente más elevada por su trabajo. Sin embargo, últimamente he puesto mis opiniones en cuarentena. A la vista de lo que vamos conociendo y salvando las excepciones, que supongo que las habrá, me da la impresión de que esta gente no tiene tiempo para dar palo al agua. Al menos, no para ocuparse de los asuntos para los que les pagamos.
Pongamos por caso a José Luís Ábalos. El que fue todopoderoso ministro en el primer gobierno de Pedro Sánchez se dedicaba a viajar a Perú y Colombia para visitar sus propiedades o a República Dominicana y Guinea para no sabemos qué, a comer en La Chalana, a despachar frecuentemente con Koldo para interesarse por el empleo y alojamiento de sus numerosas «sobrinas», tomar cafés con Aldama, buscar viviendas de lujo en Madrid y chalets en la playa para el verano y, posiblemente, en los ratos libres, organizar el PSOE, que era una de sus responsabilidades. Salvo a revisar y adjudicar, presuntamente, las obras públicas que interesaban a su asesor y a los amigos empresarios, escasos minutos debían quedarle al día para ocuparse del día a día en el ministerio. Pocas son las averías que ha heredado Óscar Puente para el raquítico tiempo del que disponía su predecesor para emplearse en las cosas del gobierno.
Otro tanto puede decirse de María Jesús Montero. No le presupongo conducta irregular alguna. Bastante tiene esta señora con lo que ya tiene. Ejerce de candidata en Andalucía, de azote del Partido Popular, de número dos del PSOE, de ministra de Hacienda y, como lugarteniente de Pedro Sánchez, de coordinadora al menos de los ministerios económicos. ¡Agotador sólo de pensarlo! Creo, sinceramente, que no es que no lleven los presupuestos al Congreso para no perder el tiempo negociando un fracaso, como dice Pilar Alegría, es que la titular de la plaza no debe tener un segundo libre para revisarlos siquiera. Bastante tiene con absorber el diario argumentario anticonstitucional que le escriben los asesores de la Moncloa y Ferraz y salir al quite después para sacar la pata de dónde le han dicho que debía meterla.
Conclusión: si les pusiéramos en el gobierno a trabajar por objetivos, hay algunos que llevaban años sin cobrar. Los concejales de pueblos y pequeñas ciudades echan horas y horas por una propina, pero lo de ser ministro, para según quién, es un auténtico chollo. Y, no contentos con la paga, todavía pretenden alcanzar el plus de estar por encima de la ley. La presunción de inocencia, sin ir más lejos, sólo para los amigos. Véase la diferencia en el trato que Alvés o Errejón —y no les cuento nada de Chaves o Griñán— han recibido de Montero. Es que uno es un poderoso futbolista y los otros modestos diputados o expresidentes compañeros de bancada. No quiero ni pensar si nos ponemos a hacer comparaciones entre un político y un empresario. Los de los ERE, como sólo se aseguraron el puesto repartiendo subvenciones públicas, son hermanitas de la caridad. Pero si eres heredero de una fábrica centenaria, eres un peligro andante a los ojos del poder. Así te tratan.
Otro día, hablamos de Cándido Conde-Pumpido. A este señor también le pagamos la nómina, aunque, erigido en sumo sacerdote de las reformas constitucionales encubiertas, más se parezca a un abogado defensor de los intereses particulares de los miembros del gobierno. Entre unos y otros, nos están saliendo carísimos. Pero a ver quién es el guapo que se declara objetor de conciencia ante Hacienda.