Ignacio Camacho-ABC

  • La campaña de intoxicación a los pensionistas será un juego de niños comparada con la ofensiva final del sanchismo

Hasta que el interesado compareció en la radio de Carlos Alsina, uno había caído en la benevolencia de pensar que el PSOE utilizó la voz de Marcelino Iglesias para crear mediante inteligencia artificial el mensaje de asustaviejas utilizado en la campaña aragonesa. Pero por desgracia se trataba del propio Iglesias difundiendo una tergiversación de la realidad que él mismo calificó de historia incompleta, o sea, una mentira disfrazada de verdad a medias. El hombre que más tiempo ha gobernado la región sabrá por qué a estas alturas de su respetable trayectoria ha consentido involucrarse en esa operación fraudulenta, pero da un poco de grima ver a un dirigente retirado participando sin mala conciencia –a la vejez, viruelas– en una maniobra propia de la demagogia más fullera. Muy grande debe de ser la desesperación de los socialistas para recurrir a estas estratagemas ante las que el difunto Javier Lambán se hubiese vuelto a morir… de pura vergüenza.

En todo caso, la del ex mandatario autonómico no es más que una anécdota representativa de hasta qué punto todo el partido ha caído en la dinámica de degradación sanchista. No es que resulte una sorpresa; basta recordar las intervenciones como portavoz gubernamental con que la ahora candidata Pilar Alegría se perdía el respeto a sí misma repitiendo las inverosímiles, sonrojantes consignas que el gabinete del presidente le remitía. En premio a esa lealtad tan mal entendida, su jefe le envió al despeñadero por cuyas piedras se precipita con la seria perspectiva de perforar el suelo electoral de sus siglas o, en la mejor de las hipótesis, quedar ligeramente por encima. El ataque de pánico reflejado en las llamadas de presión a los pensionistas –¿quién vende los datos?– no sólo ofrece una idea cabal del hundimiento de las expectativas: demuestra la ausencia de escrúpulos que caracteriza un estilo de poder basado en la manipulación propagandística.

Aun así, esto será un juego de niños comparado con la ofensiva de desinformación que se desatará el próximo año, o cuando sea que se acerquen las generales y Moncloa toque a rebato ante la amenaza creíble de descalabro. Ahí valdrá todo, desde la publicidad negativa al bulo y el ‘fake’ más descarnados, pasando por cualquier modalidad de juego subterráneo que sirva para denigrar al adversario. No será el Gobierno el único en emplear las técnicas sucias –el algoritmo como arma de destrucción masiva– que la revolución digital pone al alcance de los consultores especializados, pero sí el que por su posición de ventaja y su capacidad de iniciativa tiene más capacidad de hacer daño. Y eso en el supuesto de que Pedro no decida provocar una crisis de Estado que abra en canal las instituciones, estire la polarización al máximo y ponga el tablero electoral boca abajo. Como ha escrito el colega Ignacio Varela, lo más peligroso del sanchismo aún no ha llegado.