Ignacio Camacho-ABC

  • El desgaste del sistema empieza por las anomalías institucionales y acaba en un cotidiano rosario de disfuncionalidades

Baja velocidad es lo contrario que alta velocidad, y deprisa es el antónimo de despacio. No, no están leyendo ustedes el libro gordo de Petete ni el columnista ha ingresado en un parvulario. Simplemente sucede que la degradación del AVE, con la probable consecuencia del accidente de Adamuz, ha acabado con su carácter de transporte rápido. Y no ahora porque el proceso de deterioro progresivo se ha producido a lo largo de los últimos cuatro o cinco años. Si unos trenes pensados y fabricados para circular a doscientos cincuenta o trescientos kilómetros por hora lo deben hacer a cien o menos para garantizar la seguridad del tráfico, el nombre del servicio pierde sentido y su carísima inversión se convierte en un despilfarro.

La tragedia de Córdoba ha obligado al ministerio a revisar el estado de las líneas y esa inspección ha descubierto numerosos tramos de riesgo que obligan a rodar a velocidad reducida para minimizar el peligro derivado del desgaste de las vías. La psicosis de pánico y el caos de gestión han llevado a Adif a activar el protocolo de ‘marcha a la vista’, que en esencia consiste en trasladar la responsabilidad íntegra del recorrido a los maquinistas, cuyo criterio deberá decidir en cada momento las medidas de precaución precisas. Un carísimo sistema de bloqueo automático, detección electrónica de obstáculos y otros mecanismos de alta tecnología, arrumbado para volver al método de conducción a la antigua.

Máquinas del siglo XXI pilotadas como en el siglo XIX, todo un éxito del autodenominado Gobierno ‘de progreso’. Miles de millones dedicados a una red ferroviaria de sofisticado standing para acabar ordenando a la tripulación que calibre a ojo de buen cubero la dificultad del trayecto. Sin rebajas de precio y sin el respeto a la comodidad de unos pasajeros condenados a soportar con lógica inquietud los continuos traqueteos y el perjuicio de la pérdida de su tiempo. Menos mal que la infraestructura estaba en perfectas condiciones de mantenimiento, según los fatuos gestores que han transformado el sencillo acto de viajar en un ejercicio de riesgo incompatible con los paradigmas del desarrollo moderno.

Hay que jo…robarse. Resignarse a que las cosas normales hayan dejado de serlo en la España –la Españita, que dice Chapu– de Pedro Sánchez. Ese lugar donde los ciudadanos somos carne de cañón de una anomalía orgánica general que empieza en la descomposición de los engranajes institucionales, continúa por el envenenamiento de la convivencia y acaba en un rosario cotidiano de averías, fracasos y disfuncionalidades que de vez en cuando desencadenan el espasmo letal de una catástrofe. Ya no es sólo cuestión de una gobernanza incompetente y sectaria, de una abusiva desviación de poder o de una corrupción rampante; se trata de un vacío político, un desierto moral y un marasmo operativo que han desembocado en un país inviable.