Isaac Blasco-Vozpópuli

  • Su indolencia tiene que ver con su manera de concebir la gestión: es meramente estética. Lo suyo es estar por estar. Y dejar hacer, aunque se haga mal

Las explicaciones de Marlaska ante la denuncia por violación contra el máximo responsable uniformado de la Policía han sido las previsibles en alguien que permanece anclado de perfil sobre el cieno desde el mismo día en que tomó posesión como ministro del Interior.

Porque Marlaska solo ha querido ser ministro, como si las obligaciones inherentes al cargo, por ejemplo cumplir -y hacer cumplir- la legalidad y observar -y hacer observar- una conducta mínimamente decorosa, fueran en realidad asuntos accesorios y no las razones nucleares de su responsabilidad pública.

Cuando, tras la moción de censura de 2018, el exmagistrado la Audiencia Nacional agarró una cartera también codiciada en aquel momento por Ábalos, Marlaska gozaba de un cartel aparente que se ha ido agrietando de forma irremediable a golpe de escándalo, recusación y abulia: la suya. Su indolencia tiene que ver con su manera de concebir la gestión: es meramente estética. Lo suyo es estar por estar. Y dejar hacer, aunque se haga mal.

Para entender la etapa ministerial de Marlaska resulta muy útil recordar a los ministros precedentes. Jorge Fernández Díaz fue señalado por tolerar, y hasta promover, la llamada ‘policía patriótica’; Juan Igancio Zoido pasó como sin entender nada, o haciéndose el sueco; Antonio Camacho compadreó con esas estructuras opacas cada vez más claras para aventar la Gürtel y difuminar de paso el ‘chivatazo del Faisán’. Y Alfredo Pérez Rubalcaba… Con él empezó todo.

Algo que llama la atención es la provecta edad de muchos de los que integran una cúpula policial cuyos miembros suman más años que el dinosaurio del cuento de Monterroso. La circunstancia no es exclusiva del Cuerpo Nacional de Policía, y se extiende a otras fuerzas y cuerpos de seguridad, y a las propias Fuerzas Armadas.

En cualquier caso, las escandaleras vienen siempre del mismo lado, y estas me temo que se explican en parte por el sentimiento de impunidad que pueden haber desarrollado aquellos que llevan décadas mandando y siendo obedecidos.

La comprensión en nuestra democracia hacia ese concepto tan flexible como es la razón de Estado también ha podido contribuir al desarrollo de una creencia real en que los actos no tienen consecuencias. Tampoco el decoro ha sido el deseable en aquellos mandos abonados a las puertas giratorias en busca de una temporada en el sector privado con que asegurarse la vejez para volver después a los galones a sabiendas de que toparse con algún conflicto de interés sería algo inevitable. Hasta los hay que mantienen el lucro particular combinándolo con el desempeño público y celebrando cada año, como la cosa más natural del mundo, la festividad de los Santos Ángeles Custodios.