Ignacio Camacho-ABC

  • Con quince estados involucrados ya en el conflicto tranquilizaría mucho saber que al fondo existe un diseño político

Durante la Guerra Fría era común la idea de que una hipotética tercera conflagración mundial empezaría en Oriente Medio. Entonces las dos potencias enfrentadas mantenían un cierto ‘statu quo’ en suelo europeo, se respetaban mutuamente la doctrina sobre sus respectivos patios traseros y China no era todavía un actor geoestratégico porque andaba ocupada en su desarrollo interno. De modo que era la tensión judeopalestina, incrementada desde que la revolución iraní triunfó e Israel se encontró frente a un Estado potente con capacidad de atacarlo en su propio suelo, el elemento principal del miedo a que el conflicto regional acabara generalizando un enfrentamiento bélico. Y ha vuelto a serlo ahora que Trump ha desencadenado, de la mano de Netanyahu, su tormenta de furia y fuego.

El presidente norteamericano, de natural compulsivo, ha sacudido en este segundo mandato las reglas del multilateralismo en el orden económico, jurídico, comercial, diplomático y político. Las democracias occidentales lo aceptan, o más bien se conforman, habida cuenta del carácter tiránico de los enemigos que ha escogido, pero sus gobiernos se ven en serios apuros para adaptarse a un marco de alianzas que el líder de Estados Unidos maneja a su libre albedrío, por no decir que a su capricho. Tampoco les queda otra salida dada la debilidad de su entramado defensivo. España resulta irrelevante al respecto; su peso internacional es mínimo por mucho que Sánchez adopte oportunistas posturitas de equilibrio.

El caso es que los bombardeos sobre Irán han desembocado en pocos días en una contienda mundial a pequeña –por el momento– escala. Basta enumerar la lista de naciones atacantes y/o atacadas: EE.UU., Israel, Irán, Qatar, Emiratos, Kuwait, Jordania, Omán, Baréin, Líbano, Chipre y Arabia, más las bases militares de Gran Bretaña y Francia y el respaldo de Alemania. En 1914 y 1939 había menos países bajo amenaza, y ya sabemos cómo se fue generalizando la confrontación armada. Macron ha anunciado un refuerzo de su capacidad nuclear y la determinación de usarla si hace falta. Si no se ha marcado una bravata estamos ante palabras mayores en una coyuntura sumamente delicada, a la que hay que sumar el empantanamiento del frente de Ucrania.

Los planes no se cuentan, y menos si son bélicos, pero tranquilizaría mucho que existiera alguno más allá del descabezamiento del Estado teocrático. Se antoja muy difícil cambiar un régimen sin una intervención terrestre sobre el escenario. El sistema iraní, protegido por China y Rusia, es tan brutal y sanguinario como fuerte y cohesionado, con una oposición interna poco articulada y carente de liderazgo a la que parece excesivo pedirle un alzamiento espontáneo. Desmantelar sus preparativos de armamento atómico y aislar a los ‘proxys’ terroristas ya es un paso, pero una violación tan flagrante del derecho internacional sólo se puede justificar, y a duras penas, con un bien mayor plasmado en resultados prácticos. A ser posible a tiempo de evitar un cataclismo planetario.