José Alejandro Vara-Vozpópuli
- Moncloa intenta diluir la tragedia del Alvia con el debate de la inmigración. Un empeño obsceno y estéril
Volantazo sorpresa. Cambio de guion. El viejo truco de Moncloa. Fuera trenes, vamos con la inmigración. Manual de resistencia en vena. Pasar página del Alvia y sus 45 muertos y meter ruido por la derecha. ‘La hora de la política’, le dicen a este regate los ochocientos asesores del Ala Oeste (para estos sí hay dinero, para la vías del ferrocarril, nones). Vamos, ya falta menos para acabar la legislatura. Un empujoncito.
“La corrupción y el acoso noquean al Gobierno”, titulaba el 14 de diciembre el diario del movimiento. Cuando más asfixiado estaba Pedro Sánchez con las chorizadas del Peugeot (ingreso en prisión de sus dos manos derecha, imputaciones por doquier a familiares y compañeros de carnet) y con los líos de las braguetas en ebullición (cesado el tipo que iba a convertirse en capataz de Ferraz), desempolvaron del cartapacio de los asuntos pendientes con el cuponazo catalán. Cinco mil millones para los independentistas, con Junqueras como mascarón de proa. Se armó el carajal. Mucho ruido y más tensión. “Mejor debatir sobre financiación autonómica que hacerlo de chorizos y babosos”, explicaban los estrategas del number one.
Tapar un problema con otro quizás mayor. Puro estilo Sánchez. Escapar del infierno de Adamuz es más complicado. Todo un país golpeado, dolido y cabreado y una infraestructura fundamental, como es el ferrocarril, que mete miedo. El presidente de la Comisión que investiga el accidente (CIAF), Ignacio Barrón, señaló abiertamente a Adif y, por ende, a Transportes, como sospechosos de la catástrofe. Que no ‘culpables’. Fue la soldadura de las vías. Una frase que tumba la catarata de contradicciones, excusas y enormes trolas que ha venido esparciendo Óscar Puente desde el primer día de la tragedia. Meses llevaban avisando los maquinistas. Y los técnicos ferroviarios. Y los pasajeros que inundaban las redes con escenas de espeluzno. “Es como viajar en el tambor de una lavadora”. Ni caso. Fachas.
Las tragedias suceden
Puente, en su desesperación, se había despojado incluso del sayal de hombre templado de verbo prudente de los primeros días y había vuelto a sus tuits agresivos. Otra vez el bulldog. Ha llegado incluso a arremeter contra Barrón, por llevarle la contraria y dejarle con el furgón de cola al aire. Sánchez, el mayor de los desalmados, fue más lejos y manoseó a las víctimas en un mitin en Huesca: “Las tragedias suceden”. Es decir, estas cosas pasan, como un rayo o un terremoto, no se quejen, malditos. No habrá funeral sicalíptico en Huelva. Los familiares se palntan. No quieren verlos de cerca. «Mataron a mi hermano», hemos escuchado. MJ Montero se abrirá paso a codazos, como un centrocampista trucho, en el oficio religioso de este jueves en Huelva. Nadie iría tan lejos como para decir que la socialista andaluza es buena persona.
Entonces, este martes, el Gobierno aprobó el decreto de regularización exprés de más de medio millón de inmigrantes. Sin pasar por el Congreso. Sin negociar con la oposición (quizás ni con los suyos). Con el único respaldo de Podemos. Una tramitación abusiva, una fórmula propia de un gobierno instalado en el despotismo y alejado de los usos democráticos que acarreará enormes consecuencias. Bastará con presentar un papel de haber visitado un médico en los últimos cinco meses para que el aspirante consiga los papeles. Algunas versiones hablan de 830.000 posibles beneficiarios, con derecho a la reagrupación familiar. Se acabaron los titulares con llantos sobre las vías, con desolación e ira en los andenes, con familias quebradas por el dolor y con Puente sembrando trolas por los platós. “La hora de la política” y no de los sucesos. Pasar página.
El regreso de Frankenstein
Una maniobra con varias derivadas que alivian los crecientes agobios del líder del progreso. Ha sumado a Podemos al acuerdo sin necesitarlo, ya que se trata de un Real decreto para así recomponer el llamado ‘bloque de investidura’, la banda de Frankenstein ahora desportillada. Le ha entregado a los morados una baza que reclamaban desde tiempo atrás, a cambio de sus cuatro diputados, tan necesarios en esta etapa de un Ejecutivo en ardiente minoría parlamentaria. Igual fórmula ha aplicado al PNV con el obsequio de cinco traspasos pendientes. Y a Bildu, con la prórroga del decreto que bendice la okupación. Falta amarrar a Junts, que viene exigiendo la competencia en inmigración para frenar el empuje de Alianza Catalana, el partido de ultraderecha xenófoba que le va a comer el pastel.
Con este paso, Podemos retirará ahora su veto a Puigdemont. Al tiempo, se introduce un elemento nuevo en el ciclo electoral que acapara ahora la agenda. Pilar Alegría deambula con cara de zombi por la campaña aragonesa, en la que adivina ya un monumental trastazo. Con la inmigración en danza, la candidata socialista podrá zafarse del monotema de los dineros entregados a Cataluña, que hábilmente machaca Azcón, y centrarse en el trumpismo del PP, refractario a normalización masiva de irregulares, tal y como ha subrayado Feijóo. El ‘efecto llamada’, especialmente. Y discurrir por el sendero opuesto al que circula Europa.
Este inesperado ‘open arms‘ refuerza el discurso de Vox, una de las obsesiones de Sánchez. Para frenar al PP tiene que alimentar al partido de Abascal, aunque en el trance pierda un puñado de votantes socialistas que eligen la papeleta del tercero en discordia. Y, naturalmente, engrosa su nicho electoral con esta recluta masiva de posibles votantes que seguramente serán sensibles a las siglas del partido que les ha garantizado su estabilidad personal, familiar y laboral. Un dato a tener en cuenta de cara al futuro
Y a todo esto, ¿qué fue de las chistorras? ¿Qué de los babosos sexuales, tan feministas por socialistas? ¿Qué del problemón de la vivienda, de los jóvenes en fuga en busca de futuro, de los salarios en el semisótano, del pavor a enfrentarse a la caja del súper, del saqueo de los impuestos, del menosprecio de Europa? ¿Qué de los trenes renqueantes y las infraestructuras desvencijadas, primero el ferrocarril, luego las carreteras y quizás los aeropuertos, un país en declive, una nación que se hunde? ¿Y qué de la pequeña Cristina, la niña de seis años que perdió a sus padres, su hermano y su primo en el cataclismo Adamuz? ¿Quién se acordará de todos ellos el dia después del funeral, cuando la abrumadora propaganda orgánica esté atronando todos los rincones con la cantinela de los pobrecitos inmigrantes, hostigados por la ultraderecha de Feijóo, Abascal y, desde luego, Trump?
Sánchez trapichea desmelenado por ese bosque de los debates tramposos. Lo intentó este martes con el remake de ‘la derecha rebaja las pensiones’. Un colosal marrullero especialista en engaños, un virtuoso del trampantojo, un campeón de la engañifa. Pero llega un momento en que todo se desintegra, el truco falla y se convierte en estiércol. A dos pasos está de que tal ocurra.