Cuando están a punto de cumplirse dos semanas del inicio de la operación Furia Épica, la situación en Irán ha pasado de una incursión presuntamente quirúrgica a un conflicto abierto a gran escala.
Estados Unidos e Israel han golpeado más de 6.000 objetivos, mermando drásticamente la capacidad defensiva de Teherán.
Sin embargo, el régimen no ha colapsado. Al contrario, ha aguantado mejor de lo previsto el hostigamiento americano-israelí, y parece haberse cohesionado bajo el liderazgo del nuevo ayatolá supremo, quien ha sumado a las represalias aéreas a los países del Golfo y Tel Aviv el cierre del Estrecho de Ormuz.
Desde su inicio, la operación ha estado envuelta en una nebulosa estratégica, con una notoria ausencia de objetivos claros. Lo que empezó como una misión para neutralizar la amenaza nuclear iraní se ha transformado en una campaña de desgaste sin una hoja de ruta para el «día después».
A esto se le añaden las constantes contradicciones de Donald Trump, que ha oscilado entre calificar la guerra como una «pequeña excursión» y prometer una lucha «hasta el final» y exigir la «rendición total».
Pero, en las últimas horas, el tono de la Casa Blanca ha dado un giro significativo.
Durante un mitin en Kentucky, Trump ha dado prácticamente por terminada la ofensiva: «Nunca te gusta decir demasiado pronto que has ganado. Pero hemos ganado».
Al afirmar que la guerra está «muy completa», el presidente busca fijar en la opinión pública la imagen de un éxito rotundo y relámpago.
El anuncio indica que el entorno de Trump está preparando el terreno para una retirada táctica. O, al menos, para un cese de los bombardeos masivos.
El objetivo es claro: cantar victoria y frenar la caída del Partido Republicano en los sondeos. Con las elecciones de mitad de mandato de noviembre en el horizonte, la Casa Blanca sabe que no puede permitirse llegar a las urnas con una guerra estancada y un conflicto que ya es impopular para el 73% de los estadounidenses.
Y es que no cabe soslayar las motivaciones de política doméstica en esta contienda. Al fin y al cabo, el bolsillo del votante es el verdadero campo de batalla.
Trump necesita proyectar la imagen de un Comandante en Jefe fuerte. Pero al mismo tiempo no ignora que la prolongación del conflicto amenaza con disparar el precio de la gasolina a niveles electoralmente insostenibles, además de enajenar a la parte de su base social soliviantada por el vuelco del presidente del aislacionismo a un injerencismo reincidente.
Para los republicanos, una guerra eterna es, por tanto, el camino más directo hacia una derrota en el Congreso en las midterms.
En este escenario, Trump se enfrenta a lo que se conoce como el «dilema del demonio», cuando se da la necesidad de elegir entre dos opciones con resultados potencialmente catastróficos.
Por un lado, el demonio de la victoria total, que implica derrocar al régimen de los ayatolás y arriesgarse a convertir a Irán en un Estado fallido de 85 millones de personas.
Por otro, el demonio del mantenimiento, que supone detenerse ahora y dejar vivo a un enemigo herido y radicalizado que buscará la venganza nuclear en el futuro.
La prolongación de la crisis ya está teniendo repercusiones devastadoras de impacto global.
El bloqueo de Ormuz mantiene el petróleo en el entorno de los 100 dólares, amenazando con una nueva ola de inflación global y una recesión en Europa. Y el peligro de un contagio regional es real, cuando los ataques de drones contra bases en el Golfo y la parálisis del tráfico de crudo están asfixiando la economía aliada.
Por todo ello, y aunque ninguna de las opciones sea plenamente satisfactoria, la Casa Blanca parece haber comprendido que el tiempo juega en su contra.
En política exterior, la perfección es a menudo enemiga de lo posible. Y ante el riesgo de un empantanamiento que devore la economía y la estabilidad regional, parece mejor aceptar una victoria incompleta que persistir en una guerra interminable con más coste que beneficio.