Editorial-El CORREO
- Los recientes disturbios en Vitoria y Bilbao destapan el reto pendiente de alejar a la juventud vasca de la fascinación por la violencia en una Euskadi en paz
Los recientes altercados en las calles de Euskadi han encendido todas las alertas sobre el riesgo de normalizar la violencia en las nuevas generaciones. Los disturbios en Vitoria y en Bilbao han destapado la dificultad, cuando no el fracaso, de alejar a la juventud vasca del intolerable recurso a la fuerza para defender una causa, a la postre, empañada por el estallido violento. Ocurrió en la concentración de protesta convocada en Sansomendi en contra de un desahucio, un caso insólito en el que inquilino y propietario sufrían una situación vulnerable. Y se repitió en Deusto y el centro de la ciudad con barricadas, fuego y agresiones, en un reguero de odio sin que el agitador ultra Vito Quiles hiciera acto de presencia.
Quince años después del final de ETA, Euskadi comprueba con estupor cómo una parte de sus jóvenes -sin memoria directa del horror pero muy influenciable por el recuerdo de la kale borroka- vuelve a ponerse la capucha. Y lo hace empujada por una mezcla explosiva de factores que no siempre van de la mano: disidencia ideológica en una izquierda abertzale que sigue sin deslegitimar el terrorismo, desamparo social por el avance de la desigualdad y agitación para el mero pillaje.
Un síntoma preocupante de que la vacuna contra el terror no está llegando a tiempo a una Euskadi en paz. Y eso obliga a poner el foco en la trasmisión de valores democráticos – desde la educación, a la familia y la escena política-, especialmente sobre la tragedia que supuso ETA para el país. Una memoria en llamas que amenaza la convivencia que tanto cuesta tejer. Aunque décadas de mirar a otro lado han podido facilitar el germen de la violencia, en una responsabilidad que interpela a la sociedad en su conjunto, EH Bildu debe dar ahora un paso al frente inequívoco. Un salto adelante para abandonar el cálculo táctico y asumir la deslegitimación ética del peor pasado.
La tensión se incrementa con la entrada en acción del fenómeno Blocus y sus llamadas al saqueo a través de las redes sociales, difíciles de controlar por su capacidad para movilizar perfiles ligados a la delincuencia y la marginalidad. La violencia callejera sacude a media Europa, esa es una realidad. Pero no debe ser una excusa para diluir la gravedad de lo que ocurre en nuestras calles: a diferencia de Barcelona, París, Milán, Bruselas o Lisboa, Euskadi arrastra la mochila de un terrorismo que siguió haciendo daño hasta entrado el siglo y cuyas secuelas aún colean.