Nicolás Redondo Terreros-ABC
- Europa debe decidir si vuelve a la historia. Esa determinación pasaría por incrementar nuestra participación en la OTAN y aun participar en alianzas más amplias para defender nuestros valores
«Ich bin ein berliner». Así ha pasado a la historia el discurso que el presidente de EE.UU. John F. Kennedy pronunció en Berlín, acompañado por Willy Brandt, el 23 de junio de 1963. La frase completa y literal fue la siguiente: «Hace 2.000 años no existía mayor orgullo que decir ‘civis romanus sum’. Hoy, en el mundo de la libertad, no hay mayor orgullo que poder decir ‘ich bin ein berliner’». Hacía referencia Kennedy al conflicto entre el mundo libre y el que estaba dominado por la URSS. Y seguía: «Permítanme pedirles que alcen sus ojos por encima de los peligros de hoy a las esperanzas de mañana. Más allá de la libertad de solo esta ciudad, Berlín, o de un país, Alemania, hacia el avance de la libertad en todos los lugares más allá del Mur. La libertad es indivisible, y cuando un hombre es esclavizado nadie es libre».
Recurro al presidente Kennedy, tan vulgarizado en nuestros días, como corresponde a un tiempo vulgar, porque representa muy bien el impulso idealista de EE.UU., siempre en conflicto con las fuerzas pragmáticas de toda gran nación, en su política internacional. Desde la II Guerra Mundial hicieron una política exterior suponiendo que la prosperidad de sus aliados repercutiría en el progreso económico estadounidense, en palabras de Madeleine Albright. De esa idea, que les diferencia del colonialismo europeo del siglo XIX, nacen los grandes programas de ayuda a Europa en los años de la posguerra y a otras zonas como el sureste asiático en décadas posteriores.
No era una apuesta exclusivamente humanitaria, impulsada por su liberalidad y la defensa de valores y derechos que los estadounidenses sienten adheridos a su nación desde su momento más germinal. También había un cálculo político que tenía que ver con el enfrentamiento con la otra gran potencia del momento, la URSS. Los sistemas políticos, las formas de desplegar su influencia internacional , incluso los instintos más profundos de las dos grandes potencias, eran radicalmente contrapuestos: uno defendía la libertad y el progreso, sostenidos por una visión optimista de la humanidad. El otro, condicionado por su inseguridad inmemorial y un impulso claramente imperial, sojuzgaba y empobrecía a los pueblos que dominaba en nombre de una futura felicidad , basada en la igualdad , que nunca disfrutaron quienes sufrieron su frío puño de hierro.
Mientras, Europa occidental se encontraba exhausta por su propia historia, que culminaba con dos guerras en un cuarto de siglo y con consecuencias trágicas, desconocidas hasta el momento por la humanidad. Devastador fue el conocimiento de la existencia de los campos de concentración, inspirados en una maldad inexplicable para la razón humana, que provocaron un seísmo en los valores y principios que habían impulsado un continuo progreso técnico y humano en Europa desde el Renacimiento. Al golpe psicológico que supuso la toma de conciencia de lo ocurrido se unía la partición de Europa en dos mitades, la división de Alemania, el desmoronamiento del Imperio británico, ambiguamente subordinado a sus en otro tiempo colonias del Norte.
En esa situación, por primera vez en 500 años, empezaron a escribir la historia otros sujetos políticos, dejando a Europa en un papel secundario. La defensa del ‘mundo libre’ corría a cargo de la gran nación americana, y de una forma muy razonable al principio (y demasiado cómoda según pasaban las décadas) la propia defensa de los valores en Europa cayó bajo la responsabilidad de EE.UU. La seguridad obtenida con las garantías militares estadounidenses tenía sin duda que ver con el estado de ánimo de Europa, que de una forma u otra fue elaborando diversos discursos justificativos y muy irreales para explicar su nuevo estatus, con más desahogo según se iban consiguiendo cuotas de desarrollo económico y bienestar social nunca vistas.
Toda esa autocomplacencia, durante medio siglo, nos impidió ver a tiempo cómo la historia se ha ido desplazando según los intereses de EE.UU. cambiaban hacia el Pacífico. Efectivamente, en un periodo de quince años, a caballo entre los siglos XX y XXI, fueron apareciendo acontecimientos y nuevas realidades que ya nos indicaban el gran cambio histórico. Una vez ‘derrotada’ la URSS –el símbolo fue la caída del Muro de Berlín–, EE.UU. podía sentirse como única gran potencia y, por lo tanto Europa, que recuperaba la libertad en su totalidad, dejaba de ser el primer escenario de preocupación americana. A la par irrumpía China con el ímpetu que tuvo antaño y ocupaba la posición de la Unión Soviética, sin las grietas del sistema ruso y con una capacidad cierta de competir con EE.UU. de forma más eficiente y sólida que la URSS, provocando en EE.UU. una sensación de miedo mayor y más justificable.
Los chinos plantean ( y siguen planteando) una estrategia muy distinta a la rusa: evitan el enfrentamiento y hacen gala de una política por debajo del radar (‘soft power’), extendiendo su influencia a través de la economía, unas veces en forma de competidor con ventajas sobre Occidente y otras, en forma de engañosa solidaridad (así puede entenderse la estrategia de la ‘nueva ruta de la seda’). Y este cambio sutil, y sin embargo de calado histórico, empezó a ser comprendido por presidentes como Bush Jr. y Obama.
Cierto es que cada día parecen más alejados nuestros valores de las prácticas políticas del líder estadounidense actual, pero también es una realidad insoslayable que el ‘centro de gravedad’ global se ha situado hace un tiempo en el Pacífico. Desde luego, nuestra impresión sobre Trump no cambiará la fuerza directora de la política exterior de la gran nación americana. Otra cosa es si en un momento determinado aparecerá el espíritu de la ‘ciudad en la colina’. Pero ese cambio más deseado que posible no modificará las prioridades estadounidenses. En ese marco, Europa debe decidir si vuelve a la historia. Esa determinación pasaría por incrementar nuestra participación en la OTAN y aun participar en alianzas más amplias para defender nuestros valores allá donde son combatidos y desde donde amenazan nuestra seguridad. Ahora bien, este nuevo papel requiere determinación, esfuerzos y hasta sacrificios, menos nacionalismo y más Unión… ¿Estamos dispuestos?