Mikel Buesa-La Razón

«¡Quieto todo el mundo!». Y los disparos en el hemiciclo. Ni que decir tiene que interrumpí inmediatamente la escritura y me eché a llorar. «Otra vez, no», decía entre lágrimas

En fechas conmemorativas de acontecimientos relevantes, merece la pena evocar las vivencias del momento, más allá de consideraciones políticas o sociales. El 23 de febrero de 1981 yo era un joven investigador universitario que se había pasado unos cuantos años acumulando las lecturas y datos con los que elaborar mi tesis doctoral acerca de la política industrial del primer franquismo. Y el caso es que, llegado aquel día tenía ya a mi disposición todo lo necesario para analizar sus aspectos regulatorios centrándome en la cuestión de la libertad de industria. Así que a las cuatro de la tarde me puse a la tarea, iniciando de ese modo la que un año más tarde sería mi tesis. Había puesto la radio como soniquete de fondo para enterarme del resultado final de la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo en el Congreso de los Diputados. Y, entre un montón de papeles y fichas, había redactado ya las primeras páginas –a mano, siempre con pluma y tinta azul– cuando me vi sorprendido por aquel grito nítido y autoritario: «¡Quieto todo el mundo!». Y los disparos en el hemiciclo. Ni que decir tiene que interrumpí inmediatamente la escritura y me eché a llorar. «Otra vez, no», decía entre lágrimas, según recuerda mi esposa. Casi en un instante evoqué mi época de estudiante, las asambleas de la facultad, en cuyos debates participé activamente, las carreras con los grises –incluyendo algún episodio chusco como el de aquel día en el que, en la calle Princesa, cuando, solitario, estaba a punto de atravesar un paso de peatones, se me puso delante un policía gritando: «¡Disuélvase!»– y sobre todo el tiempo de mili que pasé en el regimiento de Artillería 55, en Burgos, organizado para represaliados y disconformes. «Otra vez, no», decía, mientras ella y yo tratábamos de no alarmar a nuestros dos pequeños y seguíamos el curso de los acontecimientos, ocultábamos libros y materiales que seguramente no agradarían a los golpistas, y llamábamos a familiares y amigos. Traté de hablar con mi hermano mayor –que ya era un político socialista en Vitoria– pero no lo encontré porque se había esfumado, aunque nunca me contó por dónde. Y así, hasta que intervino el Rey y el golpe parecía diluido.