Bernard-Henri Lévy-El Español 

Hago un viaje relámpago a Washington para presentar mi película L’Ukraine au coeur («Ucrania en el corazón») ante el Congreso estadounidense.

En Francia se ha emitido en la cadena pública France 2.

Luego se ha estrenado en los cines de Estados Unidos.

Pero ahora, dentro de unas horas, ¡se proyectará en el Congreso!

En el corazón de la democracia estadounidense y, nos guste o no, ¡del mundo entero!

Y el lugar donde, en parte, se decide el destino de Taiwán y Ciudad de México, de Jerusalén y de Kyiv.

Me siento abrumado por el honor que se le rinde a esta especie de diario de a bordo, filmado por un escritor francés.

He de expresar todo mi agradecimiento a la embajadora ucraniana, Oksana Markarova, que ha luchado para que la proyección tuviera lugar el día del inicio del curso parlamentario, quizá, unas horas antes de la votación para aprobar los cruciales 61.000 millones de euros de ayuda militar destinados al ejército de Zelenski.

También me siento aplastado por tamaña responsabilidad. Tantos amigos de Jersón y de Zaporiyia, tantos camaradas que he dejado atrás en las trincheras de Bajmut, tantos combatientes y civiles, héroes modestos o gloriosos, que protagonizan la película y que han leído las noticias en las webs ucranianas y me llaman. ¿Estará allí el representante de Texas? ¿Y el de Iowa? ¿Y el congresista fulano o mengano que los ucranianos saben que es reacio a mandarles ayuda?

***

Cuando llego al Capitolio, creo que se me va a salir el corazón por la boca.

Es la primera vez que me doy cuenta de que, para llegar, hay que remontar una colina.

Como en Jerusalén. Como en Roma. Como en todas las tierras marcadas por el destino en las que se escribe algo más que la historia de quienes las habitan.

¿Acaso no quería Estados Unidos ser una segunda Roma? ¿O una nueva Jerusalén?

The shining city upon the hill.

«La ciudad iluminada en lo alto de la colina».

Eso mismo decían los Padres Fundadores, que se veían a sí mismos como nuevos Eneas, huyendo no de Troya, sino de Ámsterdam, Londres o París (ciudades que habían caído presa de las llamas de las guerras de religión) y desembarcando en esta tierra donde refundarían Europa.

Así pensaban los inventores de esta nación transnacional que, incluso arrastrados al fango de Harvard, siguen siendo enigmas de la grandeza humana y merecen un monte Rushmore para ellos solos.

Y es cierto que, esta noche, como todas las noches, el Capitolio se alza rutilante en lo alto de su colina.

¡House of Cards lo ha dejado en tan mal lugar!

¡Lo hemos visto tan humillado, profanado y mancillado por el asalto de los trumpistas de hace tres años!

Hemos olvidado lo hermosísimo que es el Capitolio, con su irremediable ingenuidad y su inexplicable juventud.

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La reverenda Margaret Kibben, capellán de la Cámara, abre la sesión.

A continuación, la representante Marcy Kaptur y sus colegas Joe Wilson, de Carolina del Sur, Jim Costa y John Garamendi, de California, insisten en que la defensa de Ucrania es un asunto de seguridad nacional.

Y luego, ante un auditorio que hoy está hasta la bandera, lleno de senadores y funcionarios del Pentágono y del Departamento de Estado, se proyecta la película.

¿Acaso había un alma indecisa, o unas pocas almas, entre los pasillos de esta extraña ciudad compuesta de cincuenta estados, que pudiera ver más allá de las cifras, los quiebros y los tejemanejes del día a día, como es su costumbre (te apoyamos con lo del presupuesto ucraniano, pero nos dejas con nuestro muro mexicano), los rostros de mujeres, niños y hombres quebrados de dolor?

Eso espero.

Pero también sé que Estados Unidos es, para bien o para mal, el lugar del planeta para el que parece haberse inventado la teoría del «batir de alas de mariposa en el Atlántico Norte». Véase, que, por los canales de algún misterio de la física cuántica, cualquier mínima acción que suceda allí puede desencadenar un terremoto en el otro extremo del planeta.

¿Para mal? Las elecciones más internacionales del mundo son el resultado de cincuenta elecciones estatales, disputadas por cuestiones oscuras como el cierre de una mina en Iowa o el precio del trigo en Minnesota.

¿Para bien? En esta nación de pioneros epicentrales que se concibe a sí misma como la hija mayor del liberalismo protestante y que fija como medida de lo político no la multitud ni el partido, sino el sujeto, el individuo y la iniciativa de cada cual, nunca está uno a salvo de llevarse un susto, una sorpresa, de encajar un hermoso y bello revés.

Ojalá sea así con el voto ucraniano.

Ojalá la augusta asamblea, en el momento clave, tenga en mente ese credo, que es también es el suyo, de aquel otro protestante, escritor y francés: creo en las virtudes de la minoría porque es el árbitro del destino de la mayoría.

Y ojalá Estados Unidos recuerde que es una de las pocas tierras en las que, cuando todo parece perdido y triunfan las Casandras, es posible ganar con una tirada de dados. A la ruleta, no rusa, sino americana. Un grano de arena, uno solo, arrojado a la trituradora del mal es capaz de desbaratar el funcionamiento de la máquina.

Doble o nada. Una insurrección de unas pocas conciencias y la victoria de Ucrania; o el comienzo de la noche del antiliberalismo y la barbarie.