Miquel Escudero-El Correo
- Para evitar un punto de simpatía por La Roja, Pradales dijo que iba con «la selección que mejor juegue»
No hace cuatro días que jugamos la final de la Copa del Mundo de fútbol. ¿Jugamos? Nosotros no. Fue una selección de jugadores españoles. Pero nos representan y son espejo de lo que cualquier sociedad podría desear: clase, estilo, alegría, pundonor, espíritu de equipo que integra y no excluye. Y además han ganado. Podrían haber perdido y los querríamos igual. Con su buen hacer, nos abrazamos con el afán de superarnos y sacar lo mejor de nosotros, algo que siempre hace mucha falta.
Tras una larga estimulación de fobias y aversiones, hay paisanos nuestros que viven en una burbuja tribal. En una continua diferenciación se las dan de superiores y les duele la alegría ajena. La expresión alemana ‘schadenfreude’, común en psicología, significa ‘alegría por el mal ajeno’, en este caso hay ‘rabia por el éxito ajeno’. Para evitar un punto de simpatía por España, Pradales dijo que iba con «la selección que mejor juegue».
De niño, siendo entusiasta del Barça y el único futbolero de mi casa, le pregunté un día a mi padre de qué equipo era, él me contestó: «No soy de ninguno, voy con el que juegue mejor». Esas palabras me siguen resonando, pero no valían cuando jugaba España. Si veíamos un partido de selecciones, tenía clara preferencia por España y nunca encontraba excusa para ir con la rival; tampoco para negar nuestro posible mal juego, no éramos patrioteros y si perdíamos no pasaba nada.
En 1975, se censuró una canción de Cecilia que transmitía ilusión y cariño por un país desfigurado por el poder político: «Mi querida España, esta España viva, esta España muerta», «esta España mía, esta España nuestra», siempre vieja y siempre nueva.