La reunión va a ser este lunes 19, pero el presidente intentó que fuera el lunes 12.
¿A qué venía esa premura? ¿Por qué ha pedido Sánchez a Feijóo que acuda a la Moncloa para hablar de algo tan hipotético e inconcreto como el envío de ‘tropas de paz’ a Ucrania, cuando esa paz ni está ni se la espera a corto plazo?
Muy sencillo: pretende dar importancia, solemnidad y trascendencia a la reunión del día de Reyes en París que le sirvió para eludir su responsabilidad institucional y ausentarse de la Pascua Militar.
Nunca en medio siglo un presidente de Gobierno había protagonizado un desplante así a las Fuerzas Armadas. El mismo que huye de las fotos con militares como del agua hirviendo. El mismo que antes de llegar al poder quería suprimir el Ministerio de Defensa.
La cita de París, a mayor gloria de Macron, era una reunión más de la llamada Coalición de los Dispuestos. Es decir, de los dispuestos a ayudar a Ucrania con muy buenas palabras, pero sin incurrir en excesivos gastos y ningún riesgo.
De hecho, entre sus treinta y tantos miembros figuran 23 de los países de la UE que el mes pasado ni siquiera fueron capaces de destinar a Ucrania los fondos congelados a Rusia.
Gran parte del dinero está en Bélgica y Bruselas temía represalias. Ese es el nivel de la ‘disposición’ de Europa.
Sánchez no era sino uno más del nutrido elenco, pero al menos le habían invitado. A diferencia de lo ocurrido en todas las citas del núcleo duro que marca la pauta y no quiere saber nada de él, desde que se pasó de listo, pretendiendo que con un 2,1% de alza del PIB en Defensa cumpliría igual que todos los demás con el 5%.
Pero el viaje le permitía seguir llenando sus telediarios con una apariencia de actividad y peso político. Igual que el día que llamó casi a la vez a Delcy como presidenta “encargada” y a Edmundo como presidente legítimo no reconocido por España.
Igual que cuando ha impulsado, en el plano doméstico, el modelo de financiación pactado con Junqueras, que nadie más quiere apoyar. O el decreto sobre alquileres que ni siquiera sus socios de Gobierno respaldan.
A falta de poder real, basado en una mayoría parlamentaria, Sánchez estira la ficción de una legislatura vacía de realizaciones, pero llena de declaraciones enfáticas.
Sánchez estira la ficción de una legislatura vacía de realizaciones, pero llena de declaraciones enfáticas
Como le dice la Reina Roja a Alicia: “Aquí hay que correr todo lo posible para permanecer en el mismo lugar”.
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Es el ansia febril de quien se extingue.
Según contó Garea a finales de año, el jefe de gabinete de Moncloa Diego Rubio convocó a sus homólogos en los ministerios, en plan concurso de ideas sobre iniciativas de impacto social y mediático “que no tengan que pasar por el Parlamento”.
Fue una reunión estéril -con alguna que otra bronca incluida- que no acabó como el rosario de la aurora porque debía haber pocos creyentes. De haberse hecho pública una nota oficial sobre el encuentro, habría tenido la inanidad de los partes del Equipo Médico Habitual, fechados hace ya algo más de medio siglo en El Pardo.
Es verdad que había alumnos que merecían las orejas de burro. Si ya costó colocar lo del cincuentenario de la muerte de Franco como inicio de la democracia, ¿a quién le podía atraer la conmemoración del bicentenario de la de Goya con dos años de antelación?
Pero tampoco poner como ejemplo la campaña de Sánchez para acabar con el cambio de hora -recibida con salvas de entusiasmo en TVE y total indiferencia por la UE- sirvió para aliviar la “tensión” de la convocatoria.
¿A quién le podía atraer la conmemoración del bicentenario de la de Goya con dos años de antelación?
Lo fascinante es que ni ese pinchazo en hueso ni otros fiascos similares en los que han estado implicados los ministros del núcleo duro que rodea a Sánchez, los miembros de la ejecutiva del PSOE, sus socios en el gobierno o sus aliados parlamentarios de quita y pon han tenido consecuencia visible alguna.
En España se ha gobernado desde “la habitación del enfermo” durante la mayor parte de 2025 y la hoja de ruta para 2026 parece condenarnos a lo mismo, por mucho que el moribundo entre y salga de la estancia como aquellos santos cefalóforos que, ya decapitados, se movían con la cabeza bajo el brazo.
España ha pasado a ser el país de los jóvenes ninis al de los adultos nininis: no tendremos ni presupuestos, ni urnas, ni moción de censura. Nada.
Sólo olor a cloroformo.
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Hegel fue el primer gran filósofo que recurrió a la medicina como referencia de las enfermedades del cuerpo social y en él se inspiró Marx para analizar las patologías que habrían de destruir inexorablemente al capitalismo.
Pero al aplicar su materialismo científico, a través de la lucha entre la clase propietaria y la clase proletaria, topó con el escollo de las grandes sociedades orientales -China, Japón, la India- en las que existía una fuente inagotable de poder, constituida por la propia maquinaria del Estado.
España ha pasado a ser el país de los jóvenes ‘ninis’ al de los adultos ‘nininis’: no tendremos ni presupuestos, ni urnas, ni moción de censura. Nada
No sólo por el emperador sino también por sus mandarines. Uno y otros configuraban la “cúspide del poder” y lo ejercían conjuntamente al margen de su nivel de sabiduría o estado de salud.
Tuvo que ser el sinólogo alemán Karl August Wittfogel quien, en un artículo titulado La burocracia gobernante del despotismo oriental, el fenómeno que paralizó a Marx, planteara en 1953 esta paradoja.
¿Cómo podía una clase sin propiedad privada constituirse en clase dominante? ¿Por qué las sociedades orientales permanecieron estancadas en sus estructuras de poder durante milenios? ¿Cómo y quién desarrollaría en ellas la acción revolucionaria?
Wittfogel alegó que lo que desconcertaba a Marx era contemplar “la habitación del enfermo, en la que algunos amigos están sentados junto a la cama de un hombre paralizado y gobiernan el mundo”.
El primer paralizado era, a su modo de ver, el propio Marx. Empezó excluyendo el despotismo oriental del ámbito de aplicación de su determinismo histórico y luego no fue capaz de detectar que, precisamente ese, iba a ser el modelo de los partidos comunistas en Rusia y China.
Era la prueba de que la historia de las civilizaciones no cabía en el limitado cauce de la ideología marxista.
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Es el ser humano, estúpidos. Porque siempre que ocurre igual, sucede lo mismo.
Una vez consumada la conquista del poder, tanto si ha ocurrido por herencia o casualidad, por un golpe o una moción, por las armas o las urnas, el denominador común es la determinación de ampliarlo o al menos preservarlo.
De Hobbes a Nietzsche, de Heidegger a Byung-Chul Han, todos los que han profundizado en la materia llegan a idéntica conclusión: “Sólo hay poder en la medida en que se prolongue como un ‘querer ser más poder’… Lo que el hombre quiere es ‘un más de poder’… Una demanda que sólo cesa con la muerte”.
Cuando esa pretensión aditiva de superioridad y dominio se vuelve aguda, se cronifica y entra en conflicto con las normas escritas y tácitas, no ya de una democracia sino de cualquier Estado de derecho, entonces sobrevienen las situaciones límite.
Porque, como decía Lincoln “una sociedad no puede ser mitad libre y mitad esclava”. Hay crisis que se dirimen en favor de la dictadura, pero en otras prevalece la libertad.
¿Qué hemos hecho los españoles para tener que enfrentarnos a una disyuntiva tan tremenda?
«Sólo hay poder en la medida en que se prolongue como un ‘querer ser más poder’… Una demanda que sólo cesa con la muerte»
Ante todo, no poner barreras constitucionales al riesgo de que llegara alguien con la bilirrubina por las nubes. Con la obsesión de ese ‘más de poder’ descontrolada.
Estamos hablando de una sed insaciable, de una necesidad que taladra y devora, traducida primero en la historia de una ambición, disfrazada luego como ‘manual de resistencia’ y convertida ya en la crónica de una peligrosa desesperación.
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Sólo el narcisismo mesiánico de Sánchez explica que cuando está a punto de cumplir ocho años en el poder, en condiciones cada vez más precarias, pretenda no ya llegar a los nueve para completar su tercera legislatura, sino obtener un cuarto mandato para permanecer como mínimo trece.
Y eso que en 2023 reivindicó la hemiplejia de quien sólo gobierna para los que están de su lado del “muro”. Y que ahora ya casi no puede mover la cara, ni siquiera ante los suyos.
La parálisis política -y facial- de Sánchez es fruto de su minoría parlamentaria y de su incapacidad de pactar y cumplir lo pactado, sin perder por un lado lo que pueda ganar por el otro.
Además, el recurrente quita y pon de esa manta zamorana no es un juego de suma cero. Su pérdida de popularidad y apoyos cada vez es mayor, lo que acrecienta su debilidad y anemia.
Súmese a eso la infección galopante de la corrupción y los episodios agudos de acoso en una organización que alardeaba de feminismo, y se entenderá por qué el enfermo se niega a pasar por la cirugía de las urnas.
De las últimas veinte elecciones, el PSOE sólo ha ganado tres -las autonómicas en Asturias, Castilla-La Mancha y Cataluña– y la opción de repetir la dulce derrota de julio del 23 se desvanece cuando los 31 escaños de Sumar y Podemos llevan camino de convertirse en menos de 10.
Por si fuera poco, las últimas encuestas de medios muy dispares le han traído la humillación de que tendrá que competir con Vox por la segunda plaza en media España.
Sánchez sabe que no saldría vivo del quirófano. Ni siquiera para hibernar en Ferraz. Cada vez hay más socialistas de su generación (Jordi Sevilla, Lobato, Madina, el alcalde de León, por supuesto Page) que afilan sus dagas para unirlas a las de los líderes históricos y coser a puñaladas al César derrotado.
Y sabe también que el único fármaco que podría hacerle revivir -el retorno de Puigdemont y un nuevo pacto con Junts– implicaría tales concesiones y tendría tales costes ante el conjunto de los electores que sólo supondría el espasmo de la muerte.
Pero Sánchez tampoco está dispuesto a abdicar en vida como Aznar, ni siquiera in artículo mortis como Zapatero, por mucho que se lo pidan voces tan cercanas como la de Soledad Gallego-Díaz.
Sánchez sabe que el único fármaco que podría hacerle revivir -el retorno de Puigdemont- implicaría tales concesiones que supondría el espasmo de la muerte
Sólo la eutanasia política podría liberarle de su parálisis, pero, como en tantos otros puntos clave de su programa, él sólo la promueve para los demás.
Entre otros motivos, porque para Sánchez no existe ningún “mar adentro”. No tendría a donde ir ni cómo proteger a los suyos.
Desde un punto de vista egoísta su situación actual es menos mala que todas las demás. Y puesto que no está dispuesto a que un hombre muera por un partido, tendrá que morir todo un partido por un solo hombre.
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Iban cuatro atracadores en un Peugeot. A tres les pillaron y a uno no. En realidad, ni siquiera era un Peugeot, sino un Mercedes serie C, propiedad de Juanma Serrano, del que se bajaban al acercarse a cada destino para no dar el cante.
Hasta el Peugeot era mentira. Como lo de la lucha contra la prostitución… de la que se lucraba la familia.
Si tanto en lo pequeño como en lo grande, Sánchez ha logrado imponer su relato sobre la verdad, una y otra vez, es comprensible que piense que aún puede lanzar un último hurra.
Su película es hoy Un gánster para un milagro. ¿Quién sabe lo que puede suceder en año y medio?
Que Trump nombre a su hijo gobernador general de Venezuela y Maduro se escape de la cárcel de Brooklyn y se convierta en un heroico Curro Jiménez, escondido en la selva…
Que una nueva terrible pandemia nos permita recibir otros 140.000 millones de la UE…
Que se descubra que La Fontanera era en realidad una espía doble a sueldo de Tellado y que Julio Iglesias montaba fiestas como las de Epstein a las que sólo se podía acceder con carné del PP.
Sánchez ha logrado imponer su relato sobre la verdad, una y otra vez
Sánchez no va a renunciar ni a un solo día en el que pueda llegar un cisne negro que hunda a la oposición y le devuelva a él la condición de albo paladín del progresismo.
Aunque eso condene a España a seguir gobernada un año más desde la habitación del enfermo.
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En realidad, no es una única estancia sino la suma de una serie de cámaras y antecámaras que envuelven el lecho del paralítico, como si fueran capas térmicas superpuestas para transformar sus escalofríos en sudor productivo.
La más cercana la ocupa Begoña Gómez. No sabemos hasta qué punto estuvieron juntos en la salud y cuan productiva fue esa bonanza, pero ahora no tienen más remedio que seguir unidos en la enfermedad.
Cuando haya algo que decidir, la penúltima palabra la tendrá ella.
Luego está el personal fiel de la Moncloa, como si se tratara del servicio de Downtown Abbey, con el avispado Diego Rubio como mayordomo, el recuerdo de Salazar y los rumores sobre otros adláteres llenando los cuchicheos, a la espera de que suene cada campanilla.
El siguiente entorno es el decisorio. Lo ocupan los cuatro ministros que componen el núcleo duro del Gobierno: María Jesús Montero, Félix Bolaños, Óscar Puente y Óscar López. Con el mayordomo Rubio y el botones Patxi, que lleva los recados al Grupo Parlamentario, forman el gabinete de crisis.
¿Hay alguien más ahí? No. En cuanto una de las cuatro patas de la silla se rompa -la andaluza no pasará de junio- sólo quedará un taburete.
Yolanda Díaz y los suyos asoman de vez en cuando la cabeza, desde una pequeña habitación adjunta a la que los demás ya empiezan a llamar el cuarto trastero.
Por el atrio del poder que este lunes cruzará Feijóo van y vienen las visitas. Ministros como Marlaska, Robles y Albares que pintan mucho pero no cuentan nada.
Conde-Pumpido o la nueva fiscal general traen de cuando en cuando malas noticias del frente de las togas. Pronto volverá Junqueras a seguir pidiendo más de lo suyo. Y el PNV ya se ha llevado la caja del dinero del paro.
Así es cómo se desvalija a un proyecto de cadáver.
La única visita que invariablemente pone de buen humor al enfermo es la del doctor Tezanos. Su analítica siempre le da más glóbulos rojos de los que tiene.
Entonces Sánchez se viene arriba, empieza a mover divisiones inexistentes y culpa a sus generales de las sucesivas derrotas, como si estuviera en el búnker de Berlin.
En cuanto una de las cuatro patas de la silla se rompa -la andaluza no pasará de junio- sólo quedará un taburete
¡Hay qué ver el inútil de Gallardo! ¿Y qué me decís del traidor de Page? ¡A ese que lo fusile Milagros Tolón! ¡Ascendámosla a ministra! ¡¡Sí, sí, a ministra!! No sé por qué me miráis así… ¡¡Este mismo martes, la quiero en el BOE!!. ¡¡Y que avance con sus tropas sobre Toledo!!
Al anochecer, los trinos del sinsorte que pernocta entre las coníferas del jardín adquieren un timbre mecánico, como si imitara el zumbido de las máquinas de oxígeno que mantienen funcionando el Palacio.
Son las horas en las que el enfermo pasa del paroxismo a la depresión. Su voz se va haciendo, poco a poco, más tenue. Casi inaudible. Los que gobiernan en su nombre aguzan el oído a la espera de nuevas consignas. De repente de su boca brota una palabra:
“Quiero…”
Y luego otra:
“Quiero mucho…”
Y una tercera aclaratoria, tras una pausa que parece eterna.
“Me quiero mucho”.
Hegel dice que no hay mejor expresión del poder que esta “subjetividad del soberano al resolverse en sí mismo”.