Ignacio Camacho-ABC

  • Don Juan Carlos merece una reparación narrativa. Pero conviene no equivocarse de rey al defender la monarquía

Para una vez que Feijóo tiene un acierto comunicativo ha cometido al mismo tiempo un error político. Su propuesta sobre el retorno del Rey Juan Carlos ha marcado agenda, le ha abierto hueco en la conversación pública y ha hecho bastante ruido, pero también ha metido a la Corona en un lío. El líder del PP debió haber previsto que el Gobierno se desmarcaría del asunto con su habitual cinismo para desplazar la responsabilidad sobre el monarca en ejercicio. El mismo presidente que con sus presiones forzó al anterior jefe del Estado a una especie de exilio sin juicio ha convertido la cuestión en un conflicto familiar entre padre e hijo, una trampa de la que la Zarzuela ha salido como ha podido –más mal que bien– mientras el autor del enredo se quedaba tan tranquilo.

Y esto justo cuando la desclasificación de los papeles del 23-F devolvían al Rey padre –lo de emérito no le gusta– el crédito histórico que las jóvenes generaciones le vienen negando por su posterior conducta poco ejemplar y sus manejos financieros opacos. Tratando de hacerle un favor, Feijóo ha situado el foco en el plano inadecuado y puesto a Felipe VI en un aprieto antipático, obligándolo a recordar la existencia de unos problemas tributarios que complican la posibilidad de un deseable regreso normalizado. La residencia fiscal en Abu Dabi de una figura tan simbólica como la de Juan Carlos es una anomalía que complica sobremanera la necesaria limpieza del relato sobre su papel primordial como motor del proceso democrático.

Es muy importante no equivocarse de rey a la hora de defender la monarquía, una confusión frecuente entre ciertos sectores demasiado legitimistas. Es la institución, no las personas, el factor que encarna la unidad de la nación y garantiza un modelo de estabilidad neutral por encima de las tensiones políticas. El primero que debe recordarlo es quien averió la reputación de la Corona con una conducta abusiva y tuvo que abdicar en circunstancias muy comprometidas. Libre ya de cargos tiene derecho a una rehabilitación narrativa, pero lo último que debe hacer es comprometerla con sus prisas. No tiene que ganar ningún pulso de opinión pública; sólo evitar complicarle la vida y la tarea a su heredero y dejar que el tiempo le haga justicia.

Volver puede hacerlo cuando quiera, como de hecho demuestra al acudir a las regatas; si duerme o no en la vivienda oficial de los Reyes –algo tendría que opinar también Doña Sofía– es un aspecto de importancia secundaria. No lo es en cambio el domicilio fiscal, que le obligaría a declarar unos ingresos de procedencia ignorada; un rey, aunque sea un rey abdicado, no puede burlar a Hacienda como el hermano de Sánchez con sus direcciones falsas. Cosa bien distinta, que a él le desagrada contemplar, es la necesidad imperativa de evitar que fallezca lejos de España. Ésa es la verdadera, ineludible cuestión de Estado: la de permitirle morir en su casa. Pero como decía el jefe de la tribu de Astérix, se trata de algo que no tiene por qué suceder mañana.