ABC-IGNACIO CAMACHO

En Cataluña han colapsado las autoridades territoriales. Y si el Estado no ocupa ese vacío de poder, lo hará la calle

EN este momento en Cataluña no hay nadie al mando. Se trata de una certeza, no de una sensación. Torra no tiene el poder porque se lo ha entregado por una parte a Puigdemont y por otra a la calle; está encerrado en una burbuja solipsista sin más apoyo que el de un reducido cinturón de leales. Junqueras, que fue quien realmente dirigió el procés –eso está en el sumario–, apenas puede muñir cierta influencia desde la cárcel. Los brazos civiles del golpe de 2017, ANC y Ómnium, han quedado desbordados por los CDR y su espiral de violencia rampante. Torrent, el presidente del Parlamento autonómico, no sabe cómo obedecer consignas, ni de quién, sin desobedecer los imperativos legales. A Rufián lo abuchearon en las marchas de protesta tildándolo de botifler infame. La delegada del Gobierno está en su búnker y Colau se ha escaqueado de los disturbios refugiada en los trámites municipales. Hay un vacío de interlocución institucional y social, una clamorosa ausencia de autoridad en las supuestas autoridades, un caos tan visible y palpable que el propio Sánchez se movió ayer por Barcelona como un zombi en tierra de nadie y lo único que logró fue que en su visita al hospital de los policías heridos le montaran un escrache.

En esta clase de circunstancias, la política se relaciona más que nunca con la física de los espacios: cuando se deja un hueco libre surge alguien dispuesto a ocuparlo. Ésa es la clave de los procesos revolucionarios, que triunfan o fracasan según la resistencia que encuentren en el Estado. Con el sistema de poder territorial destruido o sumido en un descontrol palmario, el Gobierno tiene la obligación de ejercer su papel jerárquico, aunque sólo sea por un principio subsidiario. Tiene también los mecanismos constitucionales para ello y sólo le falta la voluntad de activarlos. Pero el presidente no se atreve porque su cabeza anda en otro cálculo: el de la probable necesidad de contar con Esquerra cuando llegue la hora de tejer pactos. No piensa como gobernante sino como candidato. Y a estas alturas, con los sondeos en la mano, ya sabe que el sueño de liberarse de la colaboración separatista se ha disipado. Las cuentas sólo le salen con ellos o con un PP que, pese a la presión de ciertas élites, se mostrará remiso a darle paso.

Quizá ya no le importe por esa razón que Cataluña continúe unos días, unas semanas o unos meses más a la deriva. Su pensamiento se proyecta primero hacia una investidura que no le va a resultar sencilla y luego hacia una legislatura de difícil geometría. Iceta, el susurrador, intriga con el diseño de fantasías tripartitas y el regreso al confederalismo zapaterista. Pero todo eso está lejos todavía. Lo inmediato es este escenario de pesadilla: una comunidad desasistida de una mínima articulación de su estructura representativa… y con síndrome de Estocolmo ante la hegemonía del régimen nacionalista.