Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- Los países occidentales parecen mirar hacia otro lado ante el llamamiento de Donald Trump
Si han repostado diésel últimamente, habrán comprobado que la reapertura del Estrecho de Ormuz comienza a ser un asunto personal. A poco que la guerra siga complicándose, cualquiera va a poder evocar surtidor en mano, o estupefacto ante los precios del lineal, la frase que Almodóvar puso en boca de María Barranco en ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’: fíjate cómo se está portando conmigo la teocracia iraní y yo esto no lo merezco.
Cierto que la teocracia iraní parecía esta vez aplicada a la maldad ‘indoor’ cuando Estados Unidos comenzó con las bombas no se sabe bien por qué. Como queriendo tranquilizar al mundo, o sea, a los mercados, el sábado Donald Trump hizo dos anuncios. Uno aseguraba que el 100% de la capacidad militar de Irán ya había sido destruida; el otro, que muchos países enviarán pronto buques de guerra en coordinación con Estados Unidos para garantizar que los petroleros puedan circular con seguridad por el Estrecho de Ormuz.
Dos días después sabemos que Irán puede lanzar misiles con un alcance de dos mil kilómetros, lo que no está mal para una capacidad destruida al 100%. También que a la supuesta flota internacional solo se apuntan Japón y Corea del Sur, países que no tienen otro remedio por pura imposición geográfica. Los principales países occidentales miran hacia otro lado. Su silencio, por ahora, atruena. Mientras por Ormuz sí pasan petroleros con destino a China y Rusia ve cómo medio mundo necesita comprar ahora su petróleo. Otra reflexión para el momento de estupefacción frente al surtidor o el lineal: la estrategia de Estados Unidos parece consistir en beneficiar a sus enemigos. Entre sus amigos, en cambio, ni siquiera el Reino Unido, el aliado históricamente inamovible, los parientes de la «relación especial», responde a la llamada para Ormuz. Quizá recuerden que Trump se burló hace mes y medio de la valentía de los soldados británicos en Afganistán. Quinientas bajas. Los estrategas que quedan en la Casa Blanca tras la expulsión de los que sabían cómo funciona el mundo se estarán haciendo ahora mismo una pregunta inesperada: «¿Por qué esta gente a la que llenamos de insultos y humillaciones no quiere colaborar?».