ANTONIO R. NARANJO-EL DEBATE
  • No hay que engañarse: la España «federal» ya operativa es peor que la independencia real que quizá debamos ya asumir o hasta impulsar
España necesita unos Pactos de la Moncloa, pero tiene un Frente Popular. Toda su arquitectura constitucional es ya, en realidad, la carcasa de un régimen vaciado y sustituido ya, de facto, por otro distinto, al servicio por completo de una UTE de populistas y separatistas que se están repartiendo el poder. La historia se repite.
La Constitución, en lugar de ser un freno, se ha convertido en una excusa para, en su nombre y en vano, demolerla en todo lo relativo a la activación de contrapesos y utilizarla para reforzar esa alianza destructiva, sustentada en un único punto: el intercambio de la independencia operativa de Cataluña y el País Vasco por una Presidencia autoritaria y traidora.
El problema separatista no hizo mella en España ni cuando asesinaba ni cuando, más recientemente, daba golpes de Estado, porque el consenso entre los grandes partidos y la eficacia de la Justicia y de los Cuerpos de Seguridad respondía sólidamente y en nombre, sin duda, de una abrumadora mayoría de españoles.
Pero lo es, y resulta insuperable, porque el PSOE ha quebrado ese consenso fundacional de la España democrática por las urgencias del demonio que lo dirige: el desplazamiento socialista hacia el Frente Popular hace inviable la réplica sensata de un Estado sólido a los desafíos que padece y, en el caso de la cuestión territorial, limita las opciones a solo dos.
O una independencia factual, pero no nominal, en la que la excusa «federal» conceda al separatismo su gran objetivo, la fundación de Estados propios en todos los órdenes menos uno: su vinculación a España para todo aquello que le sea conveniente, como su permanencia en Europa, y con la única obligación de mantener en el poder a un partido que, en el resto del país, acumula cuotas de rechazo histórica.
O una independencia real, en la que al coste ya existente en la actualidad en términos de competencias y privilegios económicos, no le añadiera al menos el «botón rojo» de decidir cómo y quién gobierna en el resto de España.
Desgraciadamente ésas son las dos únicas opciones, y no hay ni habrá otras por la apuesta irrevocable de Sánchez por recrear un Frente Popular sustentado en el cambalache espurio, la demolición u ocupación de las estructuras independientes del Estado y la animalización de los rivales, resumida en una idea simple: el mismo mecanismo propagandístico que se utiliza para blanquear a Bildu, que es la manifestación política de la victoria de ETA; se usa para criminalizar al PP o VOX como representantes de un franquismo redivivo y de una ultraderecha represora.
Mirar a un mundo que ya no existe solo provoca melancolía, y el de la España constitucional conformada por libres e iguales ante la ley ya es a efectos prácticos un simple recuerdo.
Ya estamos troceados, ya convivimos con Estados independientes y ya padecemos las consecuencias económicas, sociales y morales de una fractura real inducida premeditadamente por Sánchez, irreparable por ello mientras él siga al frente del PSOE y doblemente perniciosa por sus efectos autonómicos y nacionales.
No verlo en engañarse. Y no plantearse al menos la pregunta de si, para seguir así eternamente, no es mejor limitarse a ser la España posible, por doloroso e injusto que sea aceptar el triunfo de una mentira histórica, es suicida.
Si es lo que quieren, que al menos no tengamos encima que pagarlo, a un coste económico inasumible y con el castigo extra de que nos impongan a un presidente y a un Gobierno simplemente traidores.
Posdata. Los españoles residentes en esas Comunidades no pueden quedar olvidados, cierto. Pero su propia indolencia limita ya las tareas de salvamento: o son muy pocos o están muy parados. Seguro que mantener la nacionalidad española y regular su permanencia en sus ciudades y pueblos, si quieren seguir allí, resuelve el dilema sin necesidad de seguir aceptando la humillación de España. No debe ser difícil auxiliarles: viendo ya el resultado de las elecciones vascas y el de las catalanas en unos días, son cuatro y mal contados.