Rebeca Argudo-ABC
- No me atrevería yo hoy a jugar a ser vidente con un presidente tantas veces dado por muerto (y tantas veces resucitado)
Para calmar el berrinche de la cáfila de párvulos que jugaban a la revolución instalados en el chiquipark de Sol, desfilaron de urgencia por el Congreso todos los pasteleros del reino. Llevaban, orgullosos, sus apetecibles recetarios bajo el brazo: tiramisú de contrato eterno, flan de desahucio congelado, tarta de IBI a cuenta del casero… Prometían mucho azúcar y mucho chocolate. Nada de frutas o verduras. Cero legumbres. Un médico, atribulado, se echaba las manos a la cabeza: con esta dieta son los más vulnerables los que se verán perjudicados, se reducirá el mercado del alquiler, subirán los precios. Son saludables, decía, los potajes de construcción de viviendas, los hervidos de seguridad jurídica, las ensaladas de avales con reducción de impuestos. Los pasteleros gritaban, indignados, que con eso lo único que se busca es torturar a los niños. Los niños, fuera, pataleaban que ellos lo que quieren son helados y galletas. Como si del Gorgias de Platón se tratase, el pastelero jefe, tras ocho años de ejercicio, señalaba las maldades de la medicina: impone aburridas dietas, cuenta las calorías, receta jarabes amargos. Él, en cambio (y desde hoy porque, desde hoy, urge), promete manjares abundantes y sabrosos para todos. ¡Voten repostería!
Escribe Platón y dice Sócrates: «(…) si el médico y el cocinero disputasen delante de niños y delante de hombres tan poco razonables como los niños, para saber quién de los dos, el cocinero o el médico, conoce mejor las cualidades buenas o malas de los alimentos, indudablemente el médico se moriría de hambre». Pero, cómo serán las cosas, ni con la promesa del gran banquete, ni convenientemente acusados los médicos de despiadados e inhumanos, llegaron a servirse a la mesa los decretos de chocolate y nata. Aunque la fiesta infantil seguía fuera, pidiendo a gritos la tarta y sin querer escuchar lo que de verdad les conviene. El Número Uno, oportunamente, se retiraba a sus aposentos pensando en convocar elecciones para que los niños voten con hambre. Dime, espejito, ¿a quién crees que votarán en ayunas: al pastelero o al médico?
No me atrevería yo hoy a jugar a ser vidente con un presidente tantas veces dado por muerto (y tantas veces resucitado), pero si, tras ocho años de promesas y sin postre, creen los niños al pastelero cuando les promete tantos dulces, tal vez es que todo el que engaña encuentra siempre a quien quiera ser engañado. O quizá no es más que aquello de que la verdad cruda solo es aceptada cuando la catástrofe es inminente y, mientras tanto, en relativa y asumible normalidad, la gente prefiere antes una confortable mentira: cambiar el «sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» de Churchill por un mucho más chispeante, dónde va a parar, «risas, siesta, piso y fiesta». No quieren un médico, amigos: quieren repostería.