Luis Ventoso-El Debate
  • No hay sentimiento alguno hacia las víctimas por parte de Puente y Sánchez, su único interés radica en sus ombligos, en cómo vadear políticamente esta crisis

En un trayecto de 3 horas y 40 minutos, nuestro AVE ha acumulado un retraso de 20 minutos. Al llegar a la estación, el taxista nos felicita, mitad en serio y mitad con retranca gallega: «Están de suerte, normalmente los trenes de Madrid se retrasan media hora, o incluso tres cuartos».

El taxista, un coruñés en su primera cuarentena, no tenía desperdicio: «Miren –nos dijo–, yo no soy ni del PSOE ni del PP, ni siquiera voto, la política me asquea. Pero lo que han hecho con los trenes y lo del accidente… había que echarlos a patadas. Anoche llevé a un maquinista y me contó que hace ya tiempo que pasan miedo, que está todo hecho una mierda».

Tras la desgracia de Adamuz, el personal de Renfe ya no se corta. Mi mujer se acercó al vagón-cantina a por un café. Mientras lo preparaba, el camarero tuvo tiempo para contarle lo mismo: «Era visto que un día iba a ocurrir algo. Tienen todo manga por hombro».

Mientras los españoles contemplan el horror de Adamuz tristes, un poco asustados y muy enfadados, resulta que Sánchez se niega a acudir al Senado a dar explicaciones, como le pedía la oposición, y envía a Puente. Y el ministro se lanza a insultar desde la tribuna la inteligencia del público y la memoria de las víctimas, asegurando que la red española «está cerca del riesgo cero» y que las roturas de vía son algo cotidiano en toda Europa.

Puente dedicó el meollo de su intervención a resaltar que ha informado maravillosamente y volvió a sus clásicos: el gran problema aquí es… el PP, que no invertía, y «la campaña de bulos de la derecha política y mediática». Solo mostró cierta humildad y afán de mejorar al referirse a los cercanías de Cataluña, que es quien manda e importa hoy en España.

Vuelve a verse con crudeza algo que ya se le notó a Sánchez durante la pandemia: ni un ápice de dolor por los muertos. No emana de Puente, ni de su altivo y escaqueado jefe, un solo signo de aflicción ante la tragedia de los 45 viajeros que murieron al cruzarse la pésima gestión del Gobierno con un golpe de mala suerte (el paso del Alvia).

Como ocurrió en la pandemia, lo único que hoy los desvela es intentar salir políticamente ilesos. Están infinitamente más pendientes de salvaguardar su imagen que de los muertos y de sus familiares. Por eso no han acudido al funeral de Huelva, donde tampoco ha acertado con su plante Vox, cuya nueva divisa parece ser que pase lo que pase hay que llamar la atención.

Al Gobierno de «la gente» y del «escudo social» resulta que la gente de carne y hueso no le importa un carajo. Todo son maniobras de propaganda, con un ejército de fontaneros monclovitas buscando estrategias de distracción que den un día más de respiración asistida a un presidente fundido.

El cobardón de Paiporta, el jefe de Gobierno que puso a Mazón a los pies de los caballos en aquel lacerante seudo funeral new age, no puede pisar una calle, no puede entrar a un bar, y mucho menos acudir a un funeral donde se citan unas familias indignadas con su infame gestión. ¿Cómo se iba a exponer Mi Persona a la galerna de vituperios que le aguardaba en Huelva? ¿Cómo va a pisar una iglesia católica, el orgulloso ateo, sumo sacerdote de su propio seudo credo, el «progresismo», una fe que, como decía el agudo Benjamin Constant «quiere que el individuo sea esclavo para que el pueblo sea libre»?

Ni una sola lágrima. Ni un sentimiento. Ni una dimisión. Nos gobierna gente que ni siente ni padece.

(PD: El 28 de febrero de 2023 chocaron de frente dos trenes en Tempe (Grecia), uno de pasajeros y un mercancías, con 57 muertos. Kostas Karamanlis, el ministro de Transportes, dimitió en 24 horas, asumiendo su responsabilidad política sin esperar a la investigación. El siniestro provocó unas tremendas manifestaciones contra el Gobierno y una huelga general. Los griegos demostraron que no son un pueblo pastueño. A pesar de que los investigadores concluyeron que se trataba de un fallo humano, el Gobierno hubo de someterse a una moción de censura. El primer ministro, de centro-derecha, habló de «trauma nacional» y reconoció que «los fallos crónicos del Estado se encontraron con un error humano». Aquí, en esta irreconocible España, manual de resistencia, mentiras, propaganda… y tira millas).