Fernando García Sánchez-ABC

  • España está desplegando una acción exterior que crea tensiones innecesarias e improductivas al asumir decisiones marcadamente populistas y antidiplomáticas

El nuevo lema del presidente del Gobierno –’No a la guerra– constituye una obviedad, un principio de aceptación casi universal, pero un grito vacío y estéril, sólo humo, si no esta apoyado en una conciencia de la seguridad, una postura de fuerza y una capacidad de influencia diplomática. Podríamos compararlo al lema «no a la enfermedad», que sólo tiene sentido práctico si lo convertimos en un «sí a la salud» y en la puesta en marcha de políticas saludables. Este ‘no a la guerra’, ejecutado de forma claramente antidiplomática frente a Estados Unidos, está resquebrajando los cimientos de la alianza atlántica, y la OTAN para Europa significa seguridad. Ante esta situación, sin una base de fortaleza e influencia que nos dé capacidad de actuar y credibilidad, este ‘no a la guerra’ es un síntoma preocupante de inseguridad nacional, al desviar la atención sobre los problemas reales y justificar las carencias nacionales con anhelos y buenos deseos. Conviene seguir la recomendación del militar romano Flavio Vegecio Renato, que en ‘De Re Militari’ escribió «Igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum» (quien desee la paz, que prepare la guerra), que evolucionó posteriormente al más conocido «Si vis pacem para bellum». Si no queremos la guerra, si queremos la paz, tenemos que prepararnos para la guerra, pues sólo una posición de fuerza permite influir mediante la prevención, la disuasión, la acción exterior y la necesaria estabilidad interna.

Lamentablemente, España es hoy menos segura que hace un lustro, y aquí es donde reside la contradicción y la falta de coherencia entre un ‘no a la guerra’ utópico y de gran impacto mediático y una situación en que la seguridad de los españoles se ha degradado al no reaccionar con agilidad y eficacia ante los nuevos desafíos y al asumir posturas debilitantes dentro de nuestras alianzas básicas, la OTAN y la UE, en un momento de crisis y necesaria reforma. La seguridad nacional debe integrar, coordinar y sincronizar las acciones de seguridad pública, la acción exterior y la defensa con una inteligencia que asegure la prevención, la disuasión, la gestión de crisis y la acción en clave interna y externa, en un entorno cada vez más marcado de autonomía estratégica.

La seguridad nacional es uno de los asuntos más manipulados en España: no se asume como un bien común, necesario para el desarrollo social y el mantenimiento de nuestros valores constitucionales, y se rodea de oscurantismo, medias verdades y propaganda engañosa, que producen un déficit peligroso en nuestra conciencia de seguridad. Esta manipulación deteriora la seguridad y aumenta la brecha entre los riesgos derivados del escenario político-estratégico y la confianza en nuestras alianzas en un mundo globalizado, con una estructura de seguridad en crisis. Se observa una falta de coherencia y consistencia operativa con la utilización de medias verdades y narrativas diferentes para consumo interno y externo, tratando de suavizar el relato interno y, a la vez, presentarnos ante nuestros aliados como un socio comprometido. Esto provoca posturas o decisiones sin fundamento estratégico y cambios de criterio que denotan esa falta de estrategia, con situaciones que nos descalifican ante nuestros aliados.

Internacionalmente se está desplegando una acción exterior que crea tensiones innecesarias e improductivas en las relaciones con nuestros aliados al asumir decisiones marcadamente populistas y antidiplomáticas que socavan la seguridad nacional y ponen en riesgo nuestro prestigio. Nuestra acción exterior debería centrarse en promover medidas diplomáticas, negociación e influencia, para conseguir la paz en los diferentes conflictos, en coordinación con nuestros aliados, apoyando la legalidad internacional e influyendo para recomponer un nuevo sistema de relaciones internacionales eficaz, basado en la doctrina de las Naciones Unidas; algo incompatible con posturas populistas basadas en análisis simplistas y provocadoras de rupturas en busca de titulares.

España es menos segura internamente ante el avance de la delincuencia organizada, la corrupción institucional y el precario control de la inmigración, a lo que se suma, en el ámbito de la inteligencia, la limitación de las capacidades de coordinación, de integración operativa y de colaboración con fuentes de inteligencia internacionales esenciales. Ante un ambiente que nos obliga a desarrollar la autonomía estratégica por la debilidad de nuestras alianzas, existen pecados de omisión relevantes que hacen que nuestra seguridad nacional se debilite: falta una estrategia de seguridad apropiada y la definición de nuestros intereses y objetivos nacionales prioritarios, coordinados con la OTAN y la UE, una estrategia que no puede simplificarse en un lema, ‘No a la guerra’, que no se apoye en un sistema robusto de seguridad nacional.

En estos momentos hay que apostar por más Europa y salvar el enlace trasatlántico con EE.UU., para lo que hace falta promover la solidaridad y el espíritu de equipo y dejar a un lado el postureo, los alardes y la propaganda populista y cortoplacista. Tenemos que utilizar la diplomacia para influir sin perjudicarnos. Falta transparencia en el envío y mantenimiento de unidades de las Fuerzas Armadas a operaciones en el exterior. Hay opacidad en la gestión de las bases de Rota y Morón, que se utilizan como elemento de propaganda sin una política coherente y explicada de relaciones francas con un aliado necesario. No se está desarrollando la reforma militar necesaria, que no sólo afecta al material, sino a las infraestructuras, los recursos humanos, la doctrina, la organización, el I+D+i y la integración de la industria de defensa, incluyendo a pequeñas y medianas empresas. No se asume el planeamiento de fuerza de forma inteligente, priorizando el alistamiento para el combate de la fuerza actual y manteniendo una política industrial y de I+D+i inapropiada. No se cumple el compromiso contraído en la OTAN de llegar a un presupuesto de defensa del 3,5 por ciento del PIB, más un 1,5 por ciento en presupuestos duales de seguridad y defensa, lo que impide mantener a las unidades operativas de las Fuerzas Armadas –hoy certificadas como «listas para el combate»– e hipoteca su futuro.

Lo que Draghi denunció hace unos meses mirando a la UE, cada vez es más urgente: «Se debe actuar en meses, no en años, si [la UE] quiere evitar caer en la irrelevancia». Su advertencia es aplicable a España, como se ha puesto en evidencia al utilizar el ‘no a la guerra’ como bella flor sin raíces que disfraza y justifica la debilidad del sistema de seguridad nacional.

«Facta non verba».