Juan Rodríguez Garat Almirante (R)-El Debate
  • ¿qué es exactamente lo que les vamos a ofrecer a los ayatolás que les compense la renuncia al estatus privilegiado que da la posesión de armas nucleares? ¿Ha oído el lector a algún miembro del Gobierno responder a esta pregunta? Yo tampoco

Mientras el presidente Trump intenta recuperar el control de la guerra de Irán —un control que perdió en el momento en que empezó a soñar que una campaña limitada tanto en la duración como en los medios empleados podía dar como fruto la rendición incondicional de la República Islámica— los lectores de El Debate bien podríamos plantearnos un asunto de mayor calado y que nos afecta más directamente.

Imaginemos que Trump, presionado por los mercados, las encuestas electorales y, por si eso fuera poco, con el Pentágono un poco revuelto —el cese del Jefe de Estado Mayor de su Ejército quizá solo sea la cima de un iceberg de descontento que, conociendo a los militares norteamericanos, no sería político sino profesional— pone fin a la campaña en el período prometido. Mucho me temo que eso no lo sabe ni él, y no le defiendan los trumpérrimos cuando él mismo reconoce que la guerra solo terminará cuando lo sienta en sus huesos. De lo que sí podemos estar bastante seguros es de que, en el mismo momento en que finalicen los bombardeos, Irán volverá a las andadas.

Cuando termine la guerra, seguramente sin acuerdo alguno, el magnate volverá a decir que el programa nuclear de los ayatolás ha retrocedido hasta la casilla de salida. Sin embargo, eso no será del todo cierto. Las bombas solo destruyen las infraestructuras y el equipamiento; no el conocimiento ni, mucho menos, la voluntad. Lo que Kim Jong-un consiguió contra todo y contra todos no es un objetivo fuera del alcance de un régimen que cuenta con Rusia y China como aliados y que ya tiene una central nuclear en funcionamiento, la de Bushehr, que ni siquiera Trump se atrevería a bombardear.

La estrategia de España

Pero vayamos a lo que nos importa, nuestra España. ¿Cuál es nuestra postura sobre el programa nuclear de Irán? La condena más firme… pero solo de palabra. El «no a la guerra», consigna simplista donde las haya, no se pronuncia sobre ese problema. Sin embargo, sería irresponsable no disponer de una estrategia alternativa a la bélica y que vaya más allá de declaraciones para la galería. ¿Cuál podría ser esa estrategia? ¿La diplomacia? ¡Claro! ¡Una negociación! Pero ¿qué es exactamente lo que les vamos a ofrecer a los ayatolás que les compense la renuncia al estatus privilegiado que da la posesión de armas nucleares? ¿Ha oído el lector a algún miembro del Gobierno responder a esta pregunta? Yo tampoco.

Desde que comenzó a apoyar a Rusia en la guerra en Ucrania, Irán ha dejado de ser un Estado paria

Si por las buenas no vamos a conseguir evitar la nuclearización de Irán, ¿qué tal confiar en las sanciones económicas? No funcionaron muy bien en el caso de Corea del Norte… pero, ¡espera! Las sanciones internacionales también necesitan la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU y, desde que comenzó a apoyar a Rusia en la guerra en Ucrania, Irán ha dejado de ser un Estado paria. Ahora tiene dos aliados con derecho de veto. Nosotros, que somos tan respetuosos con la legalidad internacional ¿vamos a aprobar sanciones que cuestionan ese derecho? ¿Tendremos la desfachatez de defender la literalidad de la Carta de la ONU con la única excepción de su artículo 27.3 —el que consagra el derecho de veto— solo porque ese no nos conviene? ¿Tendremos credibilidad si así lo hacemos?

No a la guerra, impotencia diplomática, dudas sobre las sanciones unilaterales… ¿entonces qué? Si nosotros no hacemos nada, quizá podamos confiar en el conocido lema de Homer Simpson: «que lo haga otro». Como hicimos cuando los hutíes decidieron cerrar el mar Rojo, y como vamos a hacer en el caso del estrecho de Ormuz, podemos dejar que ese problema lo resuelvan los demás. Después de todo, ya tenemos experiencia en escaquearnos. Sin embargo, en el caso de Irán, en lugar de quedarnos al margen mirándonos el ombligo —a veces la discreción es la mayor virtud— hemos preferido poner palos en las ruedas en una guerra que, a la vista está, cojea por el vacilante liderazgo de Donald Trump, pero que en absoluto es caprichosa.

Un mundo nuclear

Si nosotros no hacemos nada y los demás, hartos de llevar a cuestas a Gobiernos como el de España, tampoco se esfuerzan por evitarlo, Irán acabará teniendo armas nucleares. No será el único. Y por ahí podría venir nuestra redención: tengámoslas nosotros también y, derrumbado el ingenuo sueño de un mundo basado en reglas, devolvamos a la disuasión el papel de mantener la paz. Las perspectivas son, en este caso, sorprendentemente buenas. Es verdad que la guerra, proscrita en la Carta de la ONU ha vuelto a ocupar su papel clásico de continuación de la política por otros medios, pero las potencias nucleares siguen inspirando justificado respeto.

Mucho me temo, sin embargo, que nuestro Gobierno seguirá instalado en el «que lo haga otro». Quizá Macron, aunque no será con nuestra bendición porque ¿no tenemos ya la OTAN y el paraguas disuasorio de los EE.UU.? Y, poseídos por unos pocos segundos de furor atlantista, nos atrevemos a criticar a algunos senadores norteamericanos porque cuestionan el valor de la Alianza Atlántica mientras no pocos de nuestros congresistas y algún ministro corean el «OTAN no, bases fuera.»

Ya sé que la cita no está en el Quijote, pero eso no le quita ningún valor: «cosas veredes, amigo Sancho».