Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- Este lema equivale a rechazar la existencia de la leucemia, las erupciones volcánicas, los terremotos, los huracanes, los tsunamis y las pandemias
En su enésima reinvención, Pedro Sánchez ha resucitado el exitoso eslogan “No a la guerra”, que tan buen rendimiento le proporcionó al PSOE en la etapa final de la legislatura 2000-2004. Hay que reconocer al holograma que se aparece cada día en los salones y despachos de La Moncloa que su capacidad de cambiar de personaje es la envidia de muchos transformistas profesionales. Ha sido un Secretario General de ideología socialdemócrata y de apariencia sensata, un Secretario General defenestrado por las elites de su partido precisamente por abandonar la socialdemocracia y caer en la radicalidad de intentar aliarse con lo peor de España con tal de bloquear un Gobierno del PP, una víctima de un aparato orgánico y de unos barones territoriales envidiosos de su apostura y carisma, un presidente de Gobierno defensor de la unidad de España y representante de un centro-izquierda templado, un presidente del Gobierno aliado con separatistas, comunistas, colectivistas bolivarianos y filoetarras para poner en marcha un programa de desguace de la Nación, un presidente del Gobierno enemigo acérrimo de la corrupción rodeado, eso sí, de corruptos, un feminista a ultranza excarcelador de violadores y pederastas y, por último, reveladas como producto del oportunismo más descarado todas estas máscaras, el líder global del pacifismo progresista contra el fascismo trumpiano belicista.
Un sesgo en los repudios
Y volvemos al espectáculo de las manifestaciones masivas cuajadas de pancartas opuestas a la guerra, así, a la guerra en general. Este lema equivale a rechazar la existencia de la leucemia, las erupciones volcánicas, los terremotos, los huracanes, los tsunamis y las pandemias. Porque la pregunta que surge de inmediato en una mente racional ante el vocerío que brama “No a la guerra” es “¿A todas las guerras?” Ya el Aquinatense definió hace ocho siglos el concepto de guerra justa en su monumental Summa Theologica. Aunque, ¿qué se puede esperar de un monje dominico de la Edad Media, un protofascista retrógrado y machista? ¿No a la guerra contra los nazis? ¿No a la guerra contra la Serbia genocida de Milosevic y Mladic? ¿No a la guerra contra el régimen terrorista, misógino, criminal, brutalmente represivo, de los ayatolás iranís, empeñado en la destrucción del Estado de Israel, cuando está a punto de conseguir armas nucleares? ¿No a la guerra contra la narcodictadura chavista asesina usurpadora del poder, ladrona, falseadora de elecciones, que ha destrozado Venezuela y ha forzado al exilio a un tercio de su población?
Sin duda, nadie quiere la guerra, pero existe un curioso sesgo en el repudio de los conflictos armados por parte de la izquierda. Su condena de la guerra que sostienen Hamas y Hezbolá amparados por la República Islámica de Irán contra la única democracia de Oriente Medio sin pausa ni descanso no parece muy enérgica, más bien lo contrario a juzgar por el garbo con el que lucen pañuelos ajedrezados a la menor oportunidad. ¿No será que, sin saberlo, aplican el bellum iustum del Doctor Angélico a lo que les interesa?. El “No a la guerra” no es más que un flatus vocis de la progresía con fines movilizadores de gentes incautas, bienintencionadas y fácilmente manipulables.
Algo habrá que hacer
Los debeladores de la acción militar para resolver enfrentamientos entre estados suelen recurrir al argumento de la violación del Derecho Internacional. Su principal crítica a las operaciones realizadas por Estados Unidos, todavía en curso y de desenlace incierto, en Venezuela y en Irán, es que no respetan “las reglas” establecidas en la Carta de Naciones Unidas, en los Convenios de Ginebra y en numerosas resoluciones de la ONU sobre la guerra y sobre no injerencia en asuntos internos de los estados. El problema crucial del marco normativo que invocan es que carece de un agente con la suficiente capacidad coactiva para hacerlo respetar. Los cascos azules enviados a evitar choques violentos entre contendientes o a imponer la paz equivalen a encargar a las monjas clarisas el combate contra el narcotráfico en Colombia. Un Derecho impotente es la puerta abierta a ser ignorado y como por desgracia este no es un mundo armonioso de naciones altamente civilizadas y de los ciento noventa y tres miembros de la ONU el número de los asimilables a Suiza, Luxemburgo y Suecia no son precisamente la mayoría, pues cuando emerge con los colmillos al aire un Putin, un Alí Jameneí o un Nicolás Maduro, algo habrá que hacer. Si los ayatolás que sojuzgan al pueblo iraní y lo masacran, desestabilizan Oriente Medio, se empecinan en su empeño por borrar Israel del mapa y ya tienen casi a punto misiles balísticos de corto y medio alcance equipados con ojivas atómicas que les van a hacer invulnerables, ¿qué salida nos da el Derecho Internacional? Si un cleptócrata implacable y homicida llega al control de un estado, lo retiene por la fuerza, saquea los recursos naturales de su país, liquida físicamente a sus opositores y practica sistemáticamente la tortura y el encarcelamiento de aquellos de sus conciudadanos que denuncian su barbarie, ¿qué solución nos aporta el Derecho Internacional? ¿Quién lo impondrá en estos intolerables contextos? Mira por donde, un magnate neoyorquino ególatra y faltón, que asume el riesgo, pone los recursos materiales y humanos necesarios y demuestra que la naturaleza tiene horror al vacío. Ante un Derecho Internacional inoperante, aparecen líderes políticos que no son precisamente un dechado de virtudes cívicas, como Donald Trump o Benjamin Netanyahu, pero que por lo menos se encaran con decisión a amenazas existenciales que nos atenazan mientras Europa cacarea obviedades moralizantes carentes de toda efectividad.
Es verdad, y estos ejemplos lo prueban, que Dios escribe frecuentemente recto con renglones torcidos, pero es que si no recurriera a los instrumentos que tiene a su disposición, aunque sean imperfectos, seguramente la especie humana ya no escribiría más.